LEYES PARA LIMITAR LA DEUDA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Hay que admitir que los economistas tenemos sesgos importantes cuando miramos el mundo. Sea producto de nuestra formación, de nuestra pertenencia de clase o de adhesión a una ideología o grupo. Sin embargo, la ciencia económica sigue siendo una ciencia, que, aunque social, es cuantificable, en muy predecible –más allá de la broma fácil sobre los economistas-y suficientemente sólida como para despejar los sesgos.

La Economía tiene sus leyes y cuando alguien quiere derogarlas por decreto o por ideología provoca una cierta sonrisa, que debemos admitir tiene mucho de arrogancia en el profesional de esta ciencia. Sin embargo, cuando es el economista el que sugiere leyes objetivas la arrogancia es aún mayor. En el primer caso, la motivación puede ser el desconocimiento; en el segundo, sólo es presunción. Cuando un economista sugiere límites legales, marcos estrictos, está diciendo que su visión es la única válida, y cuando hace eso, casi nunca encontramos la ciencia, y sí el sesgo detrás de su recomendación.

En nuestro país hemos transitado ese camino. Hemos sugerido montones de leyes que buscan obligar a todos los gobiernos a una uniformidad ideológica, fiscal, política e histórica, como si las leyes económicas (las que se derivan del conocimiento científico) necesitaran de ese impulso; o peor, como si todo lo que propone un economista fuera una verdad revelada, y no, como muchas veces ocurre, simplemente una opinión edificada que defiende su sesgo de clase o de grupo y lamentablemente no siempre su conocimiento científico.

Dentro de esas leyes normativas están las que buscan vincular niveles de gasto presupuestal a porcentajes del PIB sin que haya ligada ninguna relación con la estructura fiscal, como si la nobleza del destino del gasto fuera suficiente para la sostenibilidad del mismo.

Recientemente el Centro Regional de Estrategias Económicas Sostenibles (CRIES) propone topes legales al gasto gubernamental y al endeudamiento para evitar la insostenibilidad fiscal, y lo hace a partir de una ley de responsabilidad y transparencia fiscal, una reforma del código tributario, un límite a la “necesidad” de deuda y mejoría a la capacidad recaudatoria del Estado.

Todos los enunciados están bien; sólo que antes de discutir a profundidad una ley o un marco amplio de leyes deberíamos recordar, primero, que la deuda es sostenible o no en función de una variable: capacidad de pago, con un corolario (producción de divisas si la deuda es en moneda dura).

La capacidad de pago puede ser restrictiva, al bajar el gasto; o impositiva, al aumentar las recaudaciones. Segundo, recordar que la deuda en sí no es disciplina o carencia de disciplina, porque en ambos extremos y según las circunstancias puede ser beneficiosa o dañina; siempre en un modelo de desarrollo y no exclusivamente en el nivel mostrado. Y… lo que hay de fondo es qué esperamos en infraestructura, servicios, nivel de empleo y crecimiento económico.

Así, es aconsejable debatir sobre el nivel de deuda, presión fiscal y modelo económico, porque se avizoran retos importantes para la sostenibilidad de nuestra economía. Tengamos cuidado de proponer una ley estricta que tengamos que violar.Siempre será preferible, como sugirió Dornbusch, un marco legal muy flexible que apliquemos estrictamente y que responda a los distintos momentos a los que se enfrenta la economía.

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MUCHA O POCA DEUDA…

Por José Manuel Guzmán Ibarra

¿El país está sobreendeudado? Es un debate que se da en muchos países, pero en el nuestro parece imposible ponerse de acuerdo. Si nos llevamos de lo que leemos en la prensa, pareciera que no endeudarnos es mandatorio y necesario.

Lo fundamental en el tema del endeudamiento son cuatro cosas: a) El peso sobre el PIB: En muchos países, los niveles de endeudamiento medido contra el PIB es mayor al 90%; en RD es cercano al 38%. b) el porqué y para qué se da el endeudamiento; c) el perfil de deuda, en materia de plazos y tasas y d) el peso sobre el presupuesto nacional.

Veamos el porqué y el para qué: Un manejo adecuado de la deuda en moneda dura busca desde la perspectiva de la balanza comercial equilibrar el GAP existente en las exportaciones de bienes y servicios versus las obligaciones en divisas, incluyendo el propio servicio de la deuda. Es más que evidente que nuestras fuentes de ingresos en divisas, aunque robustas, dependen todavía de un mayor nivel de inversiones internacionales, y un mayor empuje en las exportaciones para llenar ese espacio entre los sectores que las generan y los que las demandan. Si permitiéramos un encarecimiento relativo de las importaciones, mediante una devaluación un poco mayor de nuestra moneda, ese GAP fuera menor. En todo caso, el financiamiento externo está llenando parte del GAP entre nuestros pagos y nuestros ingresos.

En otro orden, está el tema presupuestario. Desde el año 2000 a la fecha, el país se ha manejado con mayores o menores déficits fiscales. Aunque siempre hay un margen en un mejor y más efectivo manejo del gasto público, las presiones por el lado del gasto parecen ser estructurales. Pongamos de ejemplo el 4% del PIB en educación o las demandas salariales del sector salud. Un esquema en el cual la eficiencia del gasto sea prioridad no despeja la vocación estructural de nuestro déficit fiscal, vis a vis las crecientes demandas en mejoría de infraestructura, servicios y salarios en áreas tan sensibles como salud, educación y seguridad ciudadana. Este es un porqué. Queda claro que con una mayor recaudación fiscal el peso de la deuda y la necesidad de endeudamiento serían menores.

En cuanto al perfil de la deuda, se ha avanzado mucho en mejorar técnicamente las decisiones en su manejo, y especialmente en materia de la administración de los plazos y vencimientos. Todavía queda espacio para mitigar nuestro riesgo país, pero seguimos en un esquema donde los tipos de intereses internacionales son relativamente bajos, recibiendo buenos ratings de las calificadoras de riesgo.

Al parecer, si nos estamos endeudando mucho o poco, no es realmente el punto. La fiebre, como hemos visto, no está en el endeudamiento; hay temas estructurales que exigen algo más que una administración adecuada de la deuda. Si queremos debatir con seriedad, tenemos que hablar de una nueva ola de reformas estructurales; ahora que no son tan dolorosas y que podemos endeudarnos para pagarlas sin mayores sacrificios y ajustes.

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LA HISTORIA JAMÁS CONTADA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

En mis tiempos de estudiante de economía, pensaba que esa ciencia serviría como un instrumento infalible de desarrollo. Predominaban las verdades incontestables en el cual con decir “el precio es la mejor señal de la relativa escasez de bienes y servicios” o que “el mercado era el mecanismo de asignación perfecto si se les dejaba actuar” ya tenías el debate ganado. Eran esos tiempos de una ideología predominante, la fe en los mercados, y en los que la izquierda descompuesta le quedaba un concepto con el cual tratar de defenderse: el neoliberalismo es pensamiento único.

El llamado consenso de Washington -ese pensamiento único- logró afianzarse por una razón básica: funcionó. No quiere decir que resolviera todos los problemas, ni siquiera que resolvió la mayor parte de ellos, pero los países que siguieron más estrictamente la receta, incluida RD, retomaron más rápidamente la senda de esa ilusión de desarrollo: el crecimiento económico. A pesar de eso, las explosiones sociales como lo fueron abril de 1984 en nuestro país, o el levantamiento armado en Chiapas del subcomandante Marcos en los 90, lograron sembrar la sensibilidad hacia la medición y mejora de políticas de distribución del ingreso, aunque fuese solo teóricamente. En esos días las cosas se movieron del tecnócrata puro y duro al político que prometía el uso de las herramientas de mercado para una sociedad más justa, pero siempre dentro del mantra de la estabilidad macro-económica.

Hoy, luego de varias crisis nacionales y mundiales originada paradójicamente en los mercados, la población y los mismos políticos empezaron a marcar distancia de las políticas económicas aceptadas como sanas, y ha ido imponiéndose una visión más ideologizada de la realidad social y económica. Las presiones migratorias, el desconocimiento de la historia (y por ende la incapacidad de los líderes de opinión y políticos de contextualizar históricamente lo sucedido), la pereza intelectual, y la ambición de poder junto con el perfeccionamiento de las técnicas de comunicación y electorales han sumergido a la humanidad en un oscurantismo sólo equiparable a los años que sucedieron la Gran Depresión del 1929 y que culminaron con la II Guerra Mundial.

Soledad Gallego-Díaz afirma que abundan los políticos que no se preocupan por la congruencia entre lo que dicen y la realidad. En el fragor de las contiendas nos hicieron creer que todo se vale, y del todo se vale en la guerra electoral pasamos al “todo se vale todo el tiempo”. Si bien la verdad nunca ha sido el centro del quehacer político, no menos cierto es que buscar imponer un adjetivo antes que un razonamiento, despreciar datos y hechos concretos ha creado algo peor que la simplificación ideológica propia de las luchas ideológicas del siglo XX y es el cinismo máximo en el que participan tanto gobernantes como opositores. El fenómeno de candidatos como Trump no son casos aislados.

A pesar de que hay razones para el pesimismo, creo que hay remedio. Mientras llegan mejores tiempos para el debate, ayuda que el ciudadano repela la simplificación, bloquee los adjetivos, y exija más al discurso de sus líderes. Y… que no olvide que no son sólo los gobiernos quienes tienen propensión a mentir, que la oposición puede igualmente querer derogar la verdad como espacio de entendimiento. Ya hemos visto lo que los mercados sin supervisión pueden hacer, pero también lo que los políticos de espaldas a la información pueden provocar.

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DE VISAS Y OTRAS HISTORIAS

Por José Manuel Guzmán Ibarra

El día 9 de septiembre el presidente de la Junta Central Electoral, mediante nota de prensa, comunicó al país que el Departamento de Estado de los Estados Unidos le había notificado la revocación de las visas de sus pasaportes personal y oficial. Las políticas para la revocación o no otorgamiento de visado, en general, son de orden público; en las razones que aplican a un caso concreto, es su política no anunciarlo.

Lo que llama la atención es el interés que ha tenido el propio afectado en dar a conocer su nuevo estatus migratorio frente a los EE. UU. ¿Será que quiere apoyo del Estado dominicano para que sea reconsiderada esta decisión? ¿Será que quiere encarnarse como víctima de las presiones extranjeras? ¿Será que se ocupa en influir en la decisión del Senado que pronto se dispondrá a designar los jueces del tribunal electoral?

Creo que a los dominicanos nos debe preocupar más la eventual designación de jueces probos, técnicamente preparados y comprometidos con la transparencia, antes que convertir en una cruzada nacional la revocación de un privilegio. Los países soberanos, sean grandes o pequeños, fuertes o débiles, influyentes o dependientes, lo son en tanto actúan con madurez y respeto, primordialmente por sus propias leyes. Las poses de victimización dan una pésima señal para aquellos países que pretenden ser tomados en serio en la comunidad internacional. Es más que obvio que Roberto Rosario tiene maneras personales para recurrir el hecho ante las autoridades norteamericanas, y que dista mucho de ser una crisis diplomática.

Actuar con madurez es no dejarse arrastrar por un falso debate. La visa es una historia que responde a una forma muy particular del presidente de la JCE de manejarse con todo lo que tiene que ver con los temas públicos. Lo que es importante es evaluar si Roberto Rosario ha acumulado méritos institucionales para continuar en el cargo: ¿Ha usado los recursos del Estado de forma efectiva, transparente, legal? ¿Ha cumplido en letra y espíritu con las leyes de contrataciones? ¿Ha garantizado derechos fundamentales? ¿Ha organizado elecciones en las que su voz ha sido de autoridad por encima de la vocinglería típica de los certámenes electorales? ¿Ha fomentado métodos de gerencia modernas en la institución? ¿Ha sido flexible y conciliador ante los conflictos propios de un alto cargo público? ¿Ha actuado con la prudencia de Salomón, con el sentido de equidad y justicia? ¿Sus acciones públicas son estridentes o discretas? ¿Se sabe responsable ante la demanda de servicios y atención del ciudadano o se cree por encima de ellos?

Esas y otras preguntas directamente vinculadas con el mandato recibido por un funcionario del tribunal electoral son las que nos deberían ocupar. Las historias de visados, las estridencias mediáticas, y el no tener visa no son los temas de un país soberano, pujante y decidido a entrar con pantalones largos a la era de las instituciones fuertes, única verdadera garantía de soberanía. Con argumentos concretos, discutamos si el Senado debe ratificarlo en el puesto. No sea que por no ceder ante presiones extranjeras nos olvidemos que los países adultos son más fuertes ante las presiones externas.

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HILLARY Y LA REPÚBLICA DOMINICANA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Lo que ocurre en el país más poderoso del mundo -aquí en el vecindario- es importante para RD; globalización más o globalización menos. La historia así lo demuestra: Desde inicios del siglo XX con la intervención del país, hubo de parte de los Estados Unidos un legado en infraestructura, por ejemplo, los trazados de caminos y carreteras; en el aspecto legal, el sistema Torrens de propiedad, en el cultural, nuestra afición al béisbol; o durante la Guerra Fría, acuerdos y marcos comerciales, como la cuota azucarera (1966-1978) o la Iniciativa para la Cuenca del Caribe (1983), y más reciente el DR-CAFTA (2007). EEUU se encuentra ahora en una contienda electoral; vale la pena que le hagamos seguimiento a las elecciones de ese país.

Es razonable prever que la candidata por el Partido Demócrata, Hillary Clinton, resultará triunfadora en noviembre. Resulta necesario que valoremos el conocimiento que tiene la candidata presidencial sobre nuestro país y la comunidad dominicana en los EE. UU., y aprovechemos el poder electoral que tienen los inmigrantes dominicanos en estados claves, como Florida y Nueva York, para activamente tratar de tener interlocutores en su eventual gobierno. Lo haremos posible siguiendo atentamente su discurso y propuestas de campaña, al mismo tiempo que desarrollemos estrategias internas y de relaciones exteriores para aprovechar aspectos positivos y minimizar los negativos de sus próximas políticas. En ese sentido, hay al menos tres temas de vital importancia para nosotros: El primero, el RD-Cafta; el segundo, las tensas relaciones con el estado haitiano y la innegable influencia que tiene en ese tema el lobby afro-americano y, el tercero, las políticas migratorias y sus derivados. En los tres temas, la candidata presidencial tiene ya ideas firmes.
En materia de libre comercio, la retórica electoral es adversa a los acuerdos. Hillary promete a los trabajadores norteamericanos endurecer los controles de cumplimiento con los países con los que EE. UU. tiene comercio, eso puede tener implicaciones concretas para RD en las áreas fitosanitarias, calidad de los productos, denominación de origen, temas impositivos y derechos laborales.

En cuanto al tema haitiano, son conocidas las relaciones que los Clinton tienen con ese país. Además, nos quejamos de la visión que tienen los influyentes lobistas afro-americanos sobre nuestro país y la delicada situación creada por la sentencia del Tribunal Constitucional. Valdría mucho la pena que pensemos con ecuanimidad e inteligencia las estrategias que estaremos siguiendo ante el triunfo de Hillary. En mi opinión, hay más oportunidades de las que los sectores nacionalistas quieren admitir; solo debemos aprovecharlas.

Finalmente, el tema migratorio en sí. La importancia es vital. Sólo en la ciudad de Nueva York es probable que haya más dominicanos -legales e ilegales- que en Santiago de los Caballeros. Los dominicanos ausentes son una fuente no sólo de remesas, sino también de turismo. Al tiempo, temas como los repatriados, o la implementación del FATCA y su particular impacto para los dominicanos de doble nacionalidad son parte de una agenda que, sin dudas, es mejor empezar a trabajarla con la actual candidata… antes de que ya sea presidente electa.

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LA DERECHA DESNUDA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

 

La derecha dominicana admite ser nacionalista y no tiene ningún reparo en establecer críticas a la democracia; se distancia con énfasis de la izquierda marxista, desconociendo incluso a sus héroes y mártires, sin importar los aportes que esos sacrificios pudieran haber significado para la libertad en la República Dominicana. Niegan también la tradición liberal del dominico Montesinos, Duarte y Luperón. Para los de derecha, lo relevante de Duarte es que nos separó de los haitianos, sus ideas antiracistas, de justicia y libertad, no es algo que suelan citar.

Igualmente, hacen alarde de su proteccionismo económico en el que no cabe la idea de inserción internacional, y las políticas comerciales deben colindar con sus planes de desarrollo nacional. Defienden las empresas locales, pero exclusivamente regidas por la intervención del Estado. Las leyes de mercado deben supeditarse a los designios políticos de un partido único.

Es parte de su identidad, destacar la cultura dominicana, inventando un pasado cuasi mítico para contraponerla “a las influencias externas”, como si el merengue típico fuera posible sin el acordeón alemán. Su discurso en defensa de la dominicanidad se centra exclusivamente en valores que ellos llaman patrióticos, y de forma enfática niegan toda otra tradición de religiosidad no católica, dejando de lado el sincretismo y todo vínculo con la herencia africana, al tiempo que desprecian ahora más tímidamente -por razones tácticas- a otras denominaciones cristianas.

Tienen una muy poco cuidada animosidad contra personas de otra nacionalidad, especialmente si son haitianas. Se cuidan mucho -eso sí- de usar términos racistas, pero desde que hay expresiones que buscan fortalecer parte del legado africano, sea en la forma de llevar el pelo, la ropa u otras manifestaciones culturales, por más genuinamente dominicanas que sean, las tildan de “haitianizantes”. En lo formal, se niegan a ser catalogados de racistas; su actitud, sin embargo, no es la de condenar las manifestaciones discriminatorias. Al contrario, no aceptan, por liberales, toda ley que busque corregir, castigar o enmendar la discriminación.

Algunos de los elementos de la desnuda y muy coherente derecha dominicana pueden ser comunes para el espectro de otras geografías ideológicas. Sin embargo, tener todas juntas las hace ser por definición una ideología nazi; como ocurre con la ideología nacional- católica española, la fascista italiana de Mussolini o la de Perón en Argentina, la del Partido Dominicano de Trujillo o la nacionalsocialista de la Alemania de Hitler. Y esto por descripción, no por ser peyorativos.

El término “Nazi” devino en un término peyorativo por alguna razón, y reaccionan emocionalmente al concepto; no quieren que los describan como tales, a pesar de que es muy fácil demostrar que tienen todos sus elementos, pues incluso del pangermanismo y el antisemitismo tienen sus equivalentes caribeños. No les molesta tener todas esas características. Les preocupa que les pongan nombre. El término, vale recordar, resultó ser peyorativo porque no sólo fue una ideología derrotada militarmente, sino también moralmente. No sólo es vergonzoso que te llamen nazi; serlo también denota vergüenza.
La derecha dominicana busca recuperar la hegemonía de antaño. Es una derecha de añoranzas por un pasado que sólo tuvo esplendor para una élite, y no así para el país. Citan paradójicamente a Whitman, que representa todo lo contrario a lo que ellos impulsan. Aquel que dijo: “Yo soy Walt Whitman… un cosmos”. Idea, la de ser un cosmos, que parece perturbar mucho a la derecha dominicana, tanto o más que la idea misma de libertad.

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LAS INTIMIDADES (PERMITIDAS Y OBLIGATORIAS)

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Decía Ortega y Gasset que la primera de las instituciones sociales, incluso la más importante, era la conversación. La fuerza viva de una nación era la que se daba en los parques, los cafés, los pasillos… Y esto así, porque el pensador español creía que la razón histórica nacía de la razón vital; esa que tiene cada individuo en unas coordenadas temporales específicas que lo definen y lo retan permanentemente a salvarlas: yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella, no me salvo yo.

Los libros de historia son ensayos que se escriben con los hechos que se recogen a partir de normas científicas estrictas; la mayoría de las veces, dejando fuera la savia vital de la biografía de los contemporáneos. La literatura llena el espacio con las novelas; que son como una biografía social, en tanto que se construyen con el lenguaje, aunque la narración sea pura fantasía.

Si uno quiere saber cómo era la sociedad de una época, uno lee una novela, mejor que un libro de historia. Sin embargo, hay personas reales, testigos o protagonistas de hechos concretos de la vida de una nación que llevan en su biografía la llave secreta para entender la historia. Antes, en un pasado mítico, la tradición oral era suficiente; hoy, con sociedades complejas -con relaciones familiares quizá más afectivas, pero menos apegadas al legado- sólo la labor del biógrafo curioso logra desentrañar mediante investigación de cartas, diarios, testimonios y algo de imaginación la psicología del individuo, que al tiempo que impactaba en lo social, era definido por su tiempo.

El tema es que el biógrafo inventa en algún grado. Por lo tanto, el género autobiográfico, aunque sugiere alguna intimidad, tiene la visión fresca de lo acontecido de primera mano. Es la única intromisión a una intimidad que es permitida.

En nuestro país, desde Balaguer hasta Fernando de Lara Viñas, desde Jorge Blanco hasta Diógenes Céspedes, desde la historiadora Mukien Adriana Sang hasta el también historiador Bernardo Vega han intentado la autobiografía no como un acto de autoreferencia, sino como un acto de honestidad vital.

Para que la autobiografía tenga algún valor, más allá de las delicias o carencias del lenguaje, tiene que ser un acto de honestidad intelectual.

De lo contrario, es un anecdotario, un álbum de familia, algo que no trasciende el espacio personal. Manuel Matos Moquete escribió, por ejemplo, la más valiente autobiografía que yo haya leído, La última conquista armada, donde el autor conquistó sus propios fantasmas para el deleite del lector, pero para legado de todo aquel que quiera entender a profundidad la expedición caamañista en contra del gobierno de Joaquín Balaguer.

Bernardo Vega hace lo propio. Prolijo en el lenguaje (me pregunto si cuando se casó con Soledad Álvarez lo hizo, además de con separación de premios, con separación de correctores), elegante en la narración, preciso por su formación de historiador y con un humor que recuerda quizá su formación inglesa. ¿El resultado? Un libro: Intimidades en la Era Global. Memorias de Bernardo Vega, que califica como una de esas lecturas obligadas y placenteras.

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EL IMPOSTERGABLE PACTO ESTRUCTURAL

Por José Manuel Guzmán Ibarra

El presidente Danilo Medina, en un discurso durante la campaña electoral, esbozó en la Cámara Americana de Comercio su visión económica; y dirigiéndose a los empresarios dijo: “Ustedes, mejor que nadie, saben lo que significa tratar de hacer cosas con presupuestos limitados”, para terminar con lo que se convertiría en una constante en su discurso sobre el tema económico: la necesidad de un pacto fiscal.
Desde el año 1984 se han realizado cambios que permitieran apuntalar la restructuración del modelo económico, que en aquel entonces se fundamentaba en el soporte que le daba EE. UU. al precio del azúcar. Eso conllevó a reformas fiscales que buscaban evitar el colapso de las finanzas públicas. Esas reformas criticadas desde la oposición, luego fueron profundizadas desde el gobierno en 1990, y así sucesivamente cada cierto tiempo.
Aunque es justo decir que en todas esas ocasiones el impacto fue positivo, en corto y mediano plazo, manteniendo ritmos de crecimiento favorables de los cuales los sectores más acaudalados de la población recibieron beneficios tangibles, no es menos justo indicar que las reformas tributarias no redistribuyeron con suficiente rapidez la riqueza, ni apuntalaron suficientemente la senda del desarrollo. Al pasar balance, también hay que decir que los niveles de presión tributaria medida por sectores pueden resultar realmente altos en algunos de ellos; pero en el agregado, seguimos siendo un país por debajo de los estándares de la región.
De nuevo estamos ante una disyuntiva. La estabilidad fiscal dominicana es insostenible en el largo plazo, y el financiamiento del déficit exige racionalidad y prudencia, pues las fuentes se antojan impredecibles e insuficientes. Mientras, es innegable que el país que queremos cuesta, y éste no se puede lograr sobre la base de la reducción del gasto. ¿Seguimos por la vía del endeudamiento?
Aunque previsión y suerte han jugado a nuestro favor, no es razonable que sobrestimemos nuestras capacidades económicas ni que juguemos al endeudamiento sin tomar en cuenta la presión que su servicio le genera al gasto público. Así, el pacto fiscal no es un eufemismo. Sin embargo, tampoco es un eufemismo que la presión tributaria tiene que poder alcanzarse más allá del parche fiscal, y que es necesario un pacto estructural que prepare la economía para una mayor calidad y mejor programación del gasto, una más eficiente redistribución del ingreso (menos clientelar y cortoplacista), un aumento en nuestras capacidades productivas y de competitividad, y un mejor apuntalamiento a las fuentes generadoras de divisas.
Eso implicará más impuestos para algunos, despolitización de algunos precios que siguen controlados (como los peajes), mejor régimen administrativo y políticas sectoriales inteligentes. También exigirá un empresariado responsable, orientado a exigir señales de precios claras y sin distorsiones (sin subsidios, exenciones, generales), y dispuesto a tomar riesgos para mejorar sus ofertas a los mercados. No sólo necesitamos un pacto fiscal, necesitamos un pacto estructural; uno que nos permita afirmar que nuestra sociedad ha dejado el infantilismo y que se dispone a ser justa, equitativa, razonable… adulta.

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CUÁNTO CUESTA EL PAÍS QUE QUEREMOS

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

La lucha política puede entenderse como una lucha por la creación y asignación de la riqueza de un país; un juego estratégico entre quienes hacen los negocios, quienes distribuyen los recursos de la actividad productiva y las proporciones. Más concretamente: la lucha política tiene que ver con el presupuesto nacional, tanto en lo que concierne al gasto como en lo que concierne a los ingresos: las ideologías, el manejo del conocimiento, y el debate político terminan siendo una batalla por él.

 Para explicar el funcionamiento de los mercados, Paul Samuelson había equiparado el dinero a votos, en ánimo de ilustrar cómo se formaban los precios en una economía de mercado. Sin embargo, el ejemplo en caso extremo, lleva a la pregunta ¿Qué pasa con los mercados imperfectos?  Por lo pronto, nos interesa señalar que si se tienen muchos “votos económicos”, habría la posibilidad de influir -a conveniencia de quien los concentra – en las decisiones económicas importantes, como en la actualidad es en nuestro país la discusión alrededor del tema impositivo.

 En este debate es común encontrarse con que un sector productivo o algunos sectores sociales se resisten a más impuestos bajo dos afirmaciones: primero, la concentración de los impuestos en pocos sectores, relativamente.  Y segundo, la malversación por corrupción o mala administración de los impuestos recaudados. No es mi intención entrar en la validez de esos argumentos. Busco, por el contrario, establecer un consenso en materia de gasto. ¿Tenemos claro cuál es el país que queremos?  ¿Cuánto cuesta? ¿Cuáles son esos consensos?

 El primer consenso sería que los fondos públicos deben administrarse correctamente, la corrupción debería castigarse ejemplarmente y la calidad del gasto debe mejorarse. Otro consenso sería determinar el objeto del gasto.

 Si tomamos los diarios, las encuestas y los programas de opinión, es obvio que hay una demanda por mejoría en los sistemas preventivos y represivos de seguridad ciudadana. Eso supone aumentos salariales razonables a los agentes del orden, modernización institucional y más tecnología, más gasto corriente (combustible, dietas, recursos). También hay demanda por mejorías en el sistema de salud; no sólo en la infraestructura, sino en los medicamentos, equipos y materiales gastables de la red de hospitales públicos. Los prestadores de servicios de salud demandan aumentos salariales importantes.

 Hay otros gastos que están establecidos por ley, como la Ley de municipios y el 4% de la educación; ambos en el espíritu de que la sociedad pueda recibir mejores servicios municipales y mejor calidad educativa para todos. El 4% de educación es una determinación del Gobierno.

 El presupuesto total para el 2016 es de más de 566 mil millones de pesos; la asignación en educación asciende a un monto de más de 129 mil millones de pesos, equivalente a más de 20% del presupuesto total. Tal como se ve, sólo este renglón es suficientemente importante en el presupuesto para demostrar que el país que queremos requiere de mayores esfuerzos económicos para el desarrollo de la educación. Si además sumamos la cantidad de parajes, municipios, áreas turísticas que esperan por más recursos, o la educación superior, la UASD, y ni  hablar de los temas de la inexistente investigación científica, o de prevención de catástrofes, tendríamos montos todavía mayores.

 El país que queremos tiene un costo; empecemos por poner un monto, aún sea ideal. Así podemos llegar más rápidamente a un sincero pacto fiscal.

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ETIOLOGÍA DEL HÉROE

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

En la literatura griega, el héroe es aquel que proviene de la unión de un dios con un mortal; un semidiós con los atributos de la divinidad, pero con una debilidad humana que le impide la inmortalidad. En la literatura medieval, en cambio, el héroe es un ilustre guerrero que se destaca por sus virtudes y hazañas, dotado de férrea voluntad e inhumana fuerza ante las adversidades. Modernamente, el héroe puede ser una persona común y corriente, tan mortal y tan desprovisto de virtudes que lo único que lo diferencia del resto es haber salvado de manera victoriosa una exigente circunstancia. Es decir, lo que lo califica como tal no son sus atributos personales, sino el haber respondido positivamente a un reto extraordinario.

Lamentablemente, sucede con mucha frecuencia que la historia deja de ser ciencia para convertirse en un subgénero literario; y es entonces cuando narra los actos recurriendo a la creación de héroes en sentido clásico: seres extraordinarios de gran linaje, de fuerzas sobrehumanas e ideas que los hacen inmortales. Planteado así, un héroe no es un modelo a seguir, sino un semidiós en el cual descansa la causa; por lo general patriótica, ideológica o nacional. Este ejercicio brinda una historia inalcanzable con un personaje excepcional, pero… ¡nos quita toda posibilidad de criticidad!

Así, si no fuera porque la historia no debería ser un subgénero literario -porque es una ciencia, y porque confundidos demandamos más héroes al tiempo que destruimos cruelmente los que tenemos- este ejercicio casi estético sería algo entrañable. Después de todo, las sociedades necesitan algunos mitos para construir su destino. 

Quizá la nuestra necesita algo más, pues refleja un vacío de conocimiento y un caos tal que esa disposición a reducir la historia a la fútil anécdota o a la idealización con tintes de ridiculez no permite a la fina inteligencia dejar pasar las distorsiones. La ciudadanía necesita la explicación de los sucesos desde las dinámicas sociales; los aspectos humanos presentes en la lucha por el poder político y por las condicionantes económicas. Si no podemos explicar de esa manera los hechos del pasado, estamos condenados a no poder entender los acontecimientos del presente.

Es cierto que en el héroe se encarnan las virtudes a las que aspiramos en cada momento, pues necesitamos admirar y poner en carne y hueso nuestro anhelo por ser mejores, para pensar que una meta es alcanzable; lo que resulta inadmisible es creer que un héroe es diferente de un ser humano, y que un acto heroico sustituye la necesidad de entender las circunstancias históricas. Un héroe es el que hizo un acto heroico… y eso debe bastar.

Es de una ingenuidad imperdonable considerar que un héroe es divino, como también es infantil querer ajustar cuentas con un hombre o mujer del pasado, especialmente si nos negamos a entender que la historia como ciencia no trata sobre los héroes, sino sobre las sociedades.

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