BREVE CRÍTICA A LA GLOBALIZACIÓN

Por José Manuel Guzmán Ibarra

La historia de la historia tiene años sin ser contada, esa señora se ha hecho cada vez más formal, empedrada, fosilizada. Sirve para titulares en las aulas de párvulos, para listados de nombres y fechas; es un ejercicio de memorización. Ya dejó de ser la referencia para entender el presente. Quizá esto se deba a la debilidad de la enseñanza de las humanidades y al absoluto triunfo de la inmediatez. No sé qué tan devastadora sea esta ya vieja práctica. Lo que se hace obvio es que la mayoría de los jóvenes y muchos adultos tienen las referencias históricas recientes como un acto de nostalgia, en el mejor de los casos; y no de ejercicio crítico para encontrar contextos. La consecuencia es clara: creemos que todo se está discutiendo por primera vez.

Una de los hechos más relevantes de nuestro pasado reciente lo fue El Consenso de Washington impulsado por el partido Republicano, en la administración de Ronald Reagan y que su sucesor George H. W Busch perfeccionó, renombrándolo como Globalización. Esa palabra, no tan novedosa, se usó como lema cuando éste presidente la usara primero para justificar el acercamiento a Michael Gorbachov, el último presidente que tuvo la Unión Soviética. Luego se hizo lema para impulsar un concepto más abarcador, el primer gran acuerdo de Libre Comercio de la era moderna, el NAFTA, firmado simbólicamente por George H. W Bush, por los EEUU, Carlos Salinas de Gortari por México y Brian Mulroney de Canadá y el impulso mundial de los acuerdos comerciales.

Aquel anuncio era la promesa de un mundo mejor, y buscaba solucionar problemas previos de estanflación, estancamiento y pérdida de empleo. Sólo para que se tenga una idea: previamente a los acuerdos comerciales, el desempleo total en EEUU en el año 1988 era de 10.5. a 7.8% en el 1992; luego de implementadas las políticas “globalizadoras” -con sus diversas correcciones y ajustes a lo largo de los años- se situó en 6% en el 2003, y en 4.6% en el 2007, previo a la gran crisis de las subprimes en el 2008.

Si bien la globalización no fue la solución global, ni significó El Fin de la Historia pronosticada por Fukuyama, tampoco se le atribuye el terrible impacto de la crisis que viven la mayoría de los ciudadanos de los países desarrollados, tanto en el nivel de vida, como en los de desempleo (Europa sigue en dos dígitos), o en la calidad del existente empleo. El entorno de crisis estuvo muy bien definido por las políticas de desregulación, pero no de libre comercio; ahora que vienen tiempos aciagos para lo segundo, valdría la pena que se pasara un balance serio que mida qué tanta riqueza construyó o destruyó.

Sabemos que en el intercambio comercial hay ganadores y perdedores. Establecer el balance total es importante antes de que la demagogia política que atribuye todos los males a las migraciones y a los tratados de libre comercio ponga remedios donde no hay enfermedad o quite medidas allí donde deben permanecer. Una crítica seria, que para serlo necesita situar históricamente y científicamente sus argumentos.

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El DÍA “H”

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Hoy son las elecciones en los EE. UU. Las encuestas del voto popular dan como favorita a Hillary Clinton. Sin embargo, los análisis del voto electoral arrojan resultados inciertos, porque en algunos estados importantes las elecciones están muy reñidas. El susto parece ser mayor que la realidad sobre las probabilidades de que EE. UU. no esté eligiendo a una mujer para la presidencia.

Algunos hitos ya se han alcanzado; estas elecciones tienen una connotación con pocos precedentes en la historia norteamericana. La vedada pero inocultable rebelión del anglosajón típico contra el avance de las llamadas minorías, la exacerbada lucha ideológica de distintas denominaciones cristianas contra el avance de la ideología liberal y de género, la desesperanza de amplios sectores de trabajadores blancos a los cuales la crisis les destruyó el sueño americano, y la indiferencia de los “millennials” ante la oferta electoral hacen de estas unas elecciones muy particulares y de pronóstico impredecible.

El debate económico, que debería ser el centro de la atención de los medios, ha estado prácticamente ausente, pues el candidato republicano evita conceder que la crisis fue sorteada con éxito, y prefiere explotar la insatisfacción social sin ampararse en otra cosa que en un lema vacío: “Hacer Nuevamente Grande a Estados Unidos”. Aunque es una estrategia correcta desde el mercadeo electoral, el problema radica en que Donald Trump no es un candidato cualquiera, ni tampoco el apoyo que recibe una manifestación meramente electoral. Estamos ante una verdadera rebelión de las masas, ante una resistencia profundamente ideologizada, cuyas raíces están en una visión excluyente de la sociedad. Es la reacción del americano “feo”, el de la democracia con votos para hombres blancos. Es por eso que muchos en el mundo, y algunos republicanos con sentido de Estado, están espantados con este apoyo que trasciende el resultado electoral, sea cual sea el que resulte.

Hoy debe ser el día H: El día de Hillary. Será electa con muchos votos electorales, con gran unanimidad en las minorías; en las mujeres, negros, inmigrantes, pero no en los jóvenes, ni en los hombres blancos, ni en los estados tradicionalmente asociados con la idea de una sociedad anglosajona. Gobernará un país dividido y pondrá a prueba su liderazgo, capacidad de maniobra y resiliencia, como muchas otras veces. El resultado no será estrecho, pero tampoco será de una contundencia que permita subsanar las divisiones manifiestas (aunque no causadas) por el proceso electoral, y obligará a trabajar en una plataforma que permita la convivencia de dos formas ideológicas que se antojan irreconciliables; eso implica religión, género, raza, migración… y ¡un modelo económico viable!

No es el resultado electoral lo único que debería asustar a las partes en conflicto, sino lo radical que se están mostrando los ciudadanos en EE. UU. y en el mundo ante los temas mencionados. Hoy debe ser el día H, que, como aquel histórico día D, no significó el final per se del nazismo, pero sí el inicio de la esperanza razonable. Esperemos que Hillary celebre menos y reflexione más con su esperada victoria, pues no se trata sólo de las elecciones, ni solamente de EE.UU. sino del mundo.

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LA HISTORIA JAMÁS CONTADA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

En mis tiempos de estudiante de economía, pensaba que esa ciencia serviría como un instrumento infalible de desarrollo. Predominaban las verdades incontestables en el cual con decir “el precio es la mejor señal de la relativa escasez de bienes y servicios” o que “el mercado era el mecanismo de asignación perfecto si se les dejaba actuar” ya tenías el debate ganado. Eran esos tiempos de una ideología predominante, la fe en los mercados, y en los que la izquierda descompuesta le quedaba un concepto con el cual tratar de defenderse: el neoliberalismo es pensamiento único.

El llamado consenso de Washington -ese pensamiento único- logró afianzarse por una razón básica: funcionó. No quiere decir que resolviera todos los problemas, ni siquiera que resolvió la mayor parte de ellos, pero los países que siguieron más estrictamente la receta, incluida RD, retomaron más rápidamente la senda de esa ilusión de desarrollo: el crecimiento económico. A pesar de eso, las explosiones sociales como lo fueron abril de 1984 en nuestro país, o el levantamiento armado en Chiapas del subcomandante Marcos en los 90, lograron sembrar la sensibilidad hacia la medición y mejora de políticas de distribución del ingreso, aunque fuese solo teóricamente. En esos días las cosas se movieron del tecnócrata puro y duro al político que prometía el uso de las herramientas de mercado para una sociedad más justa, pero siempre dentro del mantra de la estabilidad macro-económica.

Hoy, luego de varias crisis nacionales y mundiales originada paradójicamente en los mercados, la población y los mismos políticos empezaron a marcar distancia de las políticas económicas aceptadas como sanas, y ha ido imponiéndose una visión más ideologizada de la realidad social y económica. Las presiones migratorias, el desconocimiento de la historia (y por ende la incapacidad de los líderes de opinión y políticos de contextualizar históricamente lo sucedido), la pereza intelectual, y la ambición de poder junto con el perfeccionamiento de las técnicas de comunicación y electorales han sumergido a la humanidad en un oscurantismo sólo equiparable a los años que sucedieron la Gran Depresión del 1929 y que culminaron con la II Guerra Mundial.

Soledad Gallego-Díaz afirma que abundan los políticos que no se preocupan por la congruencia entre lo que dicen y la realidad. En el fragor de las contiendas nos hicieron creer que todo se vale, y del todo se vale en la guerra electoral pasamos al “todo se vale todo el tiempo”. Si bien la verdad nunca ha sido el centro del quehacer político, no menos cierto es que buscar imponer un adjetivo antes que un razonamiento, despreciar datos y hechos concretos ha creado algo peor que la simplificación ideológica propia de las luchas ideológicas del siglo XX y es el cinismo máximo en el que participan tanto gobernantes como opositores. El fenómeno de candidatos como Trump no son casos aislados.

A pesar de que hay razones para el pesimismo, creo que hay remedio. Mientras llegan mejores tiempos para el debate, ayuda que el ciudadano repela la simplificación, bloquee los adjetivos, y exija más al discurso de sus líderes. Y… que no olvide que no son sólo los gobiernos quienes tienen propensión a mentir, que la oposición puede igualmente querer derogar la verdad como espacio de entendimiento. Ya hemos visto lo que los mercados sin supervisión pueden hacer, pero también lo que los políticos de espaldas a la información pueden provocar.

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DE VISAS Y OTRAS HISTORIAS

Por José Manuel Guzmán Ibarra

El día 9 de septiembre el presidente de la Junta Central Electoral, mediante nota de prensa, comunicó al país que el Departamento de Estado de los Estados Unidos le había notificado la revocación de las visas de sus pasaportes personal y oficial. Las políticas para la revocación o no otorgamiento de visado, en general, son de orden público; en las razones que aplican a un caso concreto, es su política no anunciarlo.

Lo que llama la atención es el interés que ha tenido el propio afectado en dar a conocer su nuevo estatus migratorio frente a los EE. UU. ¿Será que quiere apoyo del Estado dominicano para que sea reconsiderada esta decisión? ¿Será que quiere encarnarse como víctima de las presiones extranjeras? ¿Será que se ocupa en influir en la decisión del Senado que pronto se dispondrá a designar los jueces del tribunal electoral?

Creo que a los dominicanos nos debe preocupar más la eventual designación de jueces probos, técnicamente preparados y comprometidos con la transparencia, antes que convertir en una cruzada nacional la revocación de un privilegio. Los países soberanos, sean grandes o pequeños, fuertes o débiles, influyentes o dependientes, lo son en tanto actúan con madurez y respeto, primordialmente por sus propias leyes. Las poses de victimización dan una pésima señal para aquellos países que pretenden ser tomados en serio en la comunidad internacional. Es más que obvio que Roberto Rosario tiene maneras personales para recurrir el hecho ante las autoridades norteamericanas, y que dista mucho de ser una crisis diplomática.

Actuar con madurez es no dejarse arrastrar por un falso debate. La visa es una historia que responde a una forma muy particular del presidente de la JCE de manejarse con todo lo que tiene que ver con los temas públicos. Lo que es importante es evaluar si Roberto Rosario ha acumulado méritos institucionales para continuar en el cargo: ¿Ha usado los recursos del Estado de forma efectiva, transparente, legal? ¿Ha cumplido en letra y espíritu con las leyes de contrataciones? ¿Ha garantizado derechos fundamentales? ¿Ha organizado elecciones en las que su voz ha sido de autoridad por encima de la vocinglería típica de los certámenes electorales? ¿Ha fomentado métodos de gerencia modernas en la institución? ¿Ha sido flexible y conciliador ante los conflictos propios de un alto cargo público? ¿Ha actuado con la prudencia de Salomón, con el sentido de equidad y justicia? ¿Sus acciones públicas son estridentes o discretas? ¿Se sabe responsable ante la demanda de servicios y atención del ciudadano o se cree por encima de ellos?

Esas y otras preguntas directamente vinculadas con el mandato recibido por un funcionario del tribunal electoral son las que nos deberían ocupar. Las historias de visados, las estridencias mediáticas, y el no tener visa no son los temas de un país soberano, pujante y decidido a entrar con pantalones largos a la era de las instituciones fuertes, única verdadera garantía de soberanía. Con argumentos concretos, discutamos si el Senado debe ratificarlo en el puesto. No sea que por no ceder ante presiones extranjeras nos olvidemos que los países adultos son más fuertes ante las presiones externas.

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HILLARY Y LA REPÚBLICA DOMINICANA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Lo que ocurre en el país más poderoso del mundo -aquí en el vecindario- es importante para RD; globalización más o globalización menos. La historia así lo demuestra: Desde inicios del siglo XX con la intervención del país, hubo de parte de los Estados Unidos un legado en infraestructura, por ejemplo, los trazados de caminos y carreteras; en el aspecto legal, el sistema Torrens de propiedad, en el cultural, nuestra afición al béisbol; o durante la Guerra Fría, acuerdos y marcos comerciales, como la cuota azucarera (1966-1978) o la Iniciativa para la Cuenca del Caribe (1983), y más reciente el DR-CAFTA (2007). EEUU se encuentra ahora en una contienda electoral; vale la pena que le hagamos seguimiento a las elecciones de ese país.

Es razonable prever que la candidata por el Partido Demócrata, Hillary Clinton, resultará triunfadora en noviembre. Resulta necesario que valoremos el conocimiento que tiene la candidata presidencial sobre nuestro país y la comunidad dominicana en los EE. UU., y aprovechemos el poder electoral que tienen los inmigrantes dominicanos en estados claves, como Florida y Nueva York, para activamente tratar de tener interlocutores en su eventual gobierno. Lo haremos posible siguiendo atentamente su discurso y propuestas de campaña, al mismo tiempo que desarrollemos estrategias internas y de relaciones exteriores para aprovechar aspectos positivos y minimizar los negativos de sus próximas políticas. En ese sentido, hay al menos tres temas de vital importancia para nosotros: El primero, el RD-Cafta; el segundo, las tensas relaciones con el estado haitiano y la innegable influencia que tiene en ese tema el lobby afro-americano y, el tercero, las políticas migratorias y sus derivados. En los tres temas, la candidata presidencial tiene ya ideas firmes.
En materia de libre comercio, la retórica electoral es adversa a los acuerdos. Hillary promete a los trabajadores norteamericanos endurecer los controles de cumplimiento con los países con los que EE. UU. tiene comercio, eso puede tener implicaciones concretas para RD en las áreas fitosanitarias, calidad de los productos, denominación de origen, temas impositivos y derechos laborales.

En cuanto al tema haitiano, son conocidas las relaciones que los Clinton tienen con ese país. Además, nos quejamos de la visión que tienen los influyentes lobistas afro-americanos sobre nuestro país y la delicada situación creada por la sentencia del Tribunal Constitucional. Valdría mucho la pena que pensemos con ecuanimidad e inteligencia las estrategias que estaremos siguiendo ante el triunfo de Hillary. En mi opinión, hay más oportunidades de las que los sectores nacionalistas quieren admitir; solo debemos aprovecharlas.

Finalmente, el tema migratorio en sí. La importancia es vital. Sólo en la ciudad de Nueva York es probable que haya más dominicanos -legales e ilegales- que en Santiago de los Caballeros. Los dominicanos ausentes son una fuente no sólo de remesas, sino también de turismo. Al tiempo, temas como los repatriados, o la implementación del FATCA y su particular impacto para los dominicanos de doble nacionalidad son parte de una agenda que, sin dudas, es mejor empezar a trabajarla con la actual candidata… antes de que ya sea presidente electa.

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LA DERECHA DESNUDA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

 

La derecha dominicana admite ser nacionalista y no tiene ningún reparo en establecer críticas a la democracia; se distancia con énfasis de la izquierda marxista, desconociendo incluso a sus héroes y mártires, sin importar los aportes que esos sacrificios pudieran haber significado para la libertad en la República Dominicana. Niegan también la tradición liberal del dominico Montesinos, Duarte y Luperón. Para los de derecha, lo relevante de Duarte es que nos separó de los haitianos, sus ideas antiracistas, de justicia y libertad, no es algo que suelan citar.

Igualmente, hacen alarde de su proteccionismo económico en el que no cabe la idea de inserción internacional, y las políticas comerciales deben colindar con sus planes de desarrollo nacional. Defienden las empresas locales, pero exclusivamente regidas por la intervención del Estado. Las leyes de mercado deben supeditarse a los designios políticos de un partido único.

Es parte de su identidad, destacar la cultura dominicana, inventando un pasado cuasi mítico para contraponerla “a las influencias externas”, como si el merengue típico fuera posible sin el acordeón alemán. Su discurso en defensa de la dominicanidad se centra exclusivamente en valores que ellos llaman patrióticos, y de forma enfática niegan toda otra tradición de religiosidad no católica, dejando de lado el sincretismo y todo vínculo con la herencia africana, al tiempo que desprecian ahora más tímidamente -por razones tácticas- a otras denominaciones cristianas.

Tienen una muy poco cuidada animosidad contra personas de otra nacionalidad, especialmente si son haitianas. Se cuidan mucho -eso sí- de usar términos racistas, pero desde que hay expresiones que buscan fortalecer parte del legado africano, sea en la forma de llevar el pelo, la ropa u otras manifestaciones culturales, por más genuinamente dominicanas que sean, las tildan de “haitianizantes”. En lo formal, se niegan a ser catalogados de racistas; su actitud, sin embargo, no es la de condenar las manifestaciones discriminatorias. Al contrario, no aceptan, por liberales, toda ley que busque corregir, castigar o enmendar la discriminación.

Algunos de los elementos de la desnuda y muy coherente derecha dominicana pueden ser comunes para el espectro de otras geografías ideológicas. Sin embargo, tener todas juntas las hace ser por definición una ideología nazi; como ocurre con la ideología nacional- católica española, la fascista italiana de Mussolini o la de Perón en Argentina, la del Partido Dominicano de Trujillo o la nacionalsocialista de la Alemania de Hitler. Y esto por descripción, no por ser peyorativos.

El término “Nazi” devino en un término peyorativo por alguna razón, y reaccionan emocionalmente al concepto; no quieren que los describan como tales, a pesar de que es muy fácil demostrar que tienen todos sus elementos, pues incluso del pangermanismo y el antisemitismo tienen sus equivalentes caribeños. No les molesta tener todas esas características. Les preocupa que les pongan nombre. El término, vale recordar, resultó ser peyorativo porque no sólo fue una ideología derrotada militarmente, sino también moralmente. No sólo es vergonzoso que te llamen nazi; serlo también denota vergüenza.
La derecha dominicana busca recuperar la hegemonía de antaño. Es una derecha de añoranzas por un pasado que sólo tuvo esplendor para una élite, y no así para el país. Citan paradójicamente a Whitman, que representa todo lo contrario a lo que ellos impulsan. Aquel que dijo: “Yo soy Walt Whitman… un cosmos”. Idea, la de ser un cosmos, que parece perturbar mucho a la derecha dominicana, tanto o más que la idea misma de libertad.

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EL IMPOSTERGABLE PACTO ESTRUCTURAL

Por José Manuel Guzmán Ibarra

El presidente Danilo Medina, en un discurso durante la campaña electoral, esbozó en la Cámara Americana de Comercio su visión económica; y dirigiéndose a los empresarios dijo: “Ustedes, mejor que nadie, saben lo que significa tratar de hacer cosas con presupuestos limitados”, para terminar con lo que se convertiría en una constante en su discurso sobre el tema económico: la necesidad de un pacto fiscal.
Desde el año 1984 se han realizado cambios que permitieran apuntalar la restructuración del modelo económico, que en aquel entonces se fundamentaba en el soporte que le daba EE. UU. al precio del azúcar. Eso conllevó a reformas fiscales que buscaban evitar el colapso de las finanzas públicas. Esas reformas criticadas desde la oposición, luego fueron profundizadas desde el gobierno en 1990, y así sucesivamente cada cierto tiempo.
Aunque es justo decir que en todas esas ocasiones el impacto fue positivo, en corto y mediano plazo, manteniendo ritmos de crecimiento favorables de los cuales los sectores más acaudalados de la población recibieron beneficios tangibles, no es menos justo indicar que las reformas tributarias no redistribuyeron con suficiente rapidez la riqueza, ni apuntalaron suficientemente la senda del desarrollo. Al pasar balance, también hay que decir que los niveles de presión tributaria medida por sectores pueden resultar realmente altos en algunos de ellos; pero en el agregado, seguimos siendo un país por debajo de los estándares de la región.
De nuevo estamos ante una disyuntiva. La estabilidad fiscal dominicana es insostenible en el largo plazo, y el financiamiento del déficit exige racionalidad y prudencia, pues las fuentes se antojan impredecibles e insuficientes. Mientras, es innegable que el país que queremos cuesta, y éste no se puede lograr sobre la base de la reducción del gasto. ¿Seguimos por la vía del endeudamiento?
Aunque previsión y suerte han jugado a nuestro favor, no es razonable que sobrestimemos nuestras capacidades económicas ni que juguemos al endeudamiento sin tomar en cuenta la presión que su servicio le genera al gasto público. Así, el pacto fiscal no es un eufemismo. Sin embargo, tampoco es un eufemismo que la presión tributaria tiene que poder alcanzarse más allá del parche fiscal, y que es necesario un pacto estructural que prepare la economía para una mayor calidad y mejor programación del gasto, una más eficiente redistribución del ingreso (menos clientelar y cortoplacista), un aumento en nuestras capacidades productivas y de competitividad, y un mejor apuntalamiento a las fuentes generadoras de divisas.
Eso implicará más impuestos para algunos, despolitización de algunos precios que siguen controlados (como los peajes), mejor régimen administrativo y políticas sectoriales inteligentes. También exigirá un empresariado responsable, orientado a exigir señales de precios claras y sin distorsiones (sin subsidios, exenciones, generales), y dispuesto a tomar riesgos para mejorar sus ofertas a los mercados. No sólo necesitamos un pacto fiscal, necesitamos un pacto estructural; uno que nos permita afirmar que nuestra sociedad ha dejado el infantilismo y que se dispone a ser justa, equitativa, razonable… adulta.

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CUÁNTO CUESTA EL PAÍS QUE QUEREMOS

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

La lucha política puede entenderse como una lucha por la creación y asignación de la riqueza de un país; un juego estratégico entre quienes hacen los negocios, quienes distribuyen los recursos de la actividad productiva y las proporciones. Más concretamente: la lucha política tiene que ver con el presupuesto nacional, tanto en lo que concierne al gasto como en lo que concierne a los ingresos: las ideologías, el manejo del conocimiento, y el debate político terminan siendo una batalla por él.

 Para explicar el funcionamiento de los mercados, Paul Samuelson había equiparado el dinero a votos, en ánimo de ilustrar cómo se formaban los precios en una economía de mercado. Sin embargo, el ejemplo en caso extremo, lleva a la pregunta ¿Qué pasa con los mercados imperfectos?  Por lo pronto, nos interesa señalar que si se tienen muchos “votos económicos”, habría la posibilidad de influir -a conveniencia de quien los concentra – en las decisiones económicas importantes, como en la actualidad es en nuestro país la discusión alrededor del tema impositivo.

 En este debate es común encontrarse con que un sector productivo o algunos sectores sociales se resisten a más impuestos bajo dos afirmaciones: primero, la concentración de los impuestos en pocos sectores, relativamente.  Y segundo, la malversación por corrupción o mala administración de los impuestos recaudados. No es mi intención entrar en la validez de esos argumentos. Busco, por el contrario, establecer un consenso en materia de gasto. ¿Tenemos claro cuál es el país que queremos?  ¿Cuánto cuesta? ¿Cuáles son esos consensos?

 El primer consenso sería que los fondos públicos deben administrarse correctamente, la corrupción debería castigarse ejemplarmente y la calidad del gasto debe mejorarse. Otro consenso sería determinar el objeto del gasto.

 Si tomamos los diarios, las encuestas y los programas de opinión, es obvio que hay una demanda por mejoría en los sistemas preventivos y represivos de seguridad ciudadana. Eso supone aumentos salariales razonables a los agentes del orden, modernización institucional y más tecnología, más gasto corriente (combustible, dietas, recursos). También hay demanda por mejorías en el sistema de salud; no sólo en la infraestructura, sino en los medicamentos, equipos y materiales gastables de la red de hospitales públicos. Los prestadores de servicios de salud demandan aumentos salariales importantes.

 Hay otros gastos que están establecidos por ley, como la Ley de municipios y el 4% de la educación; ambos en el espíritu de que la sociedad pueda recibir mejores servicios municipales y mejor calidad educativa para todos. El 4% de educación es una determinación del Gobierno.

 El presupuesto total para el 2016 es de más de 566 mil millones de pesos; la asignación en educación asciende a un monto de más de 129 mil millones de pesos, equivalente a más de 20% del presupuesto total. Tal como se ve, sólo este renglón es suficientemente importante en el presupuesto para demostrar que el país que queremos requiere de mayores esfuerzos económicos para el desarrollo de la educación. Si además sumamos la cantidad de parajes, municipios, áreas turísticas que esperan por más recursos, o la educación superior, la UASD, y ni  hablar de los temas de la inexistente investigación científica, o de prevención de catástrofes, tendríamos montos todavía mayores.

 El país que queremos tiene un costo; empecemos por poner un monto, aún sea ideal. Así podemos llegar más rápidamente a un sincero pacto fiscal.

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EL DESORDEN LE PASA FACTURA A LA DEMOCRACIA

No hay nada ingenuo en la lucha por el poder. No hay nada fácil, predeterminado, ni profundamente bondadoso al construir mayorías, que además, por definición, están en un constante cambio. La democracia es un instrumento falible, lleno de obstáculos, que proporciona la oportunidad de resolver los conflictos por la vía pacífica; y el único que puede regenerarse a sí mismo. Si el instrumento fundamental de la democracia -el voto- falla, entonces la sociedad habrá tocado fondo y dos caminos se erguirán por delante: o la dictadura o la anarquía.

En República Dominicana, la calidad del voto ha ido deteriorándose por la instrumentalización que han hecho los grupos que luchan por el poder. Aquí no tenemos, si acaso ese fue un argumento, un problema de enfrentamientos ideológicos. En mucho, el problema que vivimos en el actual y tortuoso proceso de conteo de votos se debe a la total ausencia de claridad ideológica; y peor, de falta de claridad en las ideas de los que se suponen son los llamados a proporcionar esa lucidez: los propios políticos.

El transfuguismo para definir posiciones electivas, en absolutamente todos los partidos, debió ser la primera advertencia de lo que resultó como el mayor desastre en la organización de unas elecciones desde los años 1990 y 1994. Se equivocan los que, indignados, creen que esto es un plan macabro para favorecer a alguien. Y también se equivocan aquellos que por defender la legitimidad de sus votos (y en ambos casos toca a todos los contendores de todos los partidos) pretenden obviar la realidad: el proceso fue mal diseñado y terminó siendo un verdadero desastre.

¿Alguien se atrevería a sacar las cuentas de quiénes han sido favorecidos o desfavorecidos? Ese ejercicio sería útil para entender que las aspiraciones individuales, legítimas y constitucionales, que se convirtieron en ambiciones personales e individuales sin límite ni disciplina alguna (ni siquiera mental), son la consecuencia de un proceso mal concebido y peor ejecutado; que tiene poco que ver con la lógica de los partidos. Aquí no ha habido ningún plan para realizar un fraude ni se puede hablar de ilegitimidad generalizada. Y, sin embargo, el proceso ha planteado una muy seria paradoja, ¿cómo dar por válidos los votos en el terreno de las traiciones, las componendas, las ambiciones sin brújula y el conteo defectuoso?

A pesar de la paradoja, el pueblo emitió su voto (instrumentalizado y todo). Sólo nos quedan los marcos institucionales para cruzar este charco de lodo; también nos queda el sentido común. Así, todos los contendores, los que resultaron o resultaran electos, como los que no, debemos hacer un alto. Deponer las malas artes y disponerse, aún con vergüenza ajena por aquel que debió ser la garantía del proceso, a construir futuro; y eso pasa por terminar lo mejor que se pueda este conteo de votos.

Inmediatamente después, hay que pactar el siguiente paso: hacer nuevas y mejores leyes electorales. Una ley de partidos pensada desde el ciudadano y no desde los partidos, nuevas autoridades electorales tanto en la JCE como en el Tribunal Superior Electoral. Dejémonos de juegos, que los que compitieron saben muy bien lo que pasó, y esto ya no es una advertencia. Nuestra sociedad ya tocó fondo. Esto ya llegó demasiado lejos como para no actuar con la responsabilidad que amerita.

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EL COMPROMISO DE DANILO MEDINA

Queda por saberse cuántos senadores, diputados, alcaldes y regidores mantendrá el PLD. Alguno perderá, pero no hay dudas sobre una definición en la primera vuelta. Los medios que acostumbran, ya hace décadas, realizar encuestas electorales, han reiterado que el presidente Danilo Medina tendrá una victoria muy sólida; la última Gallup-Hoy estableció que el 60.3%. Así, la pregunta no es si hay una segunda vuelta, como trataron de posicionar los partidos opositores, si no “¿cuál es el compromiso de Danilo Medina al otro día de saberse los resultados?”.

La continuidad tiene sus mieles, es obvio. Sin embargo, tiene también sus retos. Un presidente que se reelige sigue siendo presidente cuando resulte presidente electo. No hay transición. Hay quizá una pequeña pausa para el festejo, pero no hay ya los famosos cien días, y por contundente que sea la victoria (60% es una cifra sin precedentes desde el triunfo de Bosch) la demanda por más, por más de lo que nunca se ha hecho, será prácticamente inmediata. La luna de miel de Danilo Medina tendrá un gran final: una victoria que se presume contundente, pero también marcará una nueva etapa en su relación con la prensa, la sociedad civil, y la ciudadanía. ¿Podrá repetir o replantear en términos los logros de su gobierno actual?

Un triunfo con tintes de aprobación en referéndum planteará el dilema para el presidente y su equipo de cómo manejar el resultado, cómo interpretarlo, cómo administrarlo. Una lectura sería que recibieron tal apoyo, que tienen un cheque en blanco; algo así como un premio por el excelente trabajo realizado. Otra interpretación, un poco más realista, sería la de entender qué tampoco hubo una real oposición, no sólo en el periodo electoral, sino durante los cuatro años. Recibir por encima del 50% para un presidente que se reelige, ciertamente es una aprobación. Sin embargo, la política es siempre expectativa, y en nuestro país más que en ningún otro, la esperanza para que las cosas malas mejoren y las buenas se incrementen es un elemento a tomar en cuenta, porque va más allá de lo electoral.

Dejando de lado que todos los aspirantes presidenciales del 2020 querrán sacar provecho de los espacios en blanco o los errores que pudiera cometer el nuevo gobierno, existen temas como la seguridad ciudadana, la sostenibilidad fiscal, la equidad y el fortalecimiento del concepto de ciudadanía, que aunque registran importantes avances, todavía tienen mucho espacio para seguir afanando con ellos.

En mi opinión, el triunfo tiene que recibirse con la misma humildad mostrada hasta ahora. Y en los hechos, eso va a significar un mayor esfuerzo en mostrar soluciones lo más cercanas a definitivas que materialmente se pueda. Especialmente en el tema económico, el saneamiento fiscal y la impostergable materia de seguridad.

Así, si Danilo Medina quiere dejar un legado, y no ser uno más que tuvo continuidad en el gobierno, debe ser fijando meta en lo “que nunca se ha hecho”, de forma tan definitiva, contundente y transparente como parece que lo será su triunfo el próximo domingo.

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