PATRICIA SOLANO: Cantando en la carretera

patricia y gladys

Yo conocí a Gladys Gutiérrez en una carretera. Aunque la había visto muchas veces desde que era yo una niña, fue en un viaje de regreso desde Santiago cuando verdaderamente me llamó la atención su personalidad.
Veníamos de un acto de su partido con motivo del Día Internacional de la Mujer, un 8 de marzo. Yo adolescente, formaba parte de un grupo musical que había cantado en el acto, y por alguna razón nos enviaron de regreso con Gladys en el mismo vehículo.
Aquellas casi dos horas de trayecto nocturno transcurrieron como una velada rodante en la que repasamos gran cantidad de canciones de la Nueva Trova cubana.
Yo, que conocía su leyenda de viuda heroica, admiraba la alegría de aquella mujer que iba cantando durante todo el trayecto. Me parecía sumamente simbólico verla llevar la voz cantante en esa hermosa canción de Silvio que dice:

Vamos a andar,
en verso y vida tintos,
levantando el recinto
del pan y la verdad.
Vamos a andar,
matando al egoísmo,
para que por lo mismo,
reviva la amistad.
Vamos a andar,
hundiendo al poderoso,
alzando al perezoso,
sumando a los demás…..

Años después, mi madre enfermó de cáncer y en ocasión de una cirugía recibió en su habitación de hospital la visita de Gladys. Allí me enteré que entre sus muchas luchas, se había enfrentado también a un cáncer al que había vencido. Su testimonio representó un gran aliento para su amiga enferma, y en mí, aparte de agradecimiento por el gesto, provocó mayor admiración.
Ya era diputada, y mas tarde sería también regidora. Fue entonces cuando nos volvimos a encontrar, en un evento sobre políticas públicas para la igualdad de oportunidades de las mujeres. Yo trabajaba en una organización feminista y ella asistía a todas las convocatorias sobre discriminación de género.
Cuando su partido ganó las elecciones y tomó el poder, a nadie sorprendió que la designaran al frente del mas alto organismo del Estado para el diseño y coordinación de políticas de género.
Fue entonces cuando me llamó y me ofreció trabajo. Aunque a mi no me gustaba la idea de trabajar en el gobierno, con ella no tuve que pensar mucho para decidirme. Yo tenía una imagen básica de Gladys grabada en mi memoria que se relacionaba con aquel trayecto en la carretera. Mi intuición me decía que una mujer que había cargado tan dignamente su historia llena de pérdidas y de represión y aún era capaz de cantar, era dueña de la pasión necesaria para hacer grandes cosas, aún con las probabilidades en contra.
No me equivoqué. A su lado vi conquistas para que los asuntos de género se tomaran en cuenta dentro del gobierno, una cosa difícil, que además desde dentro del aparato estatal era cuesta arriba, pero…¿qué era eso para ella? Poca cosa. Gladys no conocía el concepto de darse por vencida; a ella no la desanimaba nada. Fue ahí cuando empecé a quererla… y a disfrutarla. Me gustaba recrear en mi memoria la historia conocida de la Gladys combativa de los 70 y unirla a esta Gladys funcionaria de estado a la que el Jefe de la Policía de turno llamaba “mamá Gladys” después de darse cuenta de que el presidente de la república le decía así. Yo lo gozaba.
Sentía una satisfacción especial cuando la veía en medio del protocolo de Estado como toda una autoridad. Ella, tan perseguida, ahora con escolta policial y militar.
Ella, apresada tantas veces, metida a empujones por la parte de atrás del Palacio de la Policía y tirada (literalmente) dentro de una celda inmunda, ahora recibida en el despacho del Jefe de la Policía como visita distinguida para planificar el nuevo Departamento de Protección de la Mujer, creación sin precedentes.
Ella, deportada a Francia con su pequeño hijo en brazos, ahora firmando acuerdos con organizaciones internacionales para la protección de la mujer migrante.
Ella, amenazada, “a tu hijo le vamos a hacer lo mismo que a tu marido si no te estás tranquila”, empeñada en la creación de guarderías infantiles.
Ella, que oyó por radio las instrucciones al policía que la conducía presa, a quien le ordenaban “suénenla”, lanzando ahora campañas por televisión y radio para frenar la violencia machista.
Vi la misma Gladys que se atrevió a decirle en su cara al doctor Balaguer que sería su enemiga número uno, humedecer los ojos ante casos de violencia que llegaban al ministerio. ¡Tan brava frente al abuso y tan dulce y solidaria frente al desamparo!
Esa Gladys que buscó a Henry en cada hueco de este territorio nacional, que no se rindió ante la certeza de su desaparición definitiva y organizó a familiares de muertos y desaparecidos políticos dentro y fuera de este país en el 70, estaba dedicando ahora las mismas energías para lograr un mayor presupuesto para los proyectos gubernamentales dirigidos a las mujeres. Siempre digna.
Ya tenía sesenta años para esos días, y estaba llena de planes.
Cambiaron sus objetivos específicos, pero sus causas eran las mismas, y su tenacidad, idéntica.
Seguía cantando, como aquel 8 de marzo en la carretera, ahora lejano.
Ahora que la veo partir, me la imagino en otro sitio, buscando a Henry y cantando esa canción de Silvio.
Dejó una lista de canciones para poner en su funeral y yo, francamente, estoy inconsolable.

19 de junio del 2015