PISA ¿Medir o acusar?

Por José Manuel Guzmán Ibarra

El informe PISA tiene como objetivo medir los avances educativos en los jóvenes de 15 años de los países participantes. A diferencia de otros análisis similares, en este no todos los países participan, y la República Dominicana debutó este año, partiendo de la evaluación hecha en el período marzo-abril 2015.

En muchos países, los resultados se toman como una referencia que evalúa mucho el sistema antes que a los jóvenes, y se asume como una alarma para hacer los ajustes que correspondan, midiendo los avances o retrocesos vis a vis el propio desempeño, situando los resultados en un plano competitivo. La educación debería ser un tema al margen de la discusión político-electoral; en algunos casos, no pueden evitar politizar el resultado.

Hay países en el cual las estadísticas se usan como acusación para el gobierno de turno, sea porque se ha perdido un escalón en la comparación internacional, o porque la medición ha retrocedido algunos puntos en relación a periodos anteriores. En este caso, a partir de los argumentos utilizados, esto no termina juzgando un método educativo, sino a la misma clase política.

Si gobierno y oposición aprovechan para debatir contenidos, métodos o calidad en la asignación de los recursos, la nota de la clase política sería buena. Si en cambio, es un ejercicio de acusación y justificaciones… pues sería justo concluir que en ese país hay un retroceso educativo grave. Nada mejor para medir una sociedad que mirar los argumentos de sus políticos y la cantidad de población de sus cárceles. En ambas cosas andamos mal.

En las pruebas PISA, para RD no hay medición previa; y el resultado obtenido, peor que mediocre, recoge el resultado de políticas aplicadas en años anteriores, previos al 4%. Este resultado es una herramienta para cuantificar en el futuro el avance relativo al mirarnos contra el 2015, al tiempo que nos permitirá evaluar cuánto queda para alcanzar otros países.

Si queremos ver cómo deberíamos tomar la educación y no sólo el resultado, vale la pena ver la reflexión que escribió el exministro de Educación de Costa Rica, Leonardo Garnier Rímolo, el 11 de diciembre a las 21:57 en su cuenta de Facebook:

“El objetivo de los comedores escolares (…) no es meramente nutricional, es educativo en el sentido más amplio del término. El ejemplo de Japón es notable:
La razón por la que los almuerzos escolares reciben tanta atención es que en Japón son considerados parte del plan de estudios de la escuela pública, un aspecto del crecimiento personal que significa algo más que una nutrición estable.

Japón es famoso en todo el mundo por la alta calidad de sus almuerzos escolares. Más allá de inculcar buenos hábitos alimenticios y una apreciación de los alimentos sanos, el programa de almuerzo escolar de Japón subraya la importancia de la comunidad al hacer que los estudiantes participen con servir la comida y con la limpieza, y que los niños comprendan sus responsabilidades dentro del grupo”.

Me falta espacio para sugerir lo que creo que significa esto. Como la prueba PISA mide la lectura comprensiva, creo que estas pocas palabras sirven para que cada quien compare lo dicho por el exministro citado…, y cómo algunos están asumiendo el tema educativo en nuestro país.

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BREVE CRÍTICA A LA GLOBALIZACIÓN

Por José Manuel Guzmán Ibarra

La historia de la historia tiene años sin ser contada, esa señora se ha hecho cada vez más formal, empedrada, fosilizada. Sirve para titulares en las aulas de párvulos, para listados de nombres y fechas; es un ejercicio de memorización. Ya dejó de ser la referencia para entender el presente. Quizá esto se deba a la debilidad de la enseñanza de las humanidades y al absoluto triunfo de la inmediatez. No sé qué tan devastadora sea esta ya vieja práctica. Lo que se hace obvio es que la mayoría de los jóvenes y muchos adultos tienen las referencias históricas recientes como un acto de nostalgia, en el mejor de los casos; y no de ejercicio crítico para encontrar contextos. La consecuencia es clara: creemos que todo se está discutiendo por primera vez.

Una de los hechos más relevantes de nuestro pasado reciente lo fue El Consenso de Washington impulsado por el partido Republicano, en la administración de Ronald Reagan y que su sucesor George H. W Busch perfeccionó, renombrándolo como Globalización. Esa palabra, no tan novedosa, se usó como lema cuando éste presidente la usara primero para justificar el acercamiento a Michael Gorbachov, el último presidente que tuvo la Unión Soviética. Luego se hizo lema para impulsar un concepto más abarcador, el primer gran acuerdo de Libre Comercio de la era moderna, el NAFTA, firmado simbólicamente por George H. W Bush, por los EEUU, Carlos Salinas de Gortari por México y Brian Mulroney de Canadá y el impulso mundial de los acuerdos comerciales.

Aquel anuncio era la promesa de un mundo mejor, y buscaba solucionar problemas previos de estanflación, estancamiento y pérdida de empleo. Sólo para que se tenga una idea: previamente a los acuerdos comerciales, el desempleo total en EEUU en el año 1988 era de 10.5. a 7.8% en el 1992; luego de implementadas las políticas “globalizadoras” -con sus diversas correcciones y ajustes a lo largo de los años- se situó en 6% en el 2003, y en 4.6% en el 2007, previo a la gran crisis de las subprimes en el 2008.

Si bien la globalización no fue la solución global, ni significó El Fin de la Historia pronosticada por Fukuyama, tampoco se le atribuye el terrible impacto de la crisis que viven la mayoría de los ciudadanos de los países desarrollados, tanto en el nivel de vida, como en los de desempleo (Europa sigue en dos dígitos), o en la calidad del existente empleo. El entorno de crisis estuvo muy bien definido por las políticas de desregulación, pero no de libre comercio; ahora que vienen tiempos aciagos para lo segundo, valdría la pena que se pasara un balance serio que mida qué tanta riqueza construyó o destruyó.

Sabemos que en el intercambio comercial hay ganadores y perdedores. Establecer el balance total es importante antes de que la demagogia política que atribuye todos los males a las migraciones y a los tratados de libre comercio ponga remedios donde no hay enfermedad o quite medidas allí donde deben permanecer. Una crítica seria, que para serlo necesita situar históricamente y científicamente sus argumentos.

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El DÍA “H”

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Hoy son las elecciones en los EE. UU. Las encuestas del voto popular dan como favorita a Hillary Clinton. Sin embargo, los análisis del voto electoral arrojan resultados inciertos, porque en algunos estados importantes las elecciones están muy reñidas. El susto parece ser mayor que la realidad sobre las probabilidades de que EE. UU. no esté eligiendo a una mujer para la presidencia.

Algunos hitos ya se han alcanzado; estas elecciones tienen una connotación con pocos precedentes en la historia norteamericana. La vedada pero inocultable rebelión del anglosajón típico contra el avance de las llamadas minorías, la exacerbada lucha ideológica de distintas denominaciones cristianas contra el avance de la ideología liberal y de género, la desesperanza de amplios sectores de trabajadores blancos a los cuales la crisis les destruyó el sueño americano, y la indiferencia de los “millennials” ante la oferta electoral hacen de estas unas elecciones muy particulares y de pronóstico impredecible.

El debate económico, que debería ser el centro de la atención de los medios, ha estado prácticamente ausente, pues el candidato republicano evita conceder que la crisis fue sorteada con éxito, y prefiere explotar la insatisfacción social sin ampararse en otra cosa que en un lema vacío: “Hacer Nuevamente Grande a Estados Unidos”. Aunque es una estrategia correcta desde el mercadeo electoral, el problema radica en que Donald Trump no es un candidato cualquiera, ni tampoco el apoyo que recibe una manifestación meramente electoral. Estamos ante una verdadera rebelión de las masas, ante una resistencia profundamente ideologizada, cuyas raíces están en una visión excluyente de la sociedad. Es la reacción del americano “feo”, el de la democracia con votos para hombres blancos. Es por eso que muchos en el mundo, y algunos republicanos con sentido de Estado, están espantados con este apoyo que trasciende el resultado electoral, sea cual sea el que resulte.

Hoy debe ser el día H: El día de Hillary. Será electa con muchos votos electorales, con gran unanimidad en las minorías; en las mujeres, negros, inmigrantes, pero no en los jóvenes, ni en los hombres blancos, ni en los estados tradicionalmente asociados con la idea de una sociedad anglosajona. Gobernará un país dividido y pondrá a prueba su liderazgo, capacidad de maniobra y resiliencia, como muchas otras veces. El resultado no será estrecho, pero tampoco será de una contundencia que permita subsanar las divisiones manifiestas (aunque no causadas) por el proceso electoral, y obligará a trabajar en una plataforma que permita la convivencia de dos formas ideológicas que se antojan irreconciliables; eso implica religión, género, raza, migración… y ¡un modelo económico viable!

No es el resultado electoral lo único que debería asustar a las partes en conflicto, sino lo radical que se están mostrando los ciudadanos en EE. UU. y en el mundo ante los temas mencionados. Hoy debe ser el día H, que, como aquel histórico día D, no significó el final per se del nazismo, pero sí el inicio de la esperanza razonable. Esperemos que Hillary celebre menos y reflexione más con su esperada victoria, pues no se trata sólo de las elecciones, ni solamente de EE.UU. sino del mundo.

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EL ACUERDO DE PAZ COLOMBIANO

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Un sorpresivo, aunque pírrico “no”, opacó la propaganda oficialista que había promovido el acuerdo de paz como algo seguro. El resultado ensombreció la apuesta política del Presidente colombiano Juan Manuel Santos y su secreto anhelo de sepultar políticamente a su antecesor -ahora crítico más acérrimo- Álvaro Uribe. Si no fuera por el oportuno premio Nobel de la Paz que le fuera otorgado, el presidente hubiera estado totalmente a merced de sus opositores. Eso es lo que se llama ser salvado por la campana.

El acuerdo de paz, no es la paz abstracta, es un documento político concreto, reflejo de un muy complejo proceso de negociaciones que se da en el marco de dos certezas: una para la guerrilla, conocedora del achicamiento de sus espacios bélicos para victorias tácticas y del debilitamiento de sus amigos regionales (Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador) con mermado margen económico y político para apoyarles; dos, la certeza del gobierno que la derrota total de la guerrilla, aunque posible, no era cercana ni precisa. Estaba claro para ambos bandos que la decisión racional era pactar la paz. Ese pacto tenía que ser legítimo, y por eso se entiende el esfuerzo de concebirlo bajo concesiones que lo hicieran sostenibles, creíbles, aceptables por las partes y por los ciudadanos colombianos. En esto último estaba la verdadera filigrana.

Por un lado, la paz abstracta tiene desde el final de la II Guerra Mundial mejor prensa que la guerra, aun la misma sea “justa”, “inevitable” o “entendible”. Por otro, las víctimas y la creciente deslegitimación del modus operandi de las FARC (narcotráfico, violaciones, secuestros y terrorismo) junto con una constante y efectiva propaganda contra esos métodos, crearon en amplios sectores de la población colombiana un repudio que caló. De un lado, los que apuestan a un futuro sin guerra; del otro, los que sienten que la paz sin justicia no tiene valor. En el medio, un gobierno colombiano con apetitos de buena imagen, y unas FARC desprestigiadas necesitando la legitimidad democrática para blindar el acuerdo.

Y aquí el error de cálculo, en vez de apostarles a todas las reglas establecidas constitucionalmente defendiendo mayorías calificadas para un referéndum, decidieron cambiarlas. Hoy, el esperado resultado pírrico fue de signo contrario. El apetito por reconocimiento de Santos y la urgencia de legitimidad de las FARC trajeron estas prisas que provocaron estos lodos, y allí el oportunismo encontró la brecha y le sacó el máximo beneficio.

No creo que el proceso hubiera sido simple en ningún escenario. No creo que la paz tenga un solo camino. Creo que lo que los llevó a firmar el acuerdo sigue presente, por lo que no soy pesimista en que lo firmado u otro texto pudiera mantener la esperanza del cese permanente al enfrentamiento armado.

Ayuda que la comunidad internacional tenga activa paciencia. Les toca a los colombianos arreglar su largo entuerto. Ayuda que Colombia entienda que la justicia no sólo es la penal y que tiene otras formas, entre ellas el perdón, la inclusión social y la tolerancia… no haber entendido eso, fue lo que provocó estas cinco décadas de guerra.

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LA HISTORIA JAMÁS CONTADA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

En mis tiempos de estudiante de economía, pensaba que esa ciencia serviría como un instrumento infalible de desarrollo. Predominaban las verdades incontestables en el cual con decir “el precio es la mejor señal de la relativa escasez de bienes y servicios” o que “el mercado era el mecanismo de asignación perfecto si se les dejaba actuar” ya tenías el debate ganado. Eran esos tiempos de una ideología predominante, la fe en los mercados, y en los que la izquierda descompuesta le quedaba un concepto con el cual tratar de defenderse: el neoliberalismo es pensamiento único.

El llamado consenso de Washington -ese pensamiento único- logró afianzarse por una razón básica: funcionó. No quiere decir que resolviera todos los problemas, ni siquiera que resolvió la mayor parte de ellos, pero los países que siguieron más estrictamente la receta, incluida RD, retomaron más rápidamente la senda de esa ilusión de desarrollo: el crecimiento económico. A pesar de eso, las explosiones sociales como lo fueron abril de 1984 en nuestro país, o el levantamiento armado en Chiapas del subcomandante Marcos en los 90, lograron sembrar la sensibilidad hacia la medición y mejora de políticas de distribución del ingreso, aunque fuese solo teóricamente. En esos días las cosas se movieron del tecnócrata puro y duro al político que prometía el uso de las herramientas de mercado para una sociedad más justa, pero siempre dentro del mantra de la estabilidad macro-económica.

Hoy, luego de varias crisis nacionales y mundiales originada paradójicamente en los mercados, la población y los mismos políticos empezaron a marcar distancia de las políticas económicas aceptadas como sanas, y ha ido imponiéndose una visión más ideologizada de la realidad social y económica. Las presiones migratorias, el desconocimiento de la historia (y por ende la incapacidad de los líderes de opinión y políticos de contextualizar históricamente lo sucedido), la pereza intelectual, y la ambición de poder junto con el perfeccionamiento de las técnicas de comunicación y electorales han sumergido a la humanidad en un oscurantismo sólo equiparable a los años que sucedieron la Gran Depresión del 1929 y que culminaron con la II Guerra Mundial.

Soledad Gallego-Díaz afirma que abundan los políticos que no se preocupan por la congruencia entre lo que dicen y la realidad. En el fragor de las contiendas nos hicieron creer que todo se vale, y del todo se vale en la guerra electoral pasamos al “todo se vale todo el tiempo”. Si bien la verdad nunca ha sido el centro del quehacer político, no menos cierto es que buscar imponer un adjetivo antes que un razonamiento, despreciar datos y hechos concretos ha creado algo peor que la simplificación ideológica propia de las luchas ideológicas del siglo XX y es el cinismo máximo en el que participan tanto gobernantes como opositores. El fenómeno de candidatos como Trump no son casos aislados.

A pesar de que hay razones para el pesimismo, creo que hay remedio. Mientras llegan mejores tiempos para el debate, ayuda que el ciudadano repela la simplificación, bloquee los adjetivos, y exija más al discurso de sus líderes. Y… que no olvide que no son sólo los gobiernos quienes tienen propensión a mentir, que la oposición puede igualmente querer derogar la verdad como espacio de entendimiento. Ya hemos visto lo que los mercados sin supervisión pueden hacer, pero también lo que los políticos de espaldas a la información pueden provocar.

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HILLARY Y LA REPÚBLICA DOMINICANA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Lo que ocurre en el país más poderoso del mundo -aquí en el vecindario- es importante para RD; globalización más o globalización menos. La historia así lo demuestra: Desde inicios del siglo XX con la intervención del país, hubo de parte de los Estados Unidos un legado en infraestructura, por ejemplo, los trazados de caminos y carreteras; en el aspecto legal, el sistema Torrens de propiedad, en el cultural, nuestra afición al béisbol; o durante la Guerra Fría, acuerdos y marcos comerciales, como la cuota azucarera (1966-1978) o la Iniciativa para la Cuenca del Caribe (1983), y más reciente el DR-CAFTA (2007). EEUU se encuentra ahora en una contienda electoral; vale la pena que le hagamos seguimiento a las elecciones de ese país.

Es razonable prever que la candidata por el Partido Demócrata, Hillary Clinton, resultará triunfadora en noviembre. Resulta necesario que valoremos el conocimiento que tiene la candidata presidencial sobre nuestro país y la comunidad dominicana en los EE. UU., y aprovechemos el poder electoral que tienen los inmigrantes dominicanos en estados claves, como Florida y Nueva York, para activamente tratar de tener interlocutores en su eventual gobierno. Lo haremos posible siguiendo atentamente su discurso y propuestas de campaña, al mismo tiempo que desarrollemos estrategias internas y de relaciones exteriores para aprovechar aspectos positivos y minimizar los negativos de sus próximas políticas. En ese sentido, hay al menos tres temas de vital importancia para nosotros: El primero, el RD-Cafta; el segundo, las tensas relaciones con el estado haitiano y la innegable influencia que tiene en ese tema el lobby afro-americano y, el tercero, las políticas migratorias y sus derivados. En los tres temas, la candidata presidencial tiene ya ideas firmes.
En materia de libre comercio, la retórica electoral es adversa a los acuerdos. Hillary promete a los trabajadores norteamericanos endurecer los controles de cumplimiento con los países con los que EE. UU. tiene comercio, eso puede tener implicaciones concretas para RD en las áreas fitosanitarias, calidad de los productos, denominación de origen, temas impositivos y derechos laborales.

En cuanto al tema haitiano, son conocidas las relaciones que los Clinton tienen con ese país. Además, nos quejamos de la visión que tienen los influyentes lobistas afro-americanos sobre nuestro país y la delicada situación creada por la sentencia del Tribunal Constitucional. Valdría mucho la pena que pensemos con ecuanimidad e inteligencia las estrategias que estaremos siguiendo ante el triunfo de Hillary. En mi opinión, hay más oportunidades de las que los sectores nacionalistas quieren admitir; solo debemos aprovecharlas.

Finalmente, el tema migratorio en sí. La importancia es vital. Sólo en la ciudad de Nueva York es probable que haya más dominicanos -legales e ilegales- que en Santiago de los Caballeros. Los dominicanos ausentes son una fuente no sólo de remesas, sino también de turismo. Al tiempo, temas como los repatriados, o la implementación del FATCA y su particular impacto para los dominicanos de doble nacionalidad son parte de una agenda que, sin dudas, es mejor empezar a trabajarla con la actual candidata… antes de que ya sea presidente electa.

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LA DERECHA DESNUDA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

 

La derecha dominicana admite ser nacionalista y no tiene ningún reparo en establecer críticas a la democracia; se distancia con énfasis de la izquierda marxista, desconociendo incluso a sus héroes y mártires, sin importar los aportes que esos sacrificios pudieran haber significado para la libertad en la República Dominicana. Niegan también la tradición liberal del dominico Montesinos, Duarte y Luperón. Para los de derecha, lo relevante de Duarte es que nos separó de los haitianos, sus ideas antiracistas, de justicia y libertad, no es algo que suelan citar.

Igualmente, hacen alarde de su proteccionismo económico en el que no cabe la idea de inserción internacional, y las políticas comerciales deben colindar con sus planes de desarrollo nacional. Defienden las empresas locales, pero exclusivamente regidas por la intervención del Estado. Las leyes de mercado deben supeditarse a los designios políticos de un partido único.

Es parte de su identidad, destacar la cultura dominicana, inventando un pasado cuasi mítico para contraponerla “a las influencias externas”, como si el merengue típico fuera posible sin el acordeón alemán. Su discurso en defensa de la dominicanidad se centra exclusivamente en valores que ellos llaman patrióticos, y de forma enfática niegan toda otra tradición de religiosidad no católica, dejando de lado el sincretismo y todo vínculo con la herencia africana, al tiempo que desprecian ahora más tímidamente -por razones tácticas- a otras denominaciones cristianas.

Tienen una muy poco cuidada animosidad contra personas de otra nacionalidad, especialmente si son haitianas. Se cuidan mucho -eso sí- de usar términos racistas, pero desde que hay expresiones que buscan fortalecer parte del legado africano, sea en la forma de llevar el pelo, la ropa u otras manifestaciones culturales, por más genuinamente dominicanas que sean, las tildan de “haitianizantes”. En lo formal, se niegan a ser catalogados de racistas; su actitud, sin embargo, no es la de condenar las manifestaciones discriminatorias. Al contrario, no aceptan, por liberales, toda ley que busque corregir, castigar o enmendar la discriminación.

Algunos de los elementos de la desnuda y muy coherente derecha dominicana pueden ser comunes para el espectro de otras geografías ideológicas. Sin embargo, tener todas juntas las hace ser por definición una ideología nazi; como ocurre con la ideología nacional- católica española, la fascista italiana de Mussolini o la de Perón en Argentina, la del Partido Dominicano de Trujillo o la nacionalsocialista de la Alemania de Hitler. Y esto por descripción, no por ser peyorativos.

El término “Nazi” devino en un término peyorativo por alguna razón, y reaccionan emocionalmente al concepto; no quieren que los describan como tales, a pesar de que es muy fácil demostrar que tienen todos sus elementos, pues incluso del pangermanismo y el antisemitismo tienen sus equivalentes caribeños. No les molesta tener todas esas características. Les preocupa que les pongan nombre. El término, vale recordar, resultó ser peyorativo porque no sólo fue una ideología derrotada militarmente, sino también moralmente. No sólo es vergonzoso que te llamen nazi; serlo también denota vergüenza.
La derecha dominicana busca recuperar la hegemonía de antaño. Es una derecha de añoranzas por un pasado que sólo tuvo esplendor para una élite, y no así para el país. Citan paradójicamente a Whitman, que representa todo lo contrario a lo que ellos impulsan. Aquel que dijo: “Yo soy Walt Whitman… un cosmos”. Idea, la de ser un cosmos, que parece perturbar mucho a la derecha dominicana, tanto o más que la idea misma de libertad.

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NOTAS SOBRE EL BREXIT

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

Vivimos una nueva era de incertidumbres. No hay un área del conocimiento, sea ciencia, religión, o tecnología, que nos permita sentir que pisamos tierra firme. Ni esa superstición que tomó fuerza en los ochenta -que la economía podía ser previsible y que los mercados eran suficientes para autoregularse- ha podido sobrevivir indemne. El hito histórico que marca literalmente el derrumbe de las certezas fue el ataque a las Torres Gemelas el 11-S y la gran crisis del 2008. Desde entonces, cada año, ha habido al menos un sobresalto económico que no sólo tensa los mercados, sino que cuestiona los paradigmas económicos.

Ahora le ha tocado a Gran Bretaña regalarnos una sorpresa que provocará inestabilidad en los mercados financieros por algunos días más: Reino Unido y su ridículo intento de “brexit”.

La sorpresa es aún mayor, porque Reino Unido ya tenía una muy particular forma de estar en la UE. Desde su entrada, el 1 de enero de 1973, cuando la integración europea apenas se asomaba con alguna timidez en la forma de acuerdos comerciales y cooperación, hasta los más decisivos pactos de unión arancelaria, monetaria y de integración política, el Reino Unido estuvo sin estar. Así que es una gran sorpresa que hayan sido los ingleses, y no Grecia, Portugal,  España o Italia, quienes hayan planteado un brexit.

Y llama mucho más la atención porque en lo que respecta a los acuerdos arancelarios para los británicos no es novedad y, desde Francis Drake, siempre ha sido parte de su filosofía económica, Literalmente.. En materia institucional, creo que sería injusto no reconocer que las nuevas instituciones europeas tuvieron mucho de inspiración y participación británica. Aún más, su negativa a adoptar el ECU y luego el Euro nos permite cuestionar seriamente los argumentos que se esgrimieron para convencer a la mitad de la población para salir de la UE, pues siempre han tenido pleno control de sus políticas monetarias.

Finalmente, los británicos no son víctimas pasivas de lo que se pueden considerar los mayores errores de la UE en el manejo de la crisis económica; la actitud hacia las soluciones a la crisis que originalmente aplicaron desde Alemania no dista mucho de su paradigma tradicional.

Había que buscar un chivo expiatorio, y los que favorecían el brexit lo encontraron en culpar tanto a la UE como a las políticas migratorias, que por cierto tampoco son tan diferentes a las que tenían mucho antes cuando un súbdito de la reina, fuera caribeño o africano, era considerado un ciudadano británico.

El brexit no tiene sentido ni fundamentos económicos; no parece tener vías razonables de ejecución en el corto y mediano plazo. Sus efectos negativos, como la inestabilidad, deberían ser efímeros. Sin embargo, las bases sociales y políticas existentes a nivel mundial, que son las que provocan estos sobresaltos, nos están obligando a preguntarnos seriamente si no va siendo hora de abandonar explícitamente los paradigmas fallidos que fueron antagónicos en el siglo XX, sobre todo en el logro de sus objetivos. ¿Hasta cuándo vamos a seguir sin sentir la tierra firme?