CUÁNTO CUESTA EL PAÍS QUE QUEREMOS

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

La lucha política puede entenderse como una lucha por la creación y asignación de la riqueza de un país; un juego estratégico entre quienes hacen los negocios, quienes distribuyen los recursos de la actividad productiva y las proporciones. Más concretamente: la lucha política tiene que ver con el presupuesto nacional, tanto en lo que concierne al gasto como en lo que concierne a los ingresos: las ideologías, el manejo del conocimiento, y el debate político terminan siendo una batalla por él.

 Para explicar el funcionamiento de los mercados, Paul Samuelson había equiparado el dinero a votos, en ánimo de ilustrar cómo se formaban los precios en una economía de mercado. Sin embargo, el ejemplo en caso extremo, lleva a la pregunta ¿Qué pasa con los mercados imperfectos?  Por lo pronto, nos interesa señalar que si se tienen muchos “votos económicos”, habría la posibilidad de influir -a conveniencia de quien los concentra – en las decisiones económicas importantes, como en la actualidad es en nuestro país la discusión alrededor del tema impositivo.

 En este debate es común encontrarse con que un sector productivo o algunos sectores sociales se resisten a más impuestos bajo dos afirmaciones: primero, la concentración de los impuestos en pocos sectores, relativamente.  Y segundo, la malversación por corrupción o mala administración de los impuestos recaudados. No es mi intención entrar en la validez de esos argumentos. Busco, por el contrario, establecer un consenso en materia de gasto. ¿Tenemos claro cuál es el país que queremos?  ¿Cuánto cuesta? ¿Cuáles son esos consensos?

 El primer consenso sería que los fondos públicos deben administrarse correctamente, la corrupción debería castigarse ejemplarmente y la calidad del gasto debe mejorarse. Otro consenso sería determinar el objeto del gasto.

 Si tomamos los diarios, las encuestas y los programas de opinión, es obvio que hay una demanda por mejoría en los sistemas preventivos y represivos de seguridad ciudadana. Eso supone aumentos salariales razonables a los agentes del orden, modernización institucional y más tecnología, más gasto corriente (combustible, dietas, recursos). También hay demanda por mejorías en el sistema de salud; no sólo en la infraestructura, sino en los medicamentos, equipos y materiales gastables de la red de hospitales públicos. Los prestadores de servicios de salud demandan aumentos salariales importantes.

 Hay otros gastos que están establecidos por ley, como la Ley de municipios y el 4% de la educación; ambos en el espíritu de que la sociedad pueda recibir mejores servicios municipales y mejor calidad educativa para todos. El 4% de educación es una determinación del Gobierno.

 El presupuesto total para el 2016 es de más de 566 mil millones de pesos; la asignación en educación asciende a un monto de más de 129 mil millones de pesos, equivalente a más de 20% del presupuesto total. Tal como se ve, sólo este renglón es suficientemente importante en el presupuesto para demostrar que el país que queremos requiere de mayores esfuerzos económicos para el desarrollo de la educación. Si además sumamos la cantidad de parajes, municipios, áreas turísticas que esperan por más recursos, o la educación superior, la UASD, y ni  hablar de los temas de la inexistente investigación científica, o de prevención de catástrofes, tendríamos montos todavía mayores.

 El país que queremos tiene un costo; empecemos por poner un monto, aún sea ideal. Así podemos llegar más rápidamente a un sincero pacto fiscal.

 Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

Rusia: una coartada peligrosa

El acercamiento a Rusia, como propuesta en la estrategia diplomática realizada por un ministro (no diplomático) junto con un diputado y miembros de un partido aliado al gobierno, es la osadía más delicada en la historia reciente de nuestras relaciones internacionales.

El argumento a favor del acercamiento nace en que Rusia fue considerado un país BRICS (siglas de quienes lo componen: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), denominación del orden económico utilizada para referirse al innegable poder que mostraban esos países emergentes. Sus características eran las abundantes riquezas naturales, pujanza en el comercio exterior y una población suficiente para que su demanda interna hiciera sostenible los impresionantes crecimientos económicos. Por allá, por el 2001, todos los seminarios financieros, comerciales y académicos estaban ponderando cómo los BRICS eran el nuevo motor de la economía mundial

La verdad es que Rusia, sigue añorando la URSS, sueña con ser una potencia mundial. Sin embargo, se interpreta que la amenaza no es ya ideológica, por lo que las excentricidades del líder post transición, un exmiembro de la KGB, Vladimir Putin, son curiosidades, y se le da un tratamiento con cierta ingenuidad general, con las debidas excepciones de alguna resistencia interna rusa y por la prensa internacional más especializada.

Después del 2008, ya los BRICS no son lo que eran en el 2001. No a todos les ha ido igual: China se mantiene pujante; y por ende, debería atraer mayores esfuerzos en nuestros acuerdos diplomáticos (hemos perdido oportunidades preciosas por razones muy equivocadas). Brasil, en cambio, ha perdido empuje a la espera de reformas profundas en su economía. Y Rusia se mantiene demasiado dependiente de sus recursos naturales y sus factores geopolíticos. Todos estos argumentos hacen pensar que el “ladrillo” BRICS se rompió.

La economía rusa tiene muchas distorsiones; una concentración de riquezas escandalosa con consecuencias alarmantes en la distribución del ingreso y un liderazgo político que rememora las prácticas totalitarias de la KGB, pero ya sin fines ideológicos. Además, la proliferación de mafias internacionales, aparentemente protegidas por el gobierno ruso, y el agresivo despliegue de una diplomacia militar amenazante contra las potencias mundiales y sus vecinos (por ejemplo, Ucrania) nos hace pensar que quizá no debería ser el destino de nuestros mayores esfuerzos diplomáticos. Está claro que no es una buena idea que nos acerquemos a la Rusia de hoy.

Los locales que buscan un tardío acercamiento a Rusia, no defienden el interés del país, ni es una propuesta ingenua. Es una coartada para fundamentar un “anti-norteaemericanismo” oportunista, que busca justificar su resistencia a la más agresiva agenda americana por promover un combate más efectivo al narcotráfico dominicano, y a la corrupción política y sus vínculos con legisladores estadounidenses en casos específicos. Al final, puede que República Dominicana no deba seguir los designios del imperio, pero no veo razones estratégicas para el interés nacional de que sigamos los de un zar. A Rusia, en su accionar internacional, no le interesa los combustibles baratos… a nuestro país sí.

La discriminación racial ¿Existe?

¿Existe o no discriminación racial en República Dominicana? Es una pregunta secular. Joaquín Balaguer, en una entrevista que Mario Vargas Llosa le hiciera en 1975, afirmó que en RD no la ha habido nunca.

Ciertamente, el Estado en ninguna de las constituciones vigentes en los últimos 50 años recoge artículo alguno que sugiera que hay racismo o segregación racial, aunque todos sabemos muy bien que los negros y los mulatos pueden ser considerados inferiores en la RD, y eso se manifiesta en distintos niveles -y a distintos grados- en la vida cotidiana. Sin embargo, en el marco jurídico, el Estado ha enseñado sus prejuicios, tal como vemos en leyes adjetivas que buscaban “europeizar” el territorio. Recordemos, por ejemplo, la ley del 15 de marzo del año 1907, en la que el presidente Cáceres fomentó la colonización de zonas fronterizas con personas de raza caucásica. En ese mismo tenor continuó Trujillo, asentando inmigrantes blancos en varios lugares.

Incluso en el marco educativo hay prejuicios. No olvido, de mis años de bachiller, el énfasis que en clases hacía el Profesor Tena Reyes al señalar que la historia dominicana podía resumirse en las tensas relaciones con Haití, cuyos orígenes fueron “la fatal decisión española de traer esclavos negros y las devastaciones de Osorio”. Desde esa época me llamaba la atención que no propusiera un mejor resumen, como lo sería destacar la lucha constante contra la esclavitud, por la independencia y la libertad.

A pesar de aquella entrevista, en la obra que devino como el evangelio de los xenófobos “La Isla Al Revés” Balaguer deja en claro que “la raza etiópica”, negra, es un peligro: “En Santo Domingo, si el gobierno continuara desentendiéndose del problema de la raza…, daría por resultado…, el predominio sobre toda la isla de la raza más prolífica y más homogénea” y que “… de nuestra conformación étnica y social depende la existencia misma de la nacionalidad que se halla desde hace más de un siglo en lucha contra otra raza más prolífica…”.

Al observador objetivo no le será difícil percatarse de la discriminación, y que aún en sus formas más sutiles existe un afán por ocultar o borrar de nuestra identidad y nuestra historia los rasgos mulatos y negros, al extremo de exagerar las referencias taínas o españolas.

Es cierto que en el país no hemos tenido -hasta hoy- ni guetos ni políticas de segregación como las que ha tenido Sudáfrica, por ejemplo; tampoco hemos visto a ningún político asumir claramente posiciones racistas; pero no ayuda a defendernos de que nos acusen como tales que nuestras autoridades educativas, migratorias o de pasaporte, en connotaciones de discriminación, asocien el color negro a la nacionalidad haitiana.

No creo que el racismo (ni los racistas) existan en nuestro país…. pero a veces parece. Le corresponde al Estado actuar con firmeza en desterrar la discriminación, aún las más sutiles. Al fin y al cabo no somos un país de raza, sino de historia.

La discriminación racial ¿Existe?