LAS INTIMIDADES (PERMITIDAS Y OBLIGATORIAS)

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Decía Ortega y Gasset que la primera de las instituciones sociales, incluso la más importante, era la conversación. La fuerza viva de una nación era la que se daba en los parques, los cafés, los pasillos… Y esto así, porque el pensador español creía que la razón histórica nacía de la razón vital; esa que tiene cada individuo en unas coordenadas temporales específicas que lo definen y lo retan permanentemente a salvarlas: yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella, no me salvo yo.

Los libros de historia son ensayos que se escriben con los hechos que se recogen a partir de normas científicas estrictas; la mayoría de las veces, dejando fuera la savia vital de la biografía de los contemporáneos. La literatura llena el espacio con las novelas; que son como una biografía social, en tanto que se construyen con el lenguaje, aunque la narración sea pura fantasía.

Si uno quiere saber cómo era la sociedad de una época, uno lee una novela, mejor que un libro de historia. Sin embargo, hay personas reales, testigos o protagonistas de hechos concretos de la vida de una nación que llevan en su biografía la llave secreta para entender la historia. Antes, en un pasado mítico, la tradición oral era suficiente; hoy, con sociedades complejas -con relaciones familiares quizá más afectivas, pero menos apegadas al legado- sólo la labor del biógrafo curioso logra desentrañar mediante investigación de cartas, diarios, testimonios y algo de imaginación la psicología del individuo, que al tiempo que impactaba en lo social, era definido por su tiempo.

El tema es que el biógrafo inventa en algún grado. Por lo tanto, el género autobiográfico, aunque sugiere alguna intimidad, tiene la visión fresca de lo acontecido de primera mano. Es la única intromisión a una intimidad que es permitida.

En nuestro país, desde Balaguer hasta Fernando de Lara Viñas, desde Jorge Blanco hasta Diógenes Céspedes, desde la historiadora Mukien Adriana Sang hasta el también historiador Bernardo Vega han intentado la autobiografía no como un acto de autoreferencia, sino como un acto de honestidad vital.

Para que la autobiografía tenga algún valor, más allá de las delicias o carencias del lenguaje, tiene que ser un acto de honestidad intelectual.

De lo contrario, es un anecdotario, un álbum de familia, algo que no trasciende el espacio personal. Manuel Matos Moquete escribió, por ejemplo, la más valiente autobiografía que yo haya leído, La última conquista armada, donde el autor conquistó sus propios fantasmas para el deleite del lector, pero para legado de todo aquel que quiera entender a profundidad la expedición caamañista en contra del gobierno de Joaquín Balaguer.

Bernardo Vega hace lo propio. Prolijo en el lenguaje (me pregunto si cuando se casó con Soledad Álvarez lo hizo, además de con separación de premios, con separación de correctores), elegante en la narración, preciso por su formación de historiador y con un humor que recuerda quizá su formación inglesa. ¿El resultado? Un libro: Intimidades en la Era Global. Memorias de Bernardo Vega, que califica como una de esas lecturas obligadas y placenteras.

 Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

El objeto de la ciencia económica

El objeto de la economía es estudiar la distribución de los recursos escasos para satisfacer las necesidades del ser humano. Simple, introductoria, casi ingenua, la definición no vuelve a repetirse en casi ninguna de las clases avanzadas de economía. Excepto cuando se toma, casi siempre como electiva, una clase de historia de economía o de las doctrinas económicas. ¿Será que se da por descontado que el concepto es suficientemente claro?

Realmente, es un a priori, y no sería necesario estarlo repitiendo a lo largo de las clases de economía. Al final de cuentas no parece que nadie, economista o filósofo de la ciencia, ponga en dudas que ése y no otro es el objeto de la economía. Sin embargo, en el ejercicio profesional, pareciera que el único objeto de la ciencia económica es una muy diferente… la acumulación del dinero en pocas manos.

Quizá estoy equivocado, pero probablemente el olvido de esa simple definición del objeto de la ciencia económica, explica en gran medida el poco debate alrededor y la notoria presencia de economistas en los principales medios de comunicación explicando lo que ocurre en la industria del dinero, antes que preguntando si hay un óptimo en la distribución de los recursos escasos.

Si hiciéramos una encuesta, estoy seguro que el público opinaría que los economistas están más cerca de los bancos, los mercados financieros y las corporaciones que del bienestar general y los procesos sociales. En alguna medida se percibe al economista como ligado a los gobiernos, pero dicha cercanía no es necesariamente asociada a la misión de hacer que los recursos escasos se utilicen de forma óptima para satisfacer las necesidades del ser humano. Algo de razón hay detrás de esa percepción.

La mayoría de los profesionales de la economía no sólo olvidaron la definición introductoria, sino que también olvidaron que los padres de la ciencia económica consideraban que la riqueza en general es un fenómeno social, y cómo tal, el objeto de la economía, aún sin ser moralizante, parte de una distribución de la riqueza y no de la acumulación de la misma en pocas manos.

Ya estábamos echando de menos un buen debate. Desde finales de los 80 no había uno que pudiéramos considerar estimulante, hasta la muy reciente aparición del libro de Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century. El mismo ha despertado una esperanzadora discusión, donde quizá el autor pueda tener que revisar sus conclusiones y algunos cálculos, como le reclama el Financial Times, pero en todo caso –y es su gran aporte- nos ha recordado cuál es el objeto de la ciencia económica.

Quizá somos ingenuos los que estamos viendo con claridad que, si bien los socialismos que conocemos fracasaron, también lo ha hecho este “capitalismo” que argumenta mercados cuando se refiere a intereses y que habla de distribución cuando se refiere a concentración de riqueza. Hay que volver a lo simple de la definición del objeto de la economía: la distribución de la riqueza.

El objeto de la ciencia económica