ETIOLOGÍA DEL HÉROE

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

En la literatura griega, el héroe es aquel que proviene de la unión de un dios con un mortal; un semidiós con los atributos de la divinidad, pero con una debilidad humana que le impide la inmortalidad. En la literatura medieval, en cambio, el héroe es un ilustre guerrero que se destaca por sus virtudes y hazañas, dotado de férrea voluntad e inhumana fuerza ante las adversidades. Modernamente, el héroe puede ser una persona común y corriente, tan mortal y tan desprovisto de virtudes que lo único que lo diferencia del resto es haber salvado de manera victoriosa una exigente circunstancia. Es decir, lo que lo califica como tal no son sus atributos personales, sino el haber respondido positivamente a un reto extraordinario.

Lamentablemente, sucede con mucha frecuencia que la historia deja de ser ciencia para convertirse en un subgénero literario; y es entonces cuando narra los actos recurriendo a la creación de héroes en sentido clásico: seres extraordinarios de gran linaje, de fuerzas sobrehumanas e ideas que los hacen inmortales. Planteado así, un héroe no es un modelo a seguir, sino un semidiós en el cual descansa la causa; por lo general patriótica, ideológica o nacional. Este ejercicio brinda una historia inalcanzable con un personaje excepcional, pero… ¡nos quita toda posibilidad de criticidad!

Así, si no fuera porque la historia no debería ser un subgénero literario -porque es una ciencia, y porque confundidos demandamos más héroes al tiempo que destruimos cruelmente los que tenemos- este ejercicio casi estético sería algo entrañable. Después de todo, las sociedades necesitan algunos mitos para construir su destino. 

Quizá la nuestra necesita algo más, pues refleja un vacío de conocimiento y un caos tal que esa disposición a reducir la historia a la fútil anécdota o a la idealización con tintes de ridiculez no permite a la fina inteligencia dejar pasar las distorsiones. La ciudadanía necesita la explicación de los sucesos desde las dinámicas sociales; los aspectos humanos presentes en la lucha por el poder político y por las condicionantes económicas. Si no podemos explicar de esa manera los hechos del pasado, estamos condenados a no poder entender los acontecimientos del presente.

Es cierto que en el héroe se encarnan las virtudes a las que aspiramos en cada momento, pues necesitamos admirar y poner en carne y hueso nuestro anhelo por ser mejores, para pensar que una meta es alcanzable; lo que resulta inadmisible es creer que un héroe es diferente de un ser humano, y que un acto heroico sustituye la necesidad de entender las circunstancias históricas. Un héroe es el que hizo un acto heroico… y eso debe bastar.

Es de una ingenuidad imperdonable considerar que un héroe es divino, como también es infantil querer ajustar cuentas con un hombre o mujer del pasado, especialmente si nos negamos a entender que la historia como ciencia no trata sobre los héroes, sino sobre las sociedades.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

LA PARANOIA POLÍTICA

“La paranoia es sólo otra palabra para definir la ignorancia.” ~ Hunter S. Thompson

¡Qué buen trabajo viene realizando Ángela Peña! En “Areíto”, domingo tras domingo, la periodista nos ha ido entregando desde hace semanas reportajes sobre la historia dominicana reciente. Esa crónica del ayer-presente, que suele ser la más difícil de hacer y que exige, además del rigor, mucha valentía es la que los historiadores más rehúyen. En nuestro medio, más de una vez se ha argumentado que alguna cosa no se puede discutir, investigar o publicar porque los actores están vivos y que hay pasajes muy dolorosos para ser constados. Así, algunos rasgos de nuestra sociedad actual quedan como un eslabón perdido; reducido al espacio de un espasmo nostálgico. Por lo tanto, que alguien con rigor se atreva a no olvidar es un hecho a aplaudir.

El domingo anterior, en la sección nombrada, la autora vuelve sobre un aspecto de los gobiernos balagueristas de los 12 años: la paranoia de las personas encargadas de la seguridad del Estado. En dicha entrega se vuelve a puntualizar que los militares balagueristas estaban que “veían conspiraciones hasta en la sopa”. Ya el domingo 19 de marzo de este año, había escrito que en el año 1967 los altos mandos militares habían elaborado “el más voluminoso informe” sobre el alzamiento de Sabana Consuelo, en Las Gordas, Nagua, y que había culminado con la muerte del “guerrillero comunista” Rafael Chaljub; el cual no ha estado muerto desde entonces, pues lo abracé la semana pasada en el velorio de Magaly Pineda. El muerto había sido otro.

También en 1967, según el trabajo de Ángela Peña, la seguridad militar de Balaguer había advertido de brotes guerrilleros, al punto de documentar supuestos enfrentamientos sangrientos y duros… que simplemente nunca ocurrieron. Y así, el domingo anterior, y el anterior, y el anterior, en un documento invaluable de esa paranoia política que tuvieron los llamados a garantizar el orden y que tenían la seguridad del Estado como responsabilidad.

Algunas conclusiones claras se desprenden de esos trabajos. Primero: que el presidente Joaquín Balaguer no estaba enterado con la suficiente rigurosidad para que tomara decisiones adecuadas; y no le importaba. Segundo: que los llamados a fomentar el orden generaron intranquilidad antes que conseguir la reconciliación y la paz. Tercero: que la pérdida de vidas en ese período, injustificables desde cualquier punto de vista, fueron además producto de inteligencia viciada y manipulada. Cuarto: que en muchos casos de sangre no había objetivos políticos específicos, y que se derivaban de dichos informes manipulados.

De esas conclusiones se abren preguntas para los historiadores. ¿Qué objetivos tenían los militares y la seguridad del Estado en desinformar a sus superiores y al Presidente Balaguer? Además de un objetivo general, en el contexto de la época ¿Había un sistema de incentivo que propiciaba la represión sin fines estrictamente políticos? ¿Cuántos apresamientos y muertes se hicieron fabricados para obtener dádivas? ¿Qué “premiación” recibían los “paranoicos” de sus superiores y del presidente por el “deber cumplido”?

Y de esas preguntas, un aprendizaje para el futuro: el país que no se toma en serio los Derechos Humanos y que no respeta el Estado de Derecho paga el precio de exterminar generaciones valiosas, de perder el sentido de la humanidad en sus instituciones y de debilitar el respeto por sus autoridades y por la autoridad… para beneficio personal de los “paranoicos” lo que lo hace un doble crimen y una pérdida más difícil de resarcir. ¿Cuánto nos define en mal aquel pasado-presente?

 

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

PATRICIA SOLANO: Cantando en la carretera

patricia y gladys

Yo conocí a Gladys Gutiérrez en una carretera. Aunque la había visto muchas veces desde que era yo una niña, fue en un viaje de regreso desde Santiago cuando verdaderamente me llamó la atención su personalidad.
Veníamos de un acto de su partido con motivo del Día Internacional de la Mujer, un 8 de marzo. Yo adolescente, formaba parte de un grupo musical que había cantado en el acto, y por alguna razón nos enviaron de regreso con Gladys en el mismo vehículo.
Aquellas casi dos horas de trayecto nocturno transcurrieron como una velada rodante en la que repasamos gran cantidad de canciones de la Nueva Trova cubana.
Yo, que conocía su leyenda de viuda heroica, admiraba la alegría de aquella mujer que iba cantando durante todo el trayecto. Me parecía sumamente simbólico verla llevar la voz cantante en esa hermosa canción de Silvio que dice:

Vamos a andar,
en verso y vida tintos,
levantando el recinto
del pan y la verdad.
Vamos a andar,
matando al egoísmo,
para que por lo mismo,
reviva la amistad.
Vamos a andar,
hundiendo al poderoso,
alzando al perezoso,
sumando a los demás…..

Años después, mi madre enfermó de cáncer y en ocasión de una cirugía recibió en su habitación de hospital la visita de Gladys. Allí me enteré que entre sus muchas luchas, se había enfrentado también a un cáncer al que había vencido. Su testimonio representó un gran aliento para su amiga enferma, y en mí, aparte de agradecimiento por el gesto, provocó mayor admiración.
Ya era diputada, y mas tarde sería también regidora. Fue entonces cuando nos volvimos a encontrar, en un evento sobre políticas públicas para la igualdad de oportunidades de las mujeres. Yo trabajaba en una organización feminista y ella asistía a todas las convocatorias sobre discriminación de género.
Cuando su partido ganó las elecciones y tomó el poder, a nadie sorprendió que la designaran al frente del mas alto organismo del Estado para el diseño y coordinación de políticas de género.
Fue entonces cuando me llamó y me ofreció trabajo. Aunque a mi no me gustaba la idea de trabajar en el gobierno, con ella no tuve que pensar mucho para decidirme. Yo tenía una imagen básica de Gladys grabada en mi memoria que se relacionaba con aquel trayecto en la carretera. Mi intuición me decía que una mujer que había cargado tan dignamente su historia llena de pérdidas y de represión y aún era capaz de cantar, era dueña de la pasión necesaria para hacer grandes cosas, aún con las probabilidades en contra.
No me equivoqué. A su lado vi conquistas para que los asuntos de género se tomaran en cuenta dentro del gobierno, una cosa difícil, que además desde dentro del aparato estatal era cuesta arriba, pero…¿qué era eso para ella? Poca cosa. Gladys no conocía el concepto de darse por vencida; a ella no la desanimaba nada. Fue ahí cuando empecé a quererla… y a disfrutarla. Me gustaba recrear en mi memoria la historia conocida de la Gladys combativa de los 70 y unirla a esta Gladys funcionaria de estado a la que el Jefe de la Policía de turno llamaba “mamá Gladys” después de darse cuenta de que el presidente de la república le decía así. Yo lo gozaba.
Sentía una satisfacción especial cuando la veía en medio del protocolo de Estado como toda una autoridad. Ella, tan perseguida, ahora con escolta policial y militar.
Ella, apresada tantas veces, metida a empujones por la parte de atrás del Palacio de la Policía y tirada (literalmente) dentro de una celda inmunda, ahora recibida en el despacho del Jefe de la Policía como visita distinguida para planificar el nuevo Departamento de Protección de la Mujer, creación sin precedentes.
Ella, deportada a Francia con su pequeño hijo en brazos, ahora firmando acuerdos con organizaciones internacionales para la protección de la mujer migrante.
Ella, amenazada, “a tu hijo le vamos a hacer lo mismo que a tu marido si no te estás tranquila”, empeñada en la creación de guarderías infantiles.
Ella, que oyó por radio las instrucciones al policía que la conducía presa, a quien le ordenaban “suénenla”, lanzando ahora campañas por televisión y radio para frenar la violencia machista.
Vi la misma Gladys que se atrevió a decirle en su cara al doctor Balaguer que sería su enemiga número uno, humedecer los ojos ante casos de violencia que llegaban al ministerio. ¡Tan brava frente al abuso y tan dulce y solidaria frente al desamparo!
Esa Gladys que buscó a Henry en cada hueco de este territorio nacional, que no se rindió ante la certeza de su desaparición definitiva y organizó a familiares de muertos y desaparecidos políticos dentro y fuera de este país en el 70, estaba dedicando ahora las mismas energías para lograr un mayor presupuesto para los proyectos gubernamentales dirigidos a las mujeres. Siempre digna.
Ya tenía sesenta años para esos días, y estaba llena de planes.
Cambiaron sus objetivos específicos, pero sus causas eran las mismas, y su tenacidad, idéntica.
Seguía cantando, como aquel 8 de marzo en la carretera, ahora lejano.
Ahora que la veo partir, me la imagino en otro sitio, buscando a Henry y cantando esa canción de Silvio.
Dejó una lista de canciones para poner en su funeral y yo, francamente, estoy inconsolable.

19 de junio del 2015

La discriminación racial ¿Existe?

¿Existe o no discriminación racial en República Dominicana? Es una pregunta secular. Joaquín Balaguer, en una entrevista que Mario Vargas Llosa le hiciera en 1975, afirmó que en RD no la ha habido nunca.

Ciertamente, el Estado en ninguna de las constituciones vigentes en los últimos 50 años recoge artículo alguno que sugiera que hay racismo o segregación racial, aunque todos sabemos muy bien que los negros y los mulatos pueden ser considerados inferiores en la RD, y eso se manifiesta en distintos niveles -y a distintos grados- en la vida cotidiana. Sin embargo, en el marco jurídico, el Estado ha enseñado sus prejuicios, tal como vemos en leyes adjetivas que buscaban “europeizar” el territorio. Recordemos, por ejemplo, la ley del 15 de marzo del año 1907, en la que el presidente Cáceres fomentó la colonización de zonas fronterizas con personas de raza caucásica. En ese mismo tenor continuó Trujillo, asentando inmigrantes blancos en varios lugares.

Incluso en el marco educativo hay prejuicios. No olvido, de mis años de bachiller, el énfasis que en clases hacía el Profesor Tena Reyes al señalar que la historia dominicana podía resumirse en las tensas relaciones con Haití, cuyos orígenes fueron “la fatal decisión española de traer esclavos negros y las devastaciones de Osorio”. Desde esa época me llamaba la atención que no propusiera un mejor resumen, como lo sería destacar la lucha constante contra la esclavitud, por la independencia y la libertad.

A pesar de aquella entrevista, en la obra que devino como el evangelio de los xenófobos “La Isla Al Revés” Balaguer deja en claro que “la raza etiópica”, negra, es un peligro: “En Santo Domingo, si el gobierno continuara desentendiéndose del problema de la raza…, daría por resultado…, el predominio sobre toda la isla de la raza más prolífica y más homogénea” y que “… de nuestra conformación étnica y social depende la existencia misma de la nacionalidad que se halla desde hace más de un siglo en lucha contra otra raza más prolífica…”.

Al observador objetivo no le será difícil percatarse de la discriminación, y que aún en sus formas más sutiles existe un afán por ocultar o borrar de nuestra identidad y nuestra historia los rasgos mulatos y negros, al extremo de exagerar las referencias taínas o españolas.

Es cierto que en el país no hemos tenido -hasta hoy- ni guetos ni políticas de segregación como las que ha tenido Sudáfrica, por ejemplo; tampoco hemos visto a ningún político asumir claramente posiciones racistas; pero no ayuda a defendernos de que nos acusen como tales que nuestras autoridades educativas, migratorias o de pasaporte, en connotaciones de discriminación, asocien el color negro a la nacionalidad haitiana.

No creo que el racismo (ni los racistas) existan en nuestro país…. pero a veces parece. Le corresponde al Estado actuar con firmeza en desterrar la discriminación, aún las más sutiles. Al fin y al cabo no somos un país de raza, sino de historia.

La discriminación racial ¿Existe?