El DÍA “H”

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Hoy son las elecciones en los EE. UU. Las encuestas del voto popular dan como favorita a Hillary Clinton. Sin embargo, los análisis del voto electoral arrojan resultados inciertos, porque en algunos estados importantes las elecciones están muy reñidas. El susto parece ser mayor que la realidad sobre las probabilidades de que EE. UU. no esté eligiendo a una mujer para la presidencia.

Algunos hitos ya se han alcanzado; estas elecciones tienen una connotación con pocos precedentes en la historia norteamericana. La vedada pero inocultable rebelión del anglosajón típico contra el avance de las llamadas minorías, la exacerbada lucha ideológica de distintas denominaciones cristianas contra el avance de la ideología liberal y de género, la desesperanza de amplios sectores de trabajadores blancos a los cuales la crisis les destruyó el sueño americano, y la indiferencia de los “millennials” ante la oferta electoral hacen de estas unas elecciones muy particulares y de pronóstico impredecible.

El debate económico, que debería ser el centro de la atención de los medios, ha estado prácticamente ausente, pues el candidato republicano evita conceder que la crisis fue sorteada con éxito, y prefiere explotar la insatisfacción social sin ampararse en otra cosa que en un lema vacío: “Hacer Nuevamente Grande a Estados Unidos”. Aunque es una estrategia correcta desde el mercadeo electoral, el problema radica en que Donald Trump no es un candidato cualquiera, ni tampoco el apoyo que recibe una manifestación meramente electoral. Estamos ante una verdadera rebelión de las masas, ante una resistencia profundamente ideologizada, cuyas raíces están en una visión excluyente de la sociedad. Es la reacción del americano “feo”, el de la democracia con votos para hombres blancos. Es por eso que muchos en el mundo, y algunos republicanos con sentido de Estado, están espantados con este apoyo que trasciende el resultado electoral, sea cual sea el que resulte.

Hoy debe ser el día H: El día de Hillary. Será electa con muchos votos electorales, con gran unanimidad en las minorías; en las mujeres, negros, inmigrantes, pero no en los jóvenes, ni en los hombres blancos, ni en los estados tradicionalmente asociados con la idea de una sociedad anglosajona. Gobernará un país dividido y pondrá a prueba su liderazgo, capacidad de maniobra y resiliencia, como muchas otras veces. El resultado no será estrecho, pero tampoco será de una contundencia que permita subsanar las divisiones manifiestas (aunque no causadas) por el proceso electoral, y obligará a trabajar en una plataforma que permita la convivencia de dos formas ideológicas que se antojan irreconciliables; eso implica religión, género, raza, migración… y ¡un modelo económico viable!

No es el resultado electoral lo único que debería asustar a las partes en conflicto, sino lo radical que se están mostrando los ciudadanos en EE. UU. y en el mundo ante los temas mencionados. Hoy debe ser el día H, que, como aquel histórico día D, no significó el final per se del nazismo, pero sí el inicio de la esperanza razonable. Esperemos que Hillary celebre menos y reflexione más con su esperada victoria, pues no se trata sólo de las elecciones, ni solamente de EE.UU. sino del mundo.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

EL DESORDEN LE PASA FACTURA A LA DEMOCRACIA

No hay nada ingenuo en la lucha por el poder. No hay nada fácil, predeterminado, ni profundamente bondadoso al construir mayorías, que además, por definición, están en un constante cambio. La democracia es un instrumento falible, lleno de obstáculos, que proporciona la oportunidad de resolver los conflictos por la vía pacífica; y el único que puede regenerarse a sí mismo. Si el instrumento fundamental de la democracia -el voto- falla, entonces la sociedad habrá tocado fondo y dos caminos se erguirán por delante: o la dictadura o la anarquía.

En República Dominicana, la calidad del voto ha ido deteriorándose por la instrumentalización que han hecho los grupos que luchan por el poder. Aquí no tenemos, si acaso ese fue un argumento, un problema de enfrentamientos ideológicos. En mucho, el problema que vivimos en el actual y tortuoso proceso de conteo de votos se debe a la total ausencia de claridad ideológica; y peor, de falta de claridad en las ideas de los que se suponen son los llamados a proporcionar esa lucidez: los propios políticos.

El transfuguismo para definir posiciones electivas, en absolutamente todos los partidos, debió ser la primera advertencia de lo que resultó como el mayor desastre en la organización de unas elecciones desde los años 1990 y 1994. Se equivocan los que, indignados, creen que esto es un plan macabro para favorecer a alguien. Y también se equivocan aquellos que por defender la legitimidad de sus votos (y en ambos casos toca a todos los contendores de todos los partidos) pretenden obviar la realidad: el proceso fue mal diseñado y terminó siendo un verdadero desastre.

¿Alguien se atrevería a sacar las cuentas de quiénes han sido favorecidos o desfavorecidos? Ese ejercicio sería útil para entender que las aspiraciones individuales, legítimas y constitucionales, que se convirtieron en ambiciones personales e individuales sin límite ni disciplina alguna (ni siquiera mental), son la consecuencia de un proceso mal concebido y peor ejecutado; que tiene poco que ver con la lógica de los partidos. Aquí no ha habido ningún plan para realizar un fraude ni se puede hablar de ilegitimidad generalizada. Y, sin embargo, el proceso ha planteado una muy seria paradoja, ¿cómo dar por válidos los votos en el terreno de las traiciones, las componendas, las ambiciones sin brújula y el conteo defectuoso?

A pesar de la paradoja, el pueblo emitió su voto (instrumentalizado y todo). Sólo nos quedan los marcos institucionales para cruzar este charco de lodo; también nos queda el sentido común. Así, todos los contendores, los que resultaron o resultaran electos, como los que no, debemos hacer un alto. Deponer las malas artes y disponerse, aún con vergüenza ajena por aquel que debió ser la garantía del proceso, a construir futuro; y eso pasa por terminar lo mejor que se pueda este conteo de votos.

Inmediatamente después, hay que pactar el siguiente paso: hacer nuevas y mejores leyes electorales. Una ley de partidos pensada desde el ciudadano y no desde los partidos, nuevas autoridades electorales tanto en la JCE como en el Tribunal Superior Electoral. Dejémonos de juegos, que los que compitieron saben muy bien lo que pasó, y esto ya no es una advertencia. Nuestra sociedad ya tocó fondo. Esto ya llegó demasiado lejos como para no actuar con la responsabilidad que amerita.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

“¿Y QUIÉN ES DANILO MEDINA?”

Este artículo no es sobre describir a Danilo Medina, por ello entrecomillo el título, sino sobre la legitimidad de preguntar quién es un candidato, y sobre el no tan legítimo esfuerzo que un seguidor o un opositor pudieran hacer de convencernos que un candidato es de una determinada manera. Hago referencia al artículo publicado en este mismo periódico el 28 enero, 2016.

Es legítimo para el votante preguntarse quién es un candidato. Ese es un esfuerzo que tiende a situarnos. Diría que no es sólo legítimo, sino necesario. El votante tiene que animarse activa y responsablemente a relacionarse en sus propios términos con aquel que le pide su voto; cuestionar en el mejor sentido de la palabra antes que aceptar pasivamente el discurso a favor o en contra que recibe de los medios. Esos términos son muy personales; cada votante es un mundo.

A una figura pública nunca la podremos ver en toda su humanidad, ni con todas sus virtudes, ni con todos sus defectos; en un sentido, porque no se conocen todas las facetas. Ni los padres de sus hijos, ni los matrimonios de sus parejas, ni nosotros al vernos ante el espejo. El ser humano no se reduce a etiquetas. Somos nosotros y nuestra circunstancia; no hay una esencia, lo que hay es una interrelación con los demás. En otro sentido, porque saber quién es el candidato se desdibuja en la intencionalidad de la propaganda que deliberadamente quiere destacar o disminuir los rasgos convenientes para modificar el ánimo del potencial votante.

Todo discurso público sobre un candidato es un acto de propaganda, pues tiene el potencial de afectar la intención del voto. Es legítimo hacerlo. No tanto lo es usar argumentos “ad homini”, las descalificaciones morales o la mentira. El votante debe, sin embargo, estar advertido que todas esas herramientas son más comunes que raras en las contiendas electorales y que, lamentablemente, por ilegítimas que sean, suelen ser efectivas, aunque fraudulentas. Esas herramientas son fraudulentas en tanto que reflejan más la calaña de los que las esgrimen, antes que ser una ayuda para responder razonablemente la pregunta de quién es ese que se me presenta como candidato.

Estoy convencido de que no es la calidad de la oferta electoral lo que se hace imperioso cambiar en RD, es la calidad del razonamiento a la hora de votar lo que estamos imperiosamente necesitando. No ayuda que la “inteligentzia” dominicana, sea partidista o no, se sume a las herramientas propias del politicastro, renunciando a aportar esas más necesarias y urgentes herramientas que brindan la razón, el análisis, el contexto y la crítica.

Así, a la pregunta de quién es un candidato, y ante la ausencia del esfuerzo crítico de nuestros intelectuales, le queda la tarea al votante de responderla. Lo que dice o hace debe verse bajo la luz de su contexto político, social, histórico. La valoración que cada quién haga de eso que dicen o hacen los candidatos es lo que nos hace libres, si se establece quitando el ruido que en los textos suelen tener la forma de adjetivos.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

LAS ELECCIONES DEL 2016

Las elecciones de este año parecen más un plebiscito de la gestión del presidente Danilo Medina que una competencia, tal como dice la politóloga Rosario Espinal. Si alguna incógnita cabe sobre el resultado electoral, lo es sobre qué porcentaje servirá para un resultado en primera vuelta, pero no hay dudas de que sería el actual presidente el que resultaría ganador. No habría razones para que el calor electoral se eleve de manera sofocante, como está sucediendo, al menos que entendamos que no es la lucha presidencial la que realmente está generando el sofoque.

Se juegan algo más de 4 mil puestos nacionales en los niveles congresual y municipal, y el enemigo parece residir en la propia casa de los partidos en contienda. Es decir, en el 2016 hay quienes ya están jugando, como si fuera hoy, el 2020; a veces en contra del candidato presidencial.

El proceso de selección de candidaturas congresuales y municipales ha resultado complejo y tan largo que ninguno de los partidos a la fecha ha logrado completar su oferta. La complejidad, en gran medida, se deriva porque las candidaturas presidenciales están más involucradas de lo debido en ese proceso. El mensaje tácito parece ser que para que alguien pueda ser candidato a senador, diputado, alcalde o regidor necesita asociar su nombre, honor y lealtad a la candidatura presidencial.

Lo que es igual no es ventaja, dice el adagio. Sin embargo, la oposición, atomizada de por sí por las diversas propuestas presidenciales, se nota distraída en afanes internos que ya debían estar resueltos para estas fechas. El proceso se ha alargado demasiado, afectando la creación de liderazgos sanos que luego pueden ser contrapesos (o apoyos críticos) en sus distintos niveles y representaciones efectivas que fortalecen la democracia.

Este proceso, que no terminará hasta las elecciones mismas, hará que muchos candidatos que deberían estar construyendo una relación con sus posibles electores estén, por el contrario, armando movimientos, caravanas o charlas alrededor de la propuesta presidencial. Si indeseable es que esto ocurra al nivel oficial, más significativo y preocupante es que ocurra en la oposición. Alguien le ha vendido la idea errónea a los aspirantes presidenciales de la oposición de que puede haber una segunda vuelta, y que allí, un error aún mayor, podrían tener un resultado que les favorezca. Apoyan su discurso con este idílico panorama, en vez de empeñarse en reconstruir el sistema democrático, trabajando en un proceso dialéctico y propositivo que sólo puede ser efectivo con cuotas reales de poder; es decir, ganando escaños y puestos administrativos.

En resumen, y eso explica el risible proceso de transfuguismo del cual la sociedad dominicana ha sido testigo: todo lo anterior ocurre en un contexto “del enemigo en casa”. Proceso que es aún más opaco y con demasiados detalles para atenderlo en este espacio.

Las elecciones del 2016 son un plebiscito, pero la guerra es por el 2020. Las elites no partidistas se distraen en exigir debates; los aspirantes nuevos, en no tener miras; y los expresidentes, en jugar en el tablero que no les corresponde.

 

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ASFIXIADOS POR EL ÉXITO

Muchos analistas acertaron demasiado pronto. Años anunciando la crisis de los partidos basado en algo consustancial a la democracia: el conflicto. Sin embargo, tanto el resultado electoral como las encuestas daban cuenta de otra realidad; el votante seguía confiando en los partidos políticos. Eso fue así, pero ya no lo es más.

En el 2015, el partidismo está moralmente enfermo, y sobrevive porque hay cierta identificación de los ciudadanos con el PLD; pero el PLD se sostiene porque está en el Gobierno, al tiempo que hay confianza en el Gobierno porque el presidente Medina lo sujeta basado en su enorme prestigio. A pesar de esa realidad, está bastante claro que eso no será suficiente para la salud democrática… pero tampoco para el sistema de partidos.

El resultado electoral está asegurado para el PLD, y ha estado asegurado por bastante tiempo. Luego de su regreso al poder en el 2004, las elecciones han sido ganadas invariablemente. Reclamar cambios en tal entorno de éxito parece una tarea imposible; sin embargo, es un imperativo de vitalidad.

Un ejemplo lo ofrece la situación política electoral del Distrito Nacional, plaza para la cual la oferta será la misma que ha sido desde el 2002. El partido plantea llevar en la ciudad al mismo candidato a senador y el mismo candidato a alcalde. El argumento sigue siendo el mismo; ganan. Y ese éxito positivo, en gran medida se debe al desempeño de sus incumbentes: el senador Reinaldo Pared Pérez y el alcalde Roberto Salcedo. De alguna manera han conectado con los votantes capitaleños.

Hoy, dados los resultados de las encuestas, parece algo natural que repitieran en sus respectivos puestos, pero ambos tendrán más de 14 años allí. “¿Cuándo es tiempo de cambiar de escenario?” es la pregunta más difícil de responder para artistas y políticos. Es por ello que la fortaleza de la democracia y la salud del sistema de partidos dependen mucho de la capacidad del PLD de renovarse a sí mismo… o morir de éxito. En el futuro inmediato, lo que hoy es ganancia mañana puede no serlo.

En el Distrito Nacional, como en muchos otros puntos del país, bien valdría una fórmula de remozamiento para que el hartazgo futuro del votante no termine llevándose no sólo a sus candidatos, sino la fe en el sistema democrático mismo. Esa fórmula, bien podría ser que Roberto Salcedo lleve su experiencia municipal al Congreso y sea el candidato a senador por el PLD, mientras que la alcaldía sea elegida en procesos de elecciones internas competitivas y supervisadas. Reinaldo tiene una plataforma y un reto por delante mucho mayor que el de repetir; él ha anunciado que continúa con su proyecto presidencial. Roberto ya empieza a estar en la defensiva en su gestión y el sistema partidista parece peligrosamente anquilosado. Incluso, al presidente Medina, como dijo Inés Aizpún la semana pasada, le conviene demostrar que tiene la capacidad de remozar el partido. El tema va más allá de lo meramente electoral; es cuestión de trascender, no sea que de tanto éxito nos asfixiemos.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.