LEYES PARA LIMITAR LA DEUDA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Hay que admitir que los economistas tenemos sesgos importantes cuando miramos el mundo. Sea producto de nuestra formación, de nuestra pertenencia de clase o de adhesión a una ideología o grupo. Sin embargo, la ciencia económica sigue siendo una ciencia, que, aunque social, es cuantificable, en muy predecible –más allá de la broma fácil sobre los economistas-y suficientemente sólida como para despejar los sesgos.

La Economía tiene sus leyes y cuando alguien quiere derogarlas por decreto o por ideología provoca una cierta sonrisa, que debemos admitir tiene mucho de arrogancia en el profesional de esta ciencia. Sin embargo, cuando es el economista el que sugiere leyes objetivas la arrogancia es aún mayor. En el primer caso, la motivación puede ser el desconocimiento; en el segundo, sólo es presunción. Cuando un economista sugiere límites legales, marcos estrictos, está diciendo que su visión es la única válida, y cuando hace eso, casi nunca encontramos la ciencia, y sí el sesgo detrás de su recomendación.

En nuestro país hemos transitado ese camino. Hemos sugerido montones de leyes que buscan obligar a todos los gobiernos a una uniformidad ideológica, fiscal, política e histórica, como si las leyes económicas (las que se derivan del conocimiento científico) necesitaran de ese impulso; o peor, como si todo lo que propone un economista fuera una verdad revelada, y no, como muchas veces ocurre, simplemente una opinión edificada que defiende su sesgo de clase o de grupo y lamentablemente no siempre su conocimiento científico.

Dentro de esas leyes normativas están las que buscan vincular niveles de gasto presupuestal a porcentajes del PIB sin que haya ligada ninguna relación con la estructura fiscal, como si la nobleza del destino del gasto fuera suficiente para la sostenibilidad del mismo.

Recientemente el Centro Regional de Estrategias Económicas Sostenibles (CRIES) propone topes legales al gasto gubernamental y al endeudamiento para evitar la insostenibilidad fiscal, y lo hace a partir de una ley de responsabilidad y transparencia fiscal, una reforma del código tributario, un límite a la “necesidad” de deuda y mejoría a la capacidad recaudatoria del Estado.

Todos los enunciados están bien; sólo que antes de discutir a profundidad una ley o un marco amplio de leyes deberíamos recordar, primero, que la deuda es sostenible o no en función de una variable: capacidad de pago, con un corolario (producción de divisas si la deuda es en moneda dura).

La capacidad de pago puede ser restrictiva, al bajar el gasto; o impositiva, al aumentar las recaudaciones. Segundo, recordar que la deuda en sí no es disciplina o carencia de disciplina, porque en ambos extremos y según las circunstancias puede ser beneficiosa o dañina; siempre en un modelo de desarrollo y no exclusivamente en el nivel mostrado. Y… lo que hay de fondo es qué esperamos en infraestructura, servicios, nivel de empleo y crecimiento económico.

Así, es aconsejable debatir sobre el nivel de deuda, presión fiscal y modelo económico, porque se avizoran retos importantes para la sostenibilidad de nuestra economía. Tengamos cuidado de proponer una ley estricta que tengamos que violar.Siempre será preferible, como sugirió Dornbusch, un marco legal muy flexible que apliquemos estrictamente y que responda a los distintos momentos a los que se enfrenta la economía.

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BREVE CRÍTICA A LA GLOBALIZACIÓN

Por José Manuel Guzmán Ibarra

La historia de la historia tiene años sin ser contada, esa señora se ha hecho cada vez más formal, empedrada, fosilizada. Sirve para titulares en las aulas de párvulos, para listados de nombres y fechas; es un ejercicio de memorización. Ya dejó de ser la referencia para entender el presente. Quizá esto se deba a la debilidad de la enseñanza de las humanidades y al absoluto triunfo de la inmediatez. No sé qué tan devastadora sea esta ya vieja práctica. Lo que se hace obvio es que la mayoría de los jóvenes y muchos adultos tienen las referencias históricas recientes como un acto de nostalgia, en el mejor de los casos; y no de ejercicio crítico para encontrar contextos. La consecuencia es clara: creemos que todo se está discutiendo por primera vez.

Una de los hechos más relevantes de nuestro pasado reciente lo fue El Consenso de Washington impulsado por el partido Republicano, en la administración de Ronald Reagan y que su sucesor George H. W Busch perfeccionó, renombrándolo como Globalización. Esa palabra, no tan novedosa, se usó como lema cuando éste presidente la usara primero para justificar el acercamiento a Michael Gorbachov, el último presidente que tuvo la Unión Soviética. Luego se hizo lema para impulsar un concepto más abarcador, el primer gran acuerdo de Libre Comercio de la era moderna, el NAFTA, firmado simbólicamente por George H. W Bush, por los EEUU, Carlos Salinas de Gortari por México y Brian Mulroney de Canadá y el impulso mundial de los acuerdos comerciales.

Aquel anuncio era la promesa de un mundo mejor, y buscaba solucionar problemas previos de estanflación, estancamiento y pérdida de empleo. Sólo para que se tenga una idea: previamente a los acuerdos comerciales, el desempleo total en EEUU en el año 1988 era de 10.5. a 7.8% en el 1992; luego de implementadas las políticas “globalizadoras” -con sus diversas correcciones y ajustes a lo largo de los años- se situó en 6% en el 2003, y en 4.6% en el 2007, previo a la gran crisis de las subprimes en el 2008.

Si bien la globalización no fue la solución global, ni significó El Fin de la Historia pronosticada por Fukuyama, tampoco se le atribuye el terrible impacto de la crisis que viven la mayoría de los ciudadanos de los países desarrollados, tanto en el nivel de vida, como en los de desempleo (Europa sigue en dos dígitos), o en la calidad del existente empleo. El entorno de crisis estuvo muy bien definido por las políticas de desregulación, pero no de libre comercio; ahora que vienen tiempos aciagos para lo segundo, valdría la pena que se pasara un balance serio que mida qué tanta riqueza construyó o destruyó.

Sabemos que en el intercambio comercial hay ganadores y perdedores. Establecer el balance total es importante antes de que la demagogia política que atribuye todos los males a las migraciones y a los tratados de libre comercio ponga remedios donde no hay enfermedad o quite medidas allí donde deben permanecer. Una crítica seria, que para serlo necesita situar históricamente y científicamente sus argumentos.

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LA HISTORIA JAMÁS CONTADA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

En mis tiempos de estudiante de economía, pensaba que esa ciencia serviría como un instrumento infalible de desarrollo. Predominaban las verdades incontestables en el cual con decir “el precio es la mejor señal de la relativa escasez de bienes y servicios” o que “el mercado era el mecanismo de asignación perfecto si se les dejaba actuar” ya tenías el debate ganado. Eran esos tiempos de una ideología predominante, la fe en los mercados, y en los que la izquierda descompuesta le quedaba un concepto con el cual tratar de defenderse: el neoliberalismo es pensamiento único.

El llamado consenso de Washington -ese pensamiento único- logró afianzarse por una razón básica: funcionó. No quiere decir que resolviera todos los problemas, ni siquiera que resolvió la mayor parte de ellos, pero los países que siguieron más estrictamente la receta, incluida RD, retomaron más rápidamente la senda de esa ilusión de desarrollo: el crecimiento económico. A pesar de eso, las explosiones sociales como lo fueron abril de 1984 en nuestro país, o el levantamiento armado en Chiapas del subcomandante Marcos en los 90, lograron sembrar la sensibilidad hacia la medición y mejora de políticas de distribución del ingreso, aunque fuese solo teóricamente. En esos días las cosas se movieron del tecnócrata puro y duro al político que prometía el uso de las herramientas de mercado para una sociedad más justa, pero siempre dentro del mantra de la estabilidad macro-económica.

Hoy, luego de varias crisis nacionales y mundiales originada paradójicamente en los mercados, la población y los mismos políticos empezaron a marcar distancia de las políticas económicas aceptadas como sanas, y ha ido imponiéndose una visión más ideologizada de la realidad social y económica. Las presiones migratorias, el desconocimiento de la historia (y por ende la incapacidad de los líderes de opinión y políticos de contextualizar históricamente lo sucedido), la pereza intelectual, y la ambición de poder junto con el perfeccionamiento de las técnicas de comunicación y electorales han sumergido a la humanidad en un oscurantismo sólo equiparable a los años que sucedieron la Gran Depresión del 1929 y que culminaron con la II Guerra Mundial.

Soledad Gallego-Díaz afirma que abundan los políticos que no se preocupan por la congruencia entre lo que dicen y la realidad. En el fragor de las contiendas nos hicieron creer que todo se vale, y del todo se vale en la guerra electoral pasamos al “todo se vale todo el tiempo”. Si bien la verdad nunca ha sido el centro del quehacer político, no menos cierto es que buscar imponer un adjetivo antes que un razonamiento, despreciar datos y hechos concretos ha creado algo peor que la simplificación ideológica propia de las luchas ideológicas del siglo XX y es el cinismo máximo en el que participan tanto gobernantes como opositores. El fenómeno de candidatos como Trump no son casos aislados.

A pesar de que hay razones para el pesimismo, creo que hay remedio. Mientras llegan mejores tiempos para el debate, ayuda que el ciudadano repela la simplificación, bloquee los adjetivos, y exija más al discurso de sus líderes. Y… que no olvide que no son sólo los gobiernos quienes tienen propensión a mentir, que la oposición puede igualmente querer derogar la verdad como espacio de entendimiento. Ya hemos visto lo que los mercados sin supervisión pueden hacer, pero también lo que los políticos de espaldas a la información pueden provocar.

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EL IMPOSTERGABLE PACTO ESTRUCTURAL

Por José Manuel Guzmán Ibarra

El presidente Danilo Medina, en un discurso durante la campaña electoral, esbozó en la Cámara Americana de Comercio su visión económica; y dirigiéndose a los empresarios dijo: “Ustedes, mejor que nadie, saben lo que significa tratar de hacer cosas con presupuestos limitados”, para terminar con lo que se convertiría en una constante en su discurso sobre el tema económico: la necesidad de un pacto fiscal.
Desde el año 1984 se han realizado cambios que permitieran apuntalar la restructuración del modelo económico, que en aquel entonces se fundamentaba en el soporte que le daba EE. UU. al precio del azúcar. Eso conllevó a reformas fiscales que buscaban evitar el colapso de las finanzas públicas. Esas reformas criticadas desde la oposición, luego fueron profundizadas desde el gobierno en 1990, y así sucesivamente cada cierto tiempo.
Aunque es justo decir que en todas esas ocasiones el impacto fue positivo, en corto y mediano plazo, manteniendo ritmos de crecimiento favorables de los cuales los sectores más acaudalados de la población recibieron beneficios tangibles, no es menos justo indicar que las reformas tributarias no redistribuyeron con suficiente rapidez la riqueza, ni apuntalaron suficientemente la senda del desarrollo. Al pasar balance, también hay que decir que los niveles de presión tributaria medida por sectores pueden resultar realmente altos en algunos de ellos; pero en el agregado, seguimos siendo un país por debajo de los estándares de la región.
De nuevo estamos ante una disyuntiva. La estabilidad fiscal dominicana es insostenible en el largo plazo, y el financiamiento del déficit exige racionalidad y prudencia, pues las fuentes se antojan impredecibles e insuficientes. Mientras, es innegable que el país que queremos cuesta, y éste no se puede lograr sobre la base de la reducción del gasto. ¿Seguimos por la vía del endeudamiento?
Aunque previsión y suerte han jugado a nuestro favor, no es razonable que sobrestimemos nuestras capacidades económicas ni que juguemos al endeudamiento sin tomar en cuenta la presión que su servicio le genera al gasto público. Así, el pacto fiscal no es un eufemismo. Sin embargo, tampoco es un eufemismo que la presión tributaria tiene que poder alcanzarse más allá del parche fiscal, y que es necesario un pacto estructural que prepare la economía para una mayor calidad y mejor programación del gasto, una más eficiente redistribución del ingreso (menos clientelar y cortoplacista), un aumento en nuestras capacidades productivas y de competitividad, y un mejor apuntalamiento a las fuentes generadoras de divisas.
Eso implicará más impuestos para algunos, despolitización de algunos precios que siguen controlados (como los peajes), mejor régimen administrativo y políticas sectoriales inteligentes. También exigirá un empresariado responsable, orientado a exigir señales de precios claras y sin distorsiones (sin subsidios, exenciones, generales), y dispuesto a tomar riesgos para mejorar sus ofertas a los mercados. No sólo necesitamos un pacto fiscal, necesitamos un pacto estructural; uno que nos permita afirmar que nuestra sociedad ha dejado el infantilismo y que se dispone a ser justa, equitativa, razonable… adulta.

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NOTAS SOBRE EL BREXIT

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

Vivimos una nueva era de incertidumbres. No hay un área del conocimiento, sea ciencia, religión, o tecnología, que nos permita sentir que pisamos tierra firme. Ni esa superstición que tomó fuerza en los ochenta -que la economía podía ser previsible y que los mercados eran suficientes para autoregularse- ha podido sobrevivir indemne. El hito histórico que marca literalmente el derrumbe de las certezas fue el ataque a las Torres Gemelas el 11-S y la gran crisis del 2008. Desde entonces, cada año, ha habido al menos un sobresalto económico que no sólo tensa los mercados, sino que cuestiona los paradigmas económicos.

Ahora le ha tocado a Gran Bretaña regalarnos una sorpresa que provocará inestabilidad en los mercados financieros por algunos días más: Reino Unido y su ridículo intento de “brexit”.

La sorpresa es aún mayor, porque Reino Unido ya tenía una muy particular forma de estar en la UE. Desde su entrada, el 1 de enero de 1973, cuando la integración europea apenas se asomaba con alguna timidez en la forma de acuerdos comerciales y cooperación, hasta los más decisivos pactos de unión arancelaria, monetaria y de integración política, el Reino Unido estuvo sin estar. Así que es una gran sorpresa que hayan sido los ingleses, y no Grecia, Portugal,  España o Italia, quienes hayan planteado un brexit.

Y llama mucho más la atención porque en lo que respecta a los acuerdos arancelarios para los británicos no es novedad y, desde Francis Drake, siempre ha sido parte de su filosofía económica, Literalmente.. En materia institucional, creo que sería injusto no reconocer que las nuevas instituciones europeas tuvieron mucho de inspiración y participación británica. Aún más, su negativa a adoptar el ECU y luego el Euro nos permite cuestionar seriamente los argumentos que se esgrimieron para convencer a la mitad de la población para salir de la UE, pues siempre han tenido pleno control de sus políticas monetarias.

Finalmente, los británicos no son víctimas pasivas de lo que se pueden considerar los mayores errores de la UE en el manejo de la crisis económica; la actitud hacia las soluciones a la crisis que originalmente aplicaron desde Alemania no dista mucho de su paradigma tradicional.

Había que buscar un chivo expiatorio, y los que favorecían el brexit lo encontraron en culpar tanto a la UE como a las políticas migratorias, que por cierto tampoco son tan diferentes a las que tenían mucho antes cuando un súbdito de la reina, fuera caribeño o africano, era considerado un ciudadano británico.

El brexit no tiene sentido ni fundamentos económicos; no parece tener vías razonables de ejecución en el corto y mediano plazo. Sus efectos negativos, como la inestabilidad, deberían ser efímeros. Sin embargo, las bases sociales y políticas existentes a nivel mundial, que son las que provocan estos sobresaltos, nos están obligando a preguntarnos seriamente si no va siendo hora de abandonar explícitamente los paradigmas fallidos que fueron antagónicos en el siglo XX, sobre todo en el logro de sus objetivos. ¿Hasta cuándo vamos a seguir sin sentir la tierra firme?

¿HAY ALGÚN MISTERIO CON EL PRECIO DEL PETRÓLEO?

En el 2015, el oficialismo venezolano, en boca de su ministro de Petróleo y Minería Eulogio Del Pino, en la reunión ministerial 167 de la OPEP fue enfático en decir “es necesario evitar que lleguemos a ese nivel de inventarios”, de lo contrario, se registrará la “catástrofe” de que el precio del petróleo se desplome a 20 dólares. El también presidente de PDVSA pidió que se redujera la producción del petróleo en al menos 1.5 millones de barriles diarios.

Entender qué determina el precio del petróleo pasa por dos grandes momentos: la producción, que no puede detenerse aunque sí controlar su ritmo; y el manejo de los inventarios, que supone un coste importante, pues exige grandes inversiones en infraestructura para el almacenamiento. Es necesario comprender que lo que afecta el precio del petróleo en el corto plazo es precisamente el nivel de inventarios. Disminuir la oferta en un momento determinado significa aumentar el inventario y los costos de almacenamiento; no es una decisión sin consecuencias.

Es razonable pensar que para la industria petrolera, incluidas grandes e influyentes empresas trasnacionales, es conveniente un precio de petróleo con un equilibrio mayor que el predominante. Si eso es así, ¿por qué no han logrado reducir lo suficiente los niveles de producción?

La respuesta pasa, además del argumento casi cliché de una caída en la demanda, por la desaceleración china, la mayor eficiencia en los vehículos de motor, el avance en la fabricación de vehículos eléctricos (TESLA y media docena de marcas chinas) o híbridos y la diversificación de las fuentes de energía de los grandes países industriales, y por una mejor y más simple: no pueden.

Esa razón tiene que ver con el mercado y no con la especulación. En esta industria, los mercados a futuro no son promesas, son compras en firme. Ningún productor pesa tanto como para influir en los precios. La OPEP —efectiva en el pasado— representa el 30% del mercado mundial, y ya no puede actuar como bloque, no tanto por razones políticas como por lo heterogéneo de su estructura de producción y de costos. Algunos países, como Arabia Saudita, pueden resistir sin producir por mucho tiempo, pero su estructura de costo les permite tener márgenes de ganancia aún a precios relativamente bajos, por lo que no está claro el incentivo en bajar la producción. Venezuela, en contraste, no modernizó su industria y se ve hoy en el dilema de proponer, como lo hacen, recortes a la producción para presionar los precios, al tiempo que dependen de mantener altos sus volúmenes de ventas para generar “cash-flow”, logrando así atender sus compromisos financieros (las emisiones de bonos de PDVSA como los soberanos).

Alcanzar mayores precios por ajustes en la producción es algo que ni Venezuela —que lo propone y necesita— ni ningún otro país productor puede cumplir. En este caso, los mercados funcionan. Los precios subirán cuando tengamos de nuevo más demanda. El monitoreo y entendimiento de esto es crucial para RD que debe aprovechar inteligentemente estas fluctuaciones.

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Fuentes:

1- http://www.elmundo.com.ve http://www.elmundo.com.ve/noticias/petroleo/pdvsa/del-pino–petroleo-puede-caer–20-mas-si-no-se-rec.aspx#ixzz43IBfoJow

2- http://www.eleconomista.com.mx http://eleconomista.com.mx/industria-global/2015/06/01/plan-pdvsa-exige-ajustar-meta-inversiones

3- http://www.elmundo.com.ve http://www.elmundo.com.ve/noticias/petroleo/pdvsa/pdvsa-supera-indice-internacional-de-accidentes-de.aspx#ixzz43I6Qd9ia

4- OPEP

Reporte OPEP – Enero: http://www.opec.org/opec_web/static_files_project/media/downloads/publications/MOMR%20January%202016.pdf

Reporte OPEP- Febrero:http://www.opec.org/opec_web/static_files_project/media/downloads/publications/MOMR%20February%202016.pdf

 

 

LAS 10 PROPUESTAS DE FERNANDO CAPELLÁN

En el país todos somos expertos en dos “pes”: pelota y política. A la tercera –p-, que es la más importante (progreso), le estamos dedicando menos tiempo y energía de la que debería. Vale la pena tomarse en serio las pocas propuestas que de cuando en vez aparecen en el escenario nacional, precisamente por lo raro que resulta. Fernando Capellán, hace algunos días, compartió a través de las redes diez propuestas para mejorar la competitividad.

De entrada, dos son muy polémicas: la reforma al código de trabajo y el cambio en la política cambiaria. Una de las diez tiene mucha resistencia política, a pesar de reconocerse ampliamente la necesidad de fomentar un mercado eficiente y competitivo en el sector de transporte terrestre de carga. Algunas otras son de índole institucional y educativa, y probablemente necesiten más creatividad que recursos. Hay otras que están más dentro del ámbito de la focalización; es decir, que pocos se atreverían a decir que son difíciles o innecesarias, como la reforma al servicio exterior, el empoderamiento de la mesa de exportación y la aplicación de los informes de desarrollo y de la ley. Y, finalmente, la que el empresario considera la más importante: salir de la zona de confort.

Deberíamos debatir cada una de las propuestas. La competitividad no es un tema banal, ni pasajero. El cambio de modelo económico, sugerido hace más de una época por el empresario don José León, hoy se ha convertido en un imperativo, dadas las circunstancias estructurales de nuestra economía y la disonancia con los mercados externos que se muestran inestables. Los paradigmas económicos (no importa la ideología) han sido probados de alguna manera, y todos se antojan insuficientes para los retos que un mundo cambiante exige. Vale el esfuerzo de que, aún sea de forma superficial, incorporemos en nuestro repertorio de “pes” el progreso como centro del debate nacional.

Si seguimos siendo expertos en dos “pes”, atrapados en un conformismo por los pírricos avances que alcanzamos en algún indicador económico o social, y debatiendo todo como si el tema público fuera exclusivamente electoral, puede que el espejo de otros países (Venezuela, Puerto Rico, Brasil, Grecia, Portugal) nos refleje lo peor de nosotros mismos y se haga tarde para lamentos. Hasta ahora, hemos sorteado con gran efectividad muchos retos, pero no hemos resuelto los problemas estructurales; necesarios para enfrentar el futuro cercano.

No nos ha ido del todo mal, pero debería indignarnos que hayamos permitido que algo peor que el pesimismo haya inundado nuestras fibras nacionales; me refiero al conformismo, a pensar que lo que tenemos ya está bien, que estamos en una zona de confort, que será un espacio del cual no nos movemos, pero que no tiene nada de cómodo, ni confortable; peor aún, ni siquiera seguirá siendo sostenible.

Vale disponerse sin prejuicios a profundizar las propuestas para construir nuestro futuro. Salir de la zona de confort empieza con derrotar una idea que parece prevalecer: dominicano que piensa, a su país traiciona. Hay que disponerse a pensar juntos.

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UN PAÍS MÁS INCLUYENTE

Hace falta una sociedad comprometida consigo. Hace falta un país más incluyente y participativo, que acerque a la gente a los servicios y que mueva la economía para promover desarrollo real. Lograr un desarrollo económico sostenible requiere de un compromiso de todos los sectores con la creación de riqueza y… con una justa distribución.

La pasada semana, el presidente Danilo Medina, en sus palabras frente a la Cámara Americana de Comercio, planteó lo que toca decir a un presidente: que si bien se ha avanzado no podemos dejar detrás al 44% de la población que sigue en vulnerabilidad. En ese discurso, el que todavía nos entusiasma, está su visión de país en la que el Estado es el catalizador del desarrollo; y el sector privado, el motor económico. En palabras sencillas, el presidente nos recuerda que el crecimiento tiene que tener un objetivo que trascienda las cifras y el sentido de acumulación de riqueza. Invitó al sector privado a una alianza para fortalecer la clase media.

Entiendo que en esa propuesta hay implícito un cambio de modelo. Habló del rol del sector privado en la mejoría de esas condiciones y la necesidad de reconcebir las relaciones público-privadas. Puso en la mesa el sector eléctrico, planteando los sacrificios que encarna superar un modelo de generación que ha resultado excesivamente caro e ineficiente. También abordó el tema de la propiedad de la tierra y la necesidad de lograr mayor capacidad adquisitiva a través de la titulación de quienes están condenados a la irregularidad de sus hogares y probablemente a la pobreza. La necesidad de fortalecer el área turística, resolver los problemas de la seguridad social, las debilidades institucionales con que contamos y que son limitantes para que los dominicanos puedan elevar su calidad de vida.

Hace bien el presidente en abordar estos temas con responsabilidad y con respuestas de calidad. Ese es el Danilo Medina que conocí y del cual se espera un liderazgo que no se deje acorralar por las urgencias de lo inmanente, ni con las prisas de lo electoral. Ése es el presidente que se ganó el apoyo de sectores que se habían desesperanzado. Su liderazgo tiene que volcarse con más decisión a hacer lo que nunca se ha hecho.

Sin embargo, todos los esfuerzos estatales serían en vano si no se cuenta con una respuesta empresarial comprometida. Una que entienda que no se trata solo del clientelismo empresarial y rentista, y que es necesario hacer frente a los retos sociales en conjunto. El sector empresarial debe aportar, en la medida en que no está solo para demandar del Estado.

Ante el deterioro que parece amenazar el país, es tiempo de hacer un alto y entender la gran oportunidad de superar las viejas prácticas que nos han limitado el desarrollo. Ahora, sin dejar a nadie fuera, corresponde jugar el rol que hace tiempo debimos haber jugado. El país requiere de un compromiso de todos los sectores para mejorar la administración de justicia, los servicios públicos, la energía eléctrica, el transporte, la propiedad, y hacer crecer la clase media; esa fuerza productiva que ha sido el motor de tantos cambios.

Un país incluyente no parece ser un deseo, sino un mandato. Qué bien que alguien de mayor relevancia lo toma seriamente en su discurso y acción. ¡Bien por el presidente!

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LA DUDA HACE LA CIENCIA (ECONÓMICA)

Muchos siglos han pasado desde que aquel primer hombre moderno, René Descartes, legó a la humanidad un poderoso instrumento: el método científico. Aquel cuestionamiento metódico que enseñaba a dudar de las propias percepciones, fue y sigue siendo el instrumento más poderoso que tiene el ser humano a su disposición para la construcción del pensamiento científico. Su innegable avance trajo consigo un increíble desarrollo de la tecnología y del bienestar material de la humanidad. Sin embargo, en el último siglo, trajo también un prejuicio tan basado en una superchería como cualquier talismán creado por un alquimista de la Edad Media: el de pensar que la tecnología es más que la ciencia. La duda metódica dejó de estar de moda.

La ciencia misma dejó de estar de moda, y hay una perfecta tranquilidad con esa idea. Hoy estamos más al tanto del avance tecnológico que de las conjeturas científicas. Y de esa moda no se escapan las ciencias sociales, ni siquiera la única – llevada al rango de ciencia exacta – premiada con el Premio Nobel: la Economía. Desde los años ochenta, y en lo adelante, predomina una lectura de las teorías económicas, fundamentado en un supuesto, la racionalidad de los agentes económicos.

Ante esa realidad, el reducto académico, ligado a la acción política de ideología izquierdista, o al keynesianismo (erróneamente ligado a los desequilibrios económicos) languideció y vivía de la añoranza, la denuncia o la autoreferencia. Era natural, la humanidad había abrazado el cinismo; es decir, hacía que creía, pero actuaba sin creer… y lo peor, aunque parezca paradójico, sin dudar; dejando a las sociedades sin acceso a la investigación científica y llevando al rango de héroes a aquellos capaces de convertir el conocimiento económico en éxito financiero. Así, también la economía caía en la superchería, incluso en el mundo académico crítico, en el que se tiene razón a priori.

El capitalismo fundamentado en la visión neoclásica de la economía había triunfado sobre la mayoría de los modelos alternativos. El colapso del socialismo no es algo que podría ponerse en duda. Sin embargo, las sucesivas crisis a partir de los 90 y los muy discutibles avances en la lucha mundial contra la pobreza, nacidas de la lógica de la desregulación, la incapacidad general de predecirlo y la imperante idea de que economía y finanzas son la misma cosa, demuestran que el éxito del capitalismo, tal como lo conocemos, es pírrico, cuando no cuestionable.

La cuestión es que las grandes escuelas enfrentadas podrían argumentar algunos éxitos, pero también una buena cantidad de fracasos; de lo contrario, va siendo hora de volver, no sólo al humanismo en las academias, sino también a la colaboración proactiva de conocimiento de otras ramas y más, a una idea simple, general, antigua: dudemos primero, después todo paradigma es un límite y todo límite una camisa de fuerza. Dudar primero del propio hallazgo, investigar y aprender de los éxitos y fracasos. No fallan los modelos y los sistemas, fallan quienes creen en ellos como alquimistas. Hay que volver al método científico, y dudar.

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CUBA NO AMENAZA LAS EXPORTACIONES DOMINICANAS

Recientemente el gobierno cubano y el norteamericano anunciaron el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Se avizora que los más de cincuenta años de embargo, producto de las expropiaciones no compensadas a empresas norteamericanas, llegarán pronto a su fin. Anuncio real y palpable, lo primero; expectativa, lo segundo. Las relaciones diplomáticas son una decisión administrativa del gobierno americano; lo segundo necesita de la derogación de una ley.

En nuestro país, el anuncio ha generado muchas expectativas; varias negativas. Algunos, por ejemplo, reaccionan con temor, con un tono de preocupación, con un gesto de “se los dije” basados en la cercanía de Cuba a los EE. UU. y los innegables niveles educativos alcanzados por ese país. Así, asumen que RD perderá participación en los mercados americanos. ¿Esas preocupaciones estarán respondiendo a meras conjeturas o hay estimaciones del posible impacto en el comercio y turismo dominicano?

Muchos de los retos de la economía cubana no pueden ser atribuidos exclusivamente al embargo. Cuba tiene un PIB per cápita similar al de RD, pero su IDH es superior al de RD, y una población similar a la de nuestro país (algo más de 11 millones de habitantes). 98% de cobertura escolar, mientras que nosotros apenas estamos empezando a importantizar la educación con un mayor gasto; pero Cuba tiene grandes retos en materia competitiva. RD, por ejemplo, duplica las exportaciones cubanas, y en materia de turismo, Cuba recibe dos millones de turistas anuales, cuando la RD recibe esa cantidad sólo en Punta Cana. Siempre hemos competido en los mismos mercados, porque el único mercado vedado a Cuba, y que sí tiene RD, es el americano. Desde hace décadas, la Unión Europea y Canadá han mantenido relaciones de inversión y comerciales con la isla de gobierno socialista, al igual que RD.

¿Habrá creación o desvío de comercio cuando el embargo americano cese? Eso dependerá de qué tan rápido puede el sector productivo cubano lograr niveles de competitividad para adaptarse al mercado norteamericano. Al tiempo que sería importante saber a ciencia cierta en qué condiciones podría atraer nuevas inversiones. El tema central en esas relaciones no es el embargo, sino cuáles reformas estructurales se producirán en Cuba.

El embargo tardará un buen rato en levantarse y todavía un rato más en mostrar si hay creación o desviación de comercio; tanto por las dificultades de la política doméstica de los EE. UU. como por las complejidades de un acuerdo comercial necesario, que partirá de qué tanto se lesionó la economía cubana y qué tanto fueron penalizadas las empresas norteamericanas con las expropiaciones. Es razonable pensar que el camino de las negociaciones entre EE. UU. y Cuba es todavía muy largo.

La normalización de las relaciones cubano-americanas terminará creando comercio para todo el Caribe, que también ha sido afectado por el embargo (por ejemplo con la dificultad de pagos a través de bancos corresponsales americanos), ofreciendo nuevas oportunidades para RD. Nuestras exportaciones no están amenazadas por la apertura de EE. UU. a Cuba. El desafío, con embargo a Cuba o sin él, es atender las muy poco discutidas reformas estructurales que ya van siendo impostergables.

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