La identidad como política económica

Quizá es una expresión exagerada decir que la identidad nacional debería ser un elemento explícito de la política económica. Después de todo no es tan sencillo demostrar que hay una relación tangible entre la identidad y el crecimiento, y si acaso la hay ¿Qué efectos concretos tiene en el PIB? Y si los hubiera ¿A quién le corresponde incorporarlo a la política económica y cómo?

Algún indicio encontramos en el mundo de marketing: el del “marca país”, una herramienta que sirve para construir la reputación internacional y que ha demostrado ser efectiva a la hora de abrir espacio en los mercados internacionales. La reputación es un intangible, sin embargo, no se discute que la “marca país” es un elemento importante en la política comercial.

La “marca país” se refiere al valor que resulta de la reputación e imagen de marca a través de los iconos o productos nacionales que la identifican. Así, los lugares turísticos, como decir Punta Cana, o Samaná, los héroes deportivos, como decir David Ortiz o Juan Marichal o nuestros artistas famosos como mencionar a Juan Luis Guerra, Rafael Solano o Michael Camilo; o la música y cultura, como decir merengue, son los elementos que ayudan a construir una marca país.

Una buena “marca país” es un valor añadido para lo que un país produce. Y ese valor añadido tiene efectos concretos en lo económico como son la atracción de turismo, inversión extranjera, captación de cerebros, e incluso lograr influencia política y cultural en el mundo. El concepto, por tanto, no resulta tan intangible.

Ahora bien, si se mira con los ojos de las ciencias sociales, ese concepto tiene sus raíces más allá del marketing. En mi opinión, las naciones con mayor cohesión social son las que logran construir identidad y han sido las más exitosas en construir una “marca país” efectiva. Países como Italia, Alemania, Estados Unidos, etcétera, gracias a que se sienten orgullosos en ser, logran ventajas a la hora de aprovechar su “marca país”.

Antes que “marca país” es necesario estar orgulloso de ser, si no su construcción resultará artificial y endeble. Es necesario que desde el último de los miembros del país, hasta el más encumbrado sientan orgullo en pertenecer. Eso implica que la construcción de la identidad desde los prejuicios y las exclusiones raciales o sociales sean erradicadas del todo.

Es al Estado que le corresponde invertir en la identidad, subir la autoestima de los ciudadanos, construir una pertenencia en función de crear optimismo, fomentar la confianza en el potencial individual y colectivo.

Si al percibirnos como dominicanos nos sentimos cómodos con lo que somos y con nuestro potencial, si para definirnos podemos hacerlo de forma autoafirmativa y si podemos construir una sociedad libre de prejuicios, estaremos construyendo esa identidad necesaria, esa fuerza nacional que puede hacernos una gran nación…una nación justa.

La identidad como política económica