CUÁNTO CUESTA EL PAÍS QUE QUEREMOS

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

La lucha política puede entenderse como una lucha por la creación y asignación de la riqueza de un país; un juego estratégico entre quienes hacen los negocios, quienes distribuyen los recursos de la actividad productiva y las proporciones. Más concretamente: la lucha política tiene que ver con el presupuesto nacional, tanto en lo que concierne al gasto como en lo que concierne a los ingresos: las ideologías, el manejo del conocimiento, y el debate político terminan siendo una batalla por él.

 Para explicar el funcionamiento de los mercados, Paul Samuelson había equiparado el dinero a votos, en ánimo de ilustrar cómo se formaban los precios en una economía de mercado. Sin embargo, el ejemplo en caso extremo, lleva a la pregunta ¿Qué pasa con los mercados imperfectos?  Por lo pronto, nos interesa señalar que si se tienen muchos “votos económicos”, habría la posibilidad de influir -a conveniencia de quien los concentra – en las decisiones económicas importantes, como en la actualidad es en nuestro país la discusión alrededor del tema impositivo.

 En este debate es común encontrarse con que un sector productivo o algunos sectores sociales se resisten a más impuestos bajo dos afirmaciones: primero, la concentración de los impuestos en pocos sectores, relativamente.  Y segundo, la malversación por corrupción o mala administración de los impuestos recaudados. No es mi intención entrar en la validez de esos argumentos. Busco, por el contrario, establecer un consenso en materia de gasto. ¿Tenemos claro cuál es el país que queremos?  ¿Cuánto cuesta? ¿Cuáles son esos consensos?

 El primer consenso sería que los fondos públicos deben administrarse correctamente, la corrupción debería castigarse ejemplarmente y la calidad del gasto debe mejorarse. Otro consenso sería determinar el objeto del gasto.

 Si tomamos los diarios, las encuestas y los programas de opinión, es obvio que hay una demanda por mejoría en los sistemas preventivos y represivos de seguridad ciudadana. Eso supone aumentos salariales razonables a los agentes del orden, modernización institucional y más tecnología, más gasto corriente (combustible, dietas, recursos). También hay demanda por mejorías en el sistema de salud; no sólo en la infraestructura, sino en los medicamentos, equipos y materiales gastables de la red de hospitales públicos. Los prestadores de servicios de salud demandan aumentos salariales importantes.

 Hay otros gastos que están establecidos por ley, como la Ley de municipios y el 4% de la educación; ambos en el espíritu de que la sociedad pueda recibir mejores servicios municipales y mejor calidad educativa para todos. El 4% de educación es una determinación del Gobierno.

 El presupuesto total para el 2016 es de más de 566 mil millones de pesos; la asignación en educación asciende a un monto de más de 129 mil millones de pesos, equivalente a más de 20% del presupuesto total. Tal como se ve, sólo este renglón es suficientemente importante en el presupuesto para demostrar que el país que queremos requiere de mayores esfuerzos económicos para el desarrollo de la educación. Si además sumamos la cantidad de parajes, municipios, áreas turísticas que esperan por más recursos, o la educación superior, la UASD, y ni  hablar de los temas de la inexistente investigación científica, o de prevención de catástrofes, tendríamos montos todavía mayores.

 El país que queremos tiene un costo; empecemos por poner un monto, aún sea ideal. Así podemos llegar más rápidamente a un sincero pacto fiscal.

 Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

EL DESORDEN LE PASA FACTURA A LA DEMOCRACIA

No hay nada ingenuo en la lucha por el poder. No hay nada fácil, predeterminado, ni profundamente bondadoso al construir mayorías, que además, por definición, están en un constante cambio. La democracia es un instrumento falible, lleno de obstáculos, que proporciona la oportunidad de resolver los conflictos por la vía pacífica; y el único que puede regenerarse a sí mismo. Si el instrumento fundamental de la democracia -el voto- falla, entonces la sociedad habrá tocado fondo y dos caminos se erguirán por delante: o la dictadura o la anarquía.

En República Dominicana, la calidad del voto ha ido deteriorándose por la instrumentalización que han hecho los grupos que luchan por el poder. Aquí no tenemos, si acaso ese fue un argumento, un problema de enfrentamientos ideológicos. En mucho, el problema que vivimos en el actual y tortuoso proceso de conteo de votos se debe a la total ausencia de claridad ideológica; y peor, de falta de claridad en las ideas de los que se suponen son los llamados a proporcionar esa lucidez: los propios políticos.

El transfuguismo para definir posiciones electivas, en absolutamente todos los partidos, debió ser la primera advertencia de lo que resultó como el mayor desastre en la organización de unas elecciones desde los años 1990 y 1994. Se equivocan los que, indignados, creen que esto es un plan macabro para favorecer a alguien. Y también se equivocan aquellos que por defender la legitimidad de sus votos (y en ambos casos toca a todos los contendores de todos los partidos) pretenden obviar la realidad: el proceso fue mal diseñado y terminó siendo un verdadero desastre.

¿Alguien se atrevería a sacar las cuentas de quiénes han sido favorecidos o desfavorecidos? Ese ejercicio sería útil para entender que las aspiraciones individuales, legítimas y constitucionales, que se convirtieron en ambiciones personales e individuales sin límite ni disciplina alguna (ni siquiera mental), son la consecuencia de un proceso mal concebido y peor ejecutado; que tiene poco que ver con la lógica de los partidos. Aquí no ha habido ningún plan para realizar un fraude ni se puede hablar de ilegitimidad generalizada. Y, sin embargo, el proceso ha planteado una muy seria paradoja, ¿cómo dar por válidos los votos en el terreno de las traiciones, las componendas, las ambiciones sin brújula y el conteo defectuoso?

A pesar de la paradoja, el pueblo emitió su voto (instrumentalizado y todo). Sólo nos quedan los marcos institucionales para cruzar este charco de lodo; también nos queda el sentido común. Así, todos los contendores, los que resultaron o resultaran electos, como los que no, debemos hacer un alto. Deponer las malas artes y disponerse, aún con vergüenza ajena por aquel que debió ser la garantía del proceso, a construir futuro; y eso pasa por terminar lo mejor que se pueda este conteo de votos.

Inmediatamente después, hay que pactar el siguiente paso: hacer nuevas y mejores leyes electorales. Una ley de partidos pensada desde el ciudadano y no desde los partidos, nuevas autoridades electorales tanto en la JCE como en el Tribunal Superior Electoral. Dejémonos de juegos, que los que compitieron saben muy bien lo que pasó, y esto ya no es una advertencia. Nuestra sociedad ya tocó fondo. Esto ya llegó demasiado lejos como para no actuar con la responsabilidad que amerita.

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EL PASTOR FLEMING Y SU MIEDO AL MUNDO DE LO ABSTRACTO

El pastor Fleming mandó a borrar los murales que en las patronales de Barahona del año pasado habían pintado artistas para la ocasión. En su lugar, ordenó usar colores joviales y llamativos para en vez de los murales colocar el nombre de Jesús. Noble causa, puedo suponer, la de fomentar que la gente de Barahona vea un mensaje cristiano. No estamos seguros de que el medio utilizado —borrar las imágenes representaciones artísticas de Barahona de motivos marinos, salinos y colorido caribeño— fuera la mejor de las salidas. ¿Qué habrá motivado al pastor a esa acción?

Es probable que el pastor Fleming conozca muy bien la Biblia. Es posible, por ejemplo, que se hubiera inspirado para su acción de censura en el primer mandamiento de Moisés, en el cual Yahveh le recuerda a Israel que solo a él deben honrar, y prohíbe la construcción de imágenes para adorar. No dice nada, aunque algunas ramas del cristianismo así lo interpretan, de las imágenes artísticas, no representativas de divinidad o poderío. El mandato prohíbe la idolatría, no la representación artística.

El pueblo de Israel venía de Egipto, tierra politeísta en la cual las imágenes divinas estaban asociadas al poder. Era claro que Moisés, interpretando a Dios, quería una alianza alrededor de la existencia de un solo Dios, y por ende deja poco margen a la interpretación al elegir el primer mandamiento para que esto quedara grabado en piedra: no adorar imágenes divinas; pero si así fuera ¿por qué tiene el pastor selfies de sí mismo en su página de Facebook?

Quizá tuvo otra motivación. Digamos que el pastor Fleming le tiene miedo a la representación de las sirenas; después de todo, esos seres representaban metafóricamente la seducción de los marinos, que atraídos por sus canciones encallaban bajo sus embrujos. Esas pinturas quizá eran en su interpretación demasiado sensuales, diabólicas, peligrosas y muy pecaminosas. ¿Quién es uno para rebatirle esa lectura a un pastor que difunde la palabra de Dios?

El objeto abstracto, la obra de arte, sin importar la intención del artista, necesita de un espectador que la complete. Quizá, el pastor en su cosmovisión religiosa no tiene otra manera de interpretar un cuerpo de mujer. Aún fuera para él y para todo el mundo la única interpretación posible, ¿qué derecho tiene el pastor a imponer su lectura a todos los demás?

El viaje de la interpretación artística pasa casi siempre por terrenos difíciles que exigen tolerancia, espíritu libre, capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y que requieren acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas. Y eso no sé si tiene pastor Fleming (sensibilidad artística) no solo porque decidió borrar pacífica y cristianamente(!) los referidos murales, sino porque en su sustitución convirtió a Jesús en una marca, carente de reverencia ni respeto por su divinidad. Así de vulgar fue, que la imagen “Jesús” igual podía haber sido la de un candidato local; porque arte no hubo. Y es que ahí está lo peor en quienes censuran (nunca podremos persuadirlos de que su causa no es legítima) que además de intolerantes, suelen tener muy mal gusto.

 

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LA PARANOIA POLÍTICA

“La paranoia es sólo otra palabra para definir la ignorancia.” ~ Hunter S. Thompson

¡Qué buen trabajo viene realizando Ángela Peña! En “Areíto”, domingo tras domingo, la periodista nos ha ido entregando desde hace semanas reportajes sobre la historia dominicana reciente. Esa crónica del ayer-presente, que suele ser la más difícil de hacer y que exige, además del rigor, mucha valentía es la que los historiadores más rehúyen. En nuestro medio, más de una vez se ha argumentado que alguna cosa no se puede discutir, investigar o publicar porque los actores están vivos y que hay pasajes muy dolorosos para ser constados. Así, algunos rasgos de nuestra sociedad actual quedan como un eslabón perdido; reducido al espacio de un espasmo nostálgico. Por lo tanto, que alguien con rigor se atreva a no olvidar es un hecho a aplaudir.

El domingo anterior, en la sección nombrada, la autora vuelve sobre un aspecto de los gobiernos balagueristas de los 12 años: la paranoia de las personas encargadas de la seguridad del Estado. En dicha entrega se vuelve a puntualizar que los militares balagueristas estaban que “veían conspiraciones hasta en la sopa”. Ya el domingo 19 de marzo de este año, había escrito que en el año 1967 los altos mandos militares habían elaborado “el más voluminoso informe” sobre el alzamiento de Sabana Consuelo, en Las Gordas, Nagua, y que había culminado con la muerte del “guerrillero comunista” Rafael Chaljub; el cual no ha estado muerto desde entonces, pues lo abracé la semana pasada en el velorio de Magaly Pineda. El muerto había sido otro.

También en 1967, según el trabajo de Ángela Peña, la seguridad militar de Balaguer había advertido de brotes guerrilleros, al punto de documentar supuestos enfrentamientos sangrientos y duros… que simplemente nunca ocurrieron. Y así, el domingo anterior, y el anterior, y el anterior, en un documento invaluable de esa paranoia política que tuvieron los llamados a garantizar el orden y que tenían la seguridad del Estado como responsabilidad.

Algunas conclusiones claras se desprenden de esos trabajos. Primero: que el presidente Joaquín Balaguer no estaba enterado con la suficiente rigurosidad para que tomara decisiones adecuadas; y no le importaba. Segundo: que los llamados a fomentar el orden generaron intranquilidad antes que conseguir la reconciliación y la paz. Tercero: que la pérdida de vidas en ese período, injustificables desde cualquier punto de vista, fueron además producto de inteligencia viciada y manipulada. Cuarto: que en muchos casos de sangre no había objetivos políticos específicos, y que se derivaban de dichos informes manipulados.

De esas conclusiones se abren preguntas para los historiadores. ¿Qué objetivos tenían los militares y la seguridad del Estado en desinformar a sus superiores y al Presidente Balaguer? Además de un objetivo general, en el contexto de la época ¿Había un sistema de incentivo que propiciaba la represión sin fines estrictamente políticos? ¿Cuántos apresamientos y muertes se hicieron fabricados para obtener dádivas? ¿Qué “premiación” recibían los “paranoicos” de sus superiores y del presidente por el “deber cumplido”?

Y de esas preguntas, un aprendizaje para el futuro: el país que no se toma en serio los Derechos Humanos y que no respeta el Estado de Derecho paga el precio de exterminar generaciones valiosas, de perder el sentido de la humanidad en sus instituciones y de debilitar el respeto por sus autoridades y por la autoridad… para beneficio personal de los “paranoicos” lo que lo hace un doble crimen y una pérdida más difícil de resarcir. ¿Cuánto nos define en mal aquel pasado-presente?

 

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LAS 10 PROPUESTAS DE FERNANDO CAPELLÁN

En el país todos somos expertos en dos “pes”: pelota y política. A la tercera –p-, que es la más importante (progreso), le estamos dedicando menos tiempo y energía de la que debería. Vale la pena tomarse en serio las pocas propuestas que de cuando en vez aparecen en el escenario nacional, precisamente por lo raro que resulta. Fernando Capellán, hace algunos días, compartió a través de las redes diez propuestas para mejorar la competitividad.

De entrada, dos son muy polémicas: la reforma al código de trabajo y el cambio en la política cambiaria. Una de las diez tiene mucha resistencia política, a pesar de reconocerse ampliamente la necesidad de fomentar un mercado eficiente y competitivo en el sector de transporte terrestre de carga. Algunas otras son de índole institucional y educativa, y probablemente necesiten más creatividad que recursos. Hay otras que están más dentro del ámbito de la focalización; es decir, que pocos se atreverían a decir que son difíciles o innecesarias, como la reforma al servicio exterior, el empoderamiento de la mesa de exportación y la aplicación de los informes de desarrollo y de la ley. Y, finalmente, la que el empresario considera la más importante: salir de la zona de confort.

Deberíamos debatir cada una de las propuestas. La competitividad no es un tema banal, ni pasajero. El cambio de modelo económico, sugerido hace más de una época por el empresario don José León, hoy se ha convertido en un imperativo, dadas las circunstancias estructurales de nuestra economía y la disonancia con los mercados externos que se muestran inestables. Los paradigmas económicos (no importa la ideología) han sido probados de alguna manera, y todos se antojan insuficientes para los retos que un mundo cambiante exige. Vale el esfuerzo de que, aún sea de forma superficial, incorporemos en nuestro repertorio de “pes” el progreso como centro del debate nacional.

Si seguimos siendo expertos en dos “pes”, atrapados en un conformismo por los pírricos avances que alcanzamos en algún indicador económico o social, y debatiendo todo como si el tema público fuera exclusivamente electoral, puede que el espejo de otros países (Venezuela, Puerto Rico, Brasil, Grecia, Portugal) nos refleje lo peor de nosotros mismos y se haga tarde para lamentos. Hasta ahora, hemos sorteado con gran efectividad muchos retos, pero no hemos resuelto los problemas estructurales; necesarios para enfrentar el futuro cercano.

No nos ha ido del todo mal, pero debería indignarnos que hayamos permitido que algo peor que el pesimismo haya inundado nuestras fibras nacionales; me refiero al conformismo, a pensar que lo que tenemos ya está bien, que estamos en una zona de confort, que será un espacio del cual no nos movemos, pero que no tiene nada de cómodo, ni confortable; peor aún, ni siquiera seguirá siendo sostenible.

Vale disponerse sin prejuicios a profundizar las propuestas para construir nuestro futuro. Salir de la zona de confort empieza con derrotar una idea que parece prevalecer: dominicano que piensa, a su país traiciona. Hay que disponerse a pensar juntos.

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ASFIXIADOS POR EL ÉXITO

Muchos analistas acertaron demasiado pronto. Años anunciando la crisis de los partidos basado en algo consustancial a la democracia: el conflicto. Sin embargo, tanto el resultado electoral como las encuestas daban cuenta de otra realidad; el votante seguía confiando en los partidos políticos. Eso fue así, pero ya no lo es más.

En el 2015, el partidismo está moralmente enfermo, y sobrevive porque hay cierta identificación de los ciudadanos con el PLD; pero el PLD se sostiene porque está en el Gobierno, al tiempo que hay confianza en el Gobierno porque el presidente Medina lo sujeta basado en su enorme prestigio. A pesar de esa realidad, está bastante claro que eso no será suficiente para la salud democrática… pero tampoco para el sistema de partidos.

El resultado electoral está asegurado para el PLD, y ha estado asegurado por bastante tiempo. Luego de su regreso al poder en el 2004, las elecciones han sido ganadas invariablemente. Reclamar cambios en tal entorno de éxito parece una tarea imposible; sin embargo, es un imperativo de vitalidad.

Un ejemplo lo ofrece la situación política electoral del Distrito Nacional, plaza para la cual la oferta será la misma que ha sido desde el 2002. El partido plantea llevar en la ciudad al mismo candidato a senador y el mismo candidato a alcalde. El argumento sigue siendo el mismo; ganan. Y ese éxito positivo, en gran medida se debe al desempeño de sus incumbentes: el senador Reinaldo Pared Pérez y el alcalde Roberto Salcedo. De alguna manera han conectado con los votantes capitaleños.

Hoy, dados los resultados de las encuestas, parece algo natural que repitieran en sus respectivos puestos, pero ambos tendrán más de 14 años allí. “¿Cuándo es tiempo de cambiar de escenario?” es la pregunta más difícil de responder para artistas y políticos. Es por ello que la fortaleza de la democracia y la salud del sistema de partidos dependen mucho de la capacidad del PLD de renovarse a sí mismo… o morir de éxito. En el futuro inmediato, lo que hoy es ganancia mañana puede no serlo.

En el Distrito Nacional, como en muchos otros puntos del país, bien valdría una fórmula de remozamiento para que el hartazgo futuro del votante no termine llevándose no sólo a sus candidatos, sino la fe en el sistema democrático mismo. Esa fórmula, bien podría ser que Roberto Salcedo lleve su experiencia municipal al Congreso y sea el candidato a senador por el PLD, mientras que la alcaldía sea elegida en procesos de elecciones internas competitivas y supervisadas. Reinaldo tiene una plataforma y un reto por delante mucho mayor que el de repetir; él ha anunciado que continúa con su proyecto presidencial. Roberto ya empieza a estar en la defensiva en su gestión y el sistema partidista parece peligrosamente anquilosado. Incluso, al presidente Medina, como dijo Inés Aizpún la semana pasada, le conviene demostrar que tiene la capacidad de remozar el partido. El tema va más allá de lo meramente electoral; es cuestión de trascender, no sea que de tanto éxito nos asfixiemos.

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CONFERENCIA MIGRATORIA INTERNACIONAL

 

La migración es el segundo tema más importante para la humanidad, sólo después de la pobreza y la pobreza extrema, aunque no son los únicos. Terrorismo, narcotráfico, armamentismo, cambio climático, completan el listado, pero por sus efectos de causalidad, la migración merece atención privilegiada como un tema de la mayor prioridad a atender por los gobiernos del mundo. La migración tiene múltiples causas: tensiones religiosas, étnicas o culturales; exclusiones de género o de preferencia sexual; o la más común, la pobreza y pobreza extrema y las asimetrías de desarrollo económico nacionales, internacionales y regionales. No todos los países, sin embargo, tienen una situación dual tan intensa como la República Dominicana que es a la vez un país receptor y emisor de migración.

La presencia de la diáspora dominicana llega a lugares tan exóticos como Alaska, con concentraciones importantes en grandes urbes como Nueva York, Miami, Chicago, Madrid, sin dejar de mencionar las islas en el caribe, siendo probablemente Puerto Rico la más importante; pero también hay migración en Argentina, en varias ciudades italianas, en Suiza. Casi podríamos decir que a migración vamos, en el imperio (!) dominicano nunca se pone el sol.

Al mismo tiempo, tenemos un muy serio problema de inmigración, agravado por las manipulaciones ideológicas, con fuertes (aunque ocultos) prejuicios raciales y xenófobos, con algún hecho histórico —no siempre bien contextualizado— y tensiones comerciales o de índole diplomática entre nuestro vecino Haití y RD. Todos elementos bastante comunes en el tema migratorio. Sirva el ejemplo de la inmigración musulmana en Europa, o la relación de Marruecos y España.

La OEA se encuentra en el país haciendo consultas sobre la migración y sus temas derivados. La posición nacional ha sido de rechazo, a pesar de que el gobierno, libremente, invitó a que vinieran a evaluar el tema en el terreno con la esperanza de que certifiquen los innegables avances de RD en esa materia. Sin embargo, la realidad migratoria y la difícil realidad de segmentos de la población que les corresponde la nacionalidad dominicana y otros cuya situación es ambigua ante la indolencia histórica de los Estados dominicano y haitiano ofrece todavía muchas oportunidades de mejora. Mientras la JCE, por ejemplo, siga jugando a la discriminatoria interpretación administrativa, el Estado dominicano no podrá librarse de los cuestionamientos (bien y mal intencionados) que se deriven.

El tema migratorio genera debates no sólo por las particularidades locales, aquí y en otras partes, sino también por las ambigüedades del sistema internacional que reduce a un “movimiento” de población el desastre humanitario mundial que significa los millones de desplazados en el planeta (y la región). Vale la pena que RD le proponga a la OEA una conferencia migratoria regional, profunda y seria. Después de todo RD no es única…y nada que digamos para la inmigración será neutro, pues a favor y en contra podrá aplicarse a nuestros nacionales en otros países.

RD debe asumir una posición de madurez y racionalidad. Nosotros y todos los demás en la región. NO sobre Haití (solamente); sobre la migración en nuestro continente.

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La identidad como política económica

Quizá es una expresión exagerada decir que la identidad nacional debería ser un elemento explícito de la política económica. Después de todo no es tan sencillo demostrar que hay una relación tangible entre la identidad y el crecimiento, y si acaso la hay ¿Qué efectos concretos tiene en el PIB? Y si los hubiera ¿A quién le corresponde incorporarlo a la política económica y cómo?

Algún indicio encontramos en el mundo de marketing: el del “marca país”, una herramienta que sirve para construir la reputación internacional y que ha demostrado ser efectiva a la hora de abrir espacio en los mercados internacionales. La reputación es un intangible, sin embargo, no se discute que la “marca país” es un elemento importante en la política comercial.

La “marca país” se refiere al valor que resulta de la reputación e imagen de marca a través de los iconos o productos nacionales que la identifican. Así, los lugares turísticos, como decir Punta Cana, o Samaná, los héroes deportivos, como decir David Ortiz o Juan Marichal o nuestros artistas famosos como mencionar a Juan Luis Guerra, Rafael Solano o Michael Camilo; o la música y cultura, como decir merengue, son los elementos que ayudan a construir una marca país.

Una buena “marca país” es un valor añadido para lo que un país produce. Y ese valor añadido tiene efectos concretos en lo económico como son la atracción de turismo, inversión extranjera, captación de cerebros, e incluso lograr influencia política y cultural en el mundo. El concepto, por tanto, no resulta tan intangible.

Ahora bien, si se mira con los ojos de las ciencias sociales, ese concepto tiene sus raíces más allá del marketing. En mi opinión, las naciones con mayor cohesión social son las que logran construir identidad y han sido las más exitosas en construir una “marca país” efectiva. Países como Italia, Alemania, Estados Unidos, etcétera, gracias a que se sienten orgullosos en ser, logran ventajas a la hora de aprovechar su “marca país”.

Antes que “marca país” es necesario estar orgulloso de ser, si no su construcción resultará artificial y endeble. Es necesario que desde el último de los miembros del país, hasta el más encumbrado sientan orgullo en pertenecer. Eso implica que la construcción de la identidad desde los prejuicios y las exclusiones raciales o sociales sean erradicadas del todo.

Es al Estado que le corresponde invertir en la identidad, subir la autoestima de los ciudadanos, construir una pertenencia en función de crear optimismo, fomentar la confianza en el potencial individual y colectivo.

Si al percibirnos como dominicanos nos sentimos cómodos con lo que somos y con nuestro potencial, si para definirnos podemos hacerlo de forma autoafirmativa y si podemos construir una sociedad libre de prejuicios, estaremos construyendo esa identidad necesaria, esa fuerza nacional que puede hacernos una gran nación…una nación justa.

La identidad como política económica