DIVERSAS CARAS DE LA BARBARIE

La barbarie no tiene explicación, por eso es barbarie; son acciones crueles, insensibles, exageradas, violentas, feroces. No son ideas. No nacen de una reflexión. La palabra es muy antigua, tanto como los albores de Occidente; su raíz viene del latín barbarus (‘extranjero’),y se define como “cualidad de ignorante, fiereza y crueldad”. Hoy, por supuesto, no significa “extranjero”. La palabra se asocia a la acción cruel e irreflexiva y suele contraponerse a la palabra civilización.

Nacidos de la barbarie fueron los hechos ocurridos en el maratón de Boston en abril del 2013 o las explosiones en Bombay, en julio del 2006; o los del 2005 en Londres y el Metro de Madrid el 11 de marzo, o los ocurridos en New York, Pensilvania y Washington el 11 de septiembre del 2001; pero también los perpetrados por Unabomber en los 80, los de ETA, IRA, Sendero Luminoso, o los perpetrados por Timothy McVeigh, en la ciudad de Oklahoma en el 1995.

De nuevo un suceso violento nos conmociona. En París murieron al menos 129 personas bajo el grito de “Alá es grande y misericordioso”, ¿en serio sabrán lo que la palabra misericordioso entraña?. El Estado Islámico tomó crédito de los hechos advirtiendo que Francia no vivirá en paz mientras mantenga su colaboración con la coalición antiterrorista que lidera Estados Unidos, responsable de los bombardeos en Siria e Irak, y emitió un mensaje desafiante: “Ustedes tendrán miedo hasta de ir al mercado”.

Ante eso no se dialoga. Sean las que sean las últimas causas que pueden haber detonado esas acciones. Ante eso uno se defiende. No hay nada que justifique que por tener “demasiada razón” pueda quererse convencer a los demás, no sólo desde la fuerza, sino desde el miedo; no importa si esa razón hubiera nacido de la boca misma de Dios.

La paradoja para Occidente es que ante la barbarie la civilización sólo debe usar la razón (que no necesariamente excluye la fuerza). Los hechos ocurridos en Francia, como otros similares, son condenables, y es necesario enfrentarlos con decisión en todos los órdenes y en todos los frentes: desde la acción represiva hasta en el terreno de las ideas. Occidente no puede darse el lujo de renunciar a la razón, y eso implica aprender a identificar otras caras de la barbarie, aun dentro de su propia cultura… ¡Y debe hacerlo rápido!

En Francia, Jean Marie Le Pen, por ejemplo, propone el cierre de las mezquitas, una idea que demuestra que la barbarie no nace de una cultura específica, sino de una actitud. ¿Acaso no queda claro que la barbarie actúa en contra de la libertad? A todas las caras de la barbarie hay que enfrentarlas con firmeza, detenerlas.

El mayor acto de civilización es preguntarnos qué rasgo de barbarie esconde nuestro discurso y qué tanta injusticia y crueldad todavía subyace en nuestras acciones, sin que eso implique, de ninguna forma -ni al hacer la pregunta ni al intentar la respuesta- justificar a aquel que, en su extremismo, fundamentalismo y odio, ni siquiera es capaz de hacérselas.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

El mundo (de hoy)

El mundo (de hoy)

Artículo publicado en el periódico  Hoy

El esquema de pensamiento vigente (un antipensamiento –esencialmente superficial, con rasgos de nihilismo negativo e individualismo vacío-) renunció a explicar el mundo. La crisis actual, sin embargo, lo exige. Esa carencia es lo que lleva a algunos a recurrir a aquellos modelos ideológicos tradicionales. Sin embargo, estos se antojan, en el mejor de los casos, nostálgicos, y aún peor, sumamente inefectivos: simplemente no sirven. Los marcos de pensamiento del siglo XX están siendo puestos a prueba. Ni el marxismo clásico y sus hijos, ni la democracia descafeinada pueden explicar satisfactoriamente la realidad.

Las debilidades propias del esquema de la postmodernidad lucían de menor importancia a la luz de la promesa de progreso individual. Las condiciones materiales que ofrecía el capitalismo se presentaban con una esperanza mínima, aún en un esquema más “aspiracional” que real. En ese marco, no faltaba encarar la problemática de explicar la realidad. Sin embargo, ante la crisis sostenida de empleo, lo que antes era poco importante –una explicación del mundo- hoy se hace imperativo.

Estos no son momentos revolucionarios en los cuales bullen las ideas y las demandas por lo nuevo; en cambio predomina hoy una mera reacción, una insatisfacción, sin urgencias por algo nuevo -no hay que confundir urgencia con escozor-. En el presente existe una compulsión por mostrarse insatisfecho. Pero sin explicaciones, simplemente crecerán las muestras de desesperanza.

El fenómeno no es local, ni circunstancial, es… sistémico. Tiene que ver con el modelo económico, al cual le cuesta, cada vez más, crear empleos. Se trata de un fenómeno a nivel mundial. Se da sin importar región u orientación de los gobiernos. Desde la Primavera egipcia hasta las manifestaciones en Venezuela, sin dejar de mencionar las manifestaciones sociales ocurridas este fin de semana en España. La inestabilidad no es sólo de la política sino de los marcos conceptuales, de la explicación misma del mundo. En esa situación tenemos la sensación de que se acaban las certezas.

En estos tiempos subirán el volumen las voces nostálgicas, los llamados a un “pasado mejor”. Subirán las manipulaciones para controlar las masas por vía del miedo: los llamados al sacrificio por la patria, los discursos políticos con más llamados religiosos que un sermón, o con más promesas que un vendedor de aspiradoras. Pero mientras no nos atrevamos a rediseñar nuestros prejuicios, a inventar nuevos conceptos, a entender los límites (y los fracasos de los modelos conocidos), habrá poco que hacer. Si no logramos dar coherencia a nuestra visión del mundo, y respuesta a las expectativas materiales, seguirá la crisis y la sensación de desesperanza.

El mundo (de hoy) necesita explicarse y organizarse con conceptos nuevos, especialmente en lo político, lo social y lo económico. Las viejas recetas, los modelos fallidos, no pueden ser la respuesta a una realidad más compleja. Recomponer una cosmovisión acorde a ese mundo es el imperativo de los tiempos, a eso tenemos que disponernos.