Bernie Sanders no era más que un triste senador de Vermont que entró a la contienda por la nominación presidencial  demócrata a promover ideas. El primero que no creía que podía ganar una sola de las primarias del partido americano era él mismo. Las encuestas estuvieron en su contra por diferencias de dos dígitos por más de un año. Se enfrentaba a la muy calificada, conocida, carismática, ex primera dama, ex secretaria de Estado, exsenadora y muy experimentada política, Hillary Clinton. Sin embargo, demostró tener agallas, y a pesar de que el resultado terminará siendo favorable para Hillary, Sanders cambió el nombre del juego de plebiscitario a competitivo. ¿Cómo lo hizo?

Hillary no ha cometido errores, carga para bien y para mal con una dilatada carrera política, llena de decisiones difíciles. Sanders, por su parte, tiene un récord de posiciones legislativas. No es en el pasado de ambos donde podemos encontrar necesariamente ese elemento casi mágico que convirtió (y mantiene) al senador como un contendor respetable. Sanders se ha nutrido del rechazo que Hillary carga por su larga carrera pública; pero eso tampoco explica su relativo éxito.

Como a cualquier político, a Hillary se le puede rastrear cambio de posiciones, o declaraciones que son contradictorias con el relato que le propone al electorado actualmente. Sanders insiste en destacar, quizá de manera injusta, que ella no es coherente; y ese ataque ha ido subiendo en la medida en que la competencia arrecia. Este elemento, importante sin ninguna duda, no es el punto nodal que explica el avance de Sanders.

Tampoco podemos explicar el avance de Sanders en los recursos financieros y gasto en campaña porque sigue detrás de Hillary en donaciones recibidas; y para cuando ocurrieron sus primeros triunfos, su campaña era financieramente pobre. ¿Cómo logró Sanders retar convincentemente a una megacandidata como Hillary?

Lo logró no con una palabra, no con un “programa” mejor elaborado, no con una alianza secreta o un apoyo tras bastidores, ni con más dinero; Bernie lograr avanzar hasta casi hacer impredecible el resultado final por un concepto: autenticidad. Bernie Sanders fue Bernie Sanders. Sanders tiene un discurso populista; pero no tiene ese discurso por ser demagogo. Al contrario, decir, por ejemplo, “Netanyahu no siempre tiene la razón”, en el Nueva York de judíos conservadores, no es precisamente un acto de demagogia. Sanders, más que valiente, ha sido consistentemente auténtico. Y vivimos tiempos en el que la gente no te valora sólo por lo que dices, sino por la consistencia entre lo que dices y lo que eres.

La gran lección para la oposición dominicana: no se puede enfrentar al favorito sólo con campaña negativa (y menos sucia), no se puede denunciar o prometer sólo porque uno piensa que el electorado lo quiere; hay que ser auténtico. Y esa lección quizá ya le llega muy tarde a la oposición dominicana. No se puede ser defensor de causas en las que nunca se participó, no se puede alegar éxitos empresariales que no son propios, no se puede decir que se representa el cambio… caminando con lo mismo. Esa es la lección de Sanders.

 

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

LA PARANOIA POLÍTICA

“La paranoia es sólo otra palabra para definir la ignorancia.” ~ Hunter S. Thompson

¡Qué buen trabajo viene realizando Ángela Peña! En “Areíto”, domingo tras domingo, la periodista nos ha ido entregando desde hace semanas reportajes sobre la historia dominicana reciente. Esa crónica del ayer-presente, que suele ser la más difícil de hacer y que exige, además del rigor, mucha valentía es la que los historiadores más rehúyen. En nuestro medio, más de una vez se ha argumentado que alguna cosa no se puede discutir, investigar o publicar porque los actores están vivos y que hay pasajes muy dolorosos para ser constados. Así, algunos rasgos de nuestra sociedad actual quedan como un eslabón perdido; reducido al espacio de un espasmo nostálgico. Por lo tanto, que alguien con rigor se atreva a no olvidar es un hecho a aplaudir.

El domingo anterior, en la sección nombrada, la autora vuelve sobre un aspecto de los gobiernos balagueristas de los 12 años: la paranoia de las personas encargadas de la seguridad del Estado. En dicha entrega se vuelve a puntualizar que los militares balagueristas estaban que “veían conspiraciones hasta en la sopa”. Ya el domingo 19 de marzo de este año, había escrito que en el año 1967 los altos mandos militares habían elaborado “el más voluminoso informe” sobre el alzamiento de Sabana Consuelo, en Las Gordas, Nagua, y que había culminado con la muerte del “guerrillero comunista” Rafael Chaljub; el cual no ha estado muerto desde entonces, pues lo abracé la semana pasada en el velorio de Magaly Pineda. El muerto había sido otro.

También en 1967, según el trabajo de Ángela Peña, la seguridad militar de Balaguer había advertido de brotes guerrilleros, al punto de documentar supuestos enfrentamientos sangrientos y duros… que simplemente nunca ocurrieron. Y así, el domingo anterior, y el anterior, y el anterior, en un documento invaluable de esa paranoia política que tuvieron los llamados a garantizar el orden y que tenían la seguridad del Estado como responsabilidad.

Algunas conclusiones claras se desprenden de esos trabajos. Primero: que el presidente Joaquín Balaguer no estaba enterado con la suficiente rigurosidad para que tomara decisiones adecuadas; y no le importaba. Segundo: que los llamados a fomentar el orden generaron intranquilidad antes que conseguir la reconciliación y la paz. Tercero: que la pérdida de vidas en ese período, injustificables desde cualquier punto de vista, fueron además producto de inteligencia viciada y manipulada. Cuarto: que en muchos casos de sangre no había objetivos políticos específicos, y que se derivaban de dichos informes manipulados.

De esas conclusiones se abren preguntas para los historiadores. ¿Qué objetivos tenían los militares y la seguridad del Estado en desinformar a sus superiores y al Presidente Balaguer? Además de un objetivo general, en el contexto de la época ¿Había un sistema de incentivo que propiciaba la represión sin fines estrictamente políticos? ¿Cuántos apresamientos y muertes se hicieron fabricados para obtener dádivas? ¿Qué “premiación” recibían los “paranoicos” de sus superiores y del presidente por el “deber cumplido”?

Y de esas preguntas, un aprendizaje para el futuro: el país que no se toma en serio los Derechos Humanos y que no respeta el Estado de Derecho paga el precio de exterminar generaciones valiosas, de perder el sentido de la humanidad en sus instituciones y de debilitar el respeto por sus autoridades y por la autoridad… para beneficio personal de los “paranoicos” lo que lo hace un doble crimen y una pérdida más difícil de resarcir. ¿Cuánto nos define en mal aquel pasado-presente?

 

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

En el 2015, el oficialismo venezolano, en boca de su ministro de Petróleo y Minería Eulogio Del Pino, en la reunión ministerial 167 de la OPEP fue enfático en decir “es necesario evitar que lleguemos a ese nivel de inventarios”, de lo contrario, se registrará la “catástrofe” de que el precio del petróleo se desplome a 20 dólares. El también presidente de PDVSA pidió que se redujera la producción del petróleo en al menos 1.5 millones de barriles diarios.

Entender qué determina el precio del petróleo pasa por dos grandes momentos: la producción, que no puede detenerse aunque sí controlar su ritmo; y el manejo de los inventarios, que supone un coste importante, pues exige grandes inversiones en infraestructura para el almacenamiento. Es necesario comprender que lo que afecta el precio del petróleo en el corto plazo es precisamente el nivel de inventarios. Disminuir la oferta en un momento determinado significa aumentar el inventario y los costos de almacenamiento; no es una decisión sin consecuencias.

Es razonable pensar que para la industria petrolera, incluidas grandes e influyentes empresas trasnacionales, es conveniente un precio de petróleo con un equilibrio mayor que el predominante. Si eso es así, ¿por qué no han logrado reducir lo suficiente los niveles de producción?

La respuesta pasa, además del argumento casi cliché de una caída en la demanda, por la desaceleración china, la mayor eficiencia en los vehículos de motor, el avance en la fabricación de vehículos eléctricos (TESLA y media docena de marcas chinas) o híbridos y la diversificación de las fuentes de energía de los grandes países industriales, y por una mejor y más simple: no pueden.

Esa razón tiene que ver con el mercado y no con la especulación. En esta industria, los mercados a futuro no son promesas, son compras en firme. Ningún productor pesa tanto como para influir en los precios. La OPEP —efectiva en el pasado— representa el 30% del mercado mundial, y ya no puede actuar como bloque, no tanto por razones políticas como por lo heterogéneo de su estructura de producción y de costos. Algunos países, como Arabia Saudita, pueden resistir sin producir por mucho tiempo, pero su estructura de costo les permite tener márgenes de ganancia aún a precios relativamente bajos, por lo que no está claro el incentivo en bajar la producción. Venezuela, en contraste, no modernizó su industria y se ve hoy en el dilema de proponer, como lo hacen, recortes a la producción para presionar los precios, al tiempo que dependen de mantener altos sus volúmenes de ventas para generar “cash-flow”, logrando así atender sus compromisos financieros (las emisiones de bonos de PDVSA como los soberanos).

Alcanzar mayores precios por ajustes en la producción es algo que ni Venezuela —que lo propone y necesita— ni ningún otro país productor puede cumplir. En este caso, los mercados funcionan. Los precios subirán cuando tengamos de nuevo más demanda. El monitoreo y entendimiento de esto es crucial para RD que debe aprovechar inteligentemente estas fluctuaciones.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

Fuentes:

1- http://www.elmundo.com.ve http://www.elmundo.com.ve/noticias/petroleo/pdvsa/del-pino–petroleo-puede-caer–20-mas-si-no-se-rec.aspx#ixzz43IBfoJow

2- http://www.eleconomista.com.mx http://eleconomista.com.mx/industria-global/2015/06/01/plan-pdvsa-exige-ajustar-meta-inversiones

3- http://www.elmundo.com.ve http://www.elmundo.com.ve/noticias/petroleo/pdvsa/pdvsa-supera-indice-internacional-de-accidentes-de.aspx#ixzz43I6Qd9ia

4- OPEP

Reporte OPEP – Enero: http://www.opec.org/opec_web/static_files_project/media/downloads/publications/MOMR%20January%202016.pdf

Reporte OPEP- Febrero:http://www.opec.org/opec_web/static_files_project/media/downloads/publications/MOMR%20February%202016.pdf

 

 

El origen y la razón del Día Internacional de la Mujer

 

Este artículo no es sobre describir a Danilo Medina, por ello entrecomillo el título, sino sobre la legitimidad de preguntar quién es un candidato, y sobre el no tan legítimo esfuerzo que un seguidor o un opositor pudieran hacer de convencernos que un candidato es de una determinada manera. Hago referencia al artículo publicado en este mismo periódico el 28 enero, 2016.

Es legítimo para el votante preguntarse quién es un candidato. Ese es un esfuerzo que tiende a situarnos. Diría que no es sólo legítimo, sino necesario. El votante tiene que animarse activa y responsablemente a relacionarse en sus propios términos con aquel que le pide su voto; cuestionar en el mejor sentido de la palabra antes que aceptar pasivamente el discurso a favor o en contra que recibe de los medios. Esos términos son muy personales; cada votante es un mundo.

A una figura pública nunca la podremos ver en toda su humanidad, ni con todas sus virtudes, ni con todos sus defectos; en un sentido, porque no se conocen todas las facetas. Ni los padres de sus hijos, ni los matrimonios de sus parejas, ni nosotros al vernos ante el espejo. El ser humano no se reduce a etiquetas. Somos nosotros y nuestra circunstancia; no hay una esencia, lo que hay es una interrelación con los demás. En otro sentido, porque saber quién es el candidato se desdibuja en la intencionalidad de la propaganda que deliberadamente quiere destacar o disminuir los rasgos convenientes para modificar el ánimo del potencial votante.

Todo discurso público sobre un candidato es un acto de propaganda, pues tiene el potencial de afectar la intención del voto. Es legítimo hacerlo. No tanto lo es usar argumentos “ad homini”, las descalificaciones morales o la mentira. El votante debe, sin embargo, estar advertido que todas esas herramientas son más comunes que raras en las contiendas electorales y que, lamentablemente, por ilegítimas que sean, suelen ser efectivas, aunque fraudulentas. Esas herramientas son fraudulentas en tanto que reflejan más la calaña de los que las esgrimen, antes que ser una ayuda para responder razonablemente la pregunta de quién es ese que se me presenta como candidato.

Estoy convencido de que no es la calidad de la oferta electoral lo que se hace imperioso cambiar en RD, es la calidad del razonamiento a la hora de votar lo que estamos imperiosamente necesitando. No ayuda que la “inteligentzia” dominicana, sea partidista o no, se sume a las herramientas propias del politicastro, renunciando a aportar esas más necesarias y urgentes herramientas que brindan la razón, el análisis, el contexto y la crítica.

Así, a la pregunta de quién es un candidato, y ante la ausencia del esfuerzo crítico de nuestros intelectuales, le queda la tarea al votante de responderla. Lo que dice o hace debe verse bajo la luz de su contexto político, social, histórico. La valoración que cada quién haga de eso que dicen o hacen los candidatos es lo que nos hace libres, si se establece quitando el ruido que en los textos suelen tener la forma de adjetivos.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

LAS ELECCIONES DEL 2016

Las elecciones de este año parecen más un plebiscito de la gestión del presidente Danilo Medina que una competencia, tal como dice la politóloga Rosario Espinal. Si alguna incógnita cabe sobre el resultado electoral, lo es sobre qué porcentaje servirá para un resultado en primera vuelta, pero no hay dudas de que sería el actual presidente el que resultaría ganador. No habría razones para que el calor electoral se eleve de manera sofocante, como está sucediendo, al menos que entendamos que no es la lucha presidencial la que realmente está generando el sofoque.

Se juegan algo más de 4 mil puestos nacionales en los niveles congresual y municipal, y el enemigo parece residir en la propia casa de los partidos en contienda. Es decir, en el 2016 hay quienes ya están jugando, como si fuera hoy, el 2020; a veces en contra del candidato presidencial.

El proceso de selección de candidaturas congresuales y municipales ha resultado complejo y tan largo que ninguno de los partidos a la fecha ha logrado completar su oferta. La complejidad, en gran medida, se deriva porque las candidaturas presidenciales están más involucradas de lo debido en ese proceso. El mensaje tácito parece ser que para que alguien pueda ser candidato a senador, diputado, alcalde o regidor necesita asociar su nombre, honor y lealtad a la candidatura presidencial.

Lo que es igual no es ventaja, dice el adagio. Sin embargo, la oposición, atomizada de por sí por las diversas propuestas presidenciales, se nota distraída en afanes internos que ya debían estar resueltos para estas fechas. El proceso se ha alargado demasiado, afectando la creación de liderazgos sanos que luego pueden ser contrapesos (o apoyos críticos) en sus distintos niveles y representaciones efectivas que fortalecen la democracia.

Este proceso, que no terminará hasta las elecciones mismas, hará que muchos candidatos que deberían estar construyendo una relación con sus posibles electores estén, por el contrario, armando movimientos, caravanas o charlas alrededor de la propuesta presidencial. Si indeseable es que esto ocurra al nivel oficial, más significativo y preocupante es que ocurra en la oposición. Alguien le ha vendido la idea errónea a los aspirantes presidenciales de la oposición de que puede haber una segunda vuelta, y que allí, un error aún mayor, podrían tener un resultado que les favorezca. Apoyan su discurso con este idílico panorama, en vez de empeñarse en reconstruir el sistema democrático, trabajando en un proceso dialéctico y propositivo que sólo puede ser efectivo con cuotas reales de poder; es decir, ganando escaños y puestos administrativos.

En resumen, y eso explica el risible proceso de transfuguismo del cual la sociedad dominicana ha sido testigo: todo lo anterior ocurre en un contexto “del enemigo en casa”. Proceso que es aún más opaco y con demasiados detalles para atenderlo en este espacio.

Las elecciones del 2016 son un plebiscito, pero la guerra es por el 2020. Las elites no partidistas se distraen en exigir debates; los aspirantes nuevos, en no tener miras; y los expresidentes, en jugar en el tablero que no les corresponde.

 

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

Lo que se diga a favor o en contra del merecimiento del Premio Pedro Henríquez Ureña otorgado al escritor Mario Vargas Llosa tiene poca importancia, ya que desde 1952 a la fecha quedan pocos reconocimientos relevantes que no le hayan sido otorgados, incluido, el premio Nobel de Literatura, en el 2010. Es obvio que no discutimos si el premio es o no merecido.

Se ha querido, para evitar tan infeliz argumento, situar el debate en el plano de la soberanía. Según este argumento, los miembros del jurado no debieron, por ser representantes del Estado(?), reconocer al autor del artículo Los parias del Caribe porque ofende la dignidad nacional, al comparar (siempre según los detractores) a los dominicanos en general con los nazis de 1930. Eso a pesar de que en el artículo Vargas Llosa deja claro que los votos disidentes en el Tribunal Constitucional, la posición de muchos dominicanos en contra de la sentencia y la actitud solidaria de los dominicanos (pone como ejemplo positivo las medidas del expresidente Fernández a favor de los afectados por el terremoto) salvaron el honor del país, al tiempo que menciona que la verdadera cara de los dominicanos es precisamente contraria a los fundamentos discriminatorios de la fatídica sentencia.

Es decir, se admite que las novelas del laureado escritor – Conversación en la Catedral, Historia de Mayta, Los Cachorros, Pantaleón y las Visitadoras…- son buenas, pero no lo son sus ideas; especialmente la del citado artículo, fundamentándose en una cosa que no dice: los dominicanos somos nazis.

Lo que hay detrás de tanta sensibilidad nacional no sólo es una falta de lectura comprensiva preocupante, sino un intento peligrosísimo, típico de las ideologías totalitarias, de imponer un discurso que poco tiene que ver con el premio, y que menos tiene que ver con el escritor peruano. Un discurso que busca establecer que toda actitud de ejercicio crítico sobre lo que ocurre contra el poder – en este caso frente al Tribunal Constitucional y las instituciones que manejan el tema nacionalidad, identidad y migración- es un ataque contra la soberanía nacional y contra la dominicanidad.

También hay, en el coro, gente que no se da cuenta bien de qué va la cosa y le tiene guardadas ciertas cuentas ideológicas o históricas al Nobel. Por ejemplo, los muy de izquierda no le perdonarán haber sido crítico de las dictaduras y haber puesto en ellas a la de Cuba. Tampoco le perdonarán haber visto en imprenta lo que estaban cansados de oír en sus casas sobre la era de Trujillo, y que resultan incómodas, especialmente si se piensa lo trascendente que resultan… olvidando en ese resentimiento que La Fiesta del Chivo tiene como ficción la verdad; quizá es por eso que la consideran más peligrosa que los libros de historia… que nos negamos a leer.

Sin embargo, nada de lo anterior es importante. Aquí lo fundamental sigue siendo que es verdad que quitar papeles, que no reconocer derechos, que legislar o emitir sentencias para perjudicar grupos específicos es comportamiento de nazis. Y que también es verdad, que oculto y a veces difuso, el racismo dominicano no se discute, ni se reconoce, ni se enfrenta. El premio no es lo importante; la manipulación del tema migratorio y de identidad con fines mezquinamente electorales sí lo es.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

En el país todos somos expertos en dos “pes”: pelota y política. A la tercera –p-, que es la más importante (progreso), le estamos dedicando menos tiempo y energía de la que debería. Vale la pena tomarse en serio las pocas propuestas que de cuando en vez aparecen en el escenario nacional, precisamente por lo raro que resulta. Fernando Capellán, hace algunos días, compartió a través de las redes diez propuestas para mejorar la competitividad.

De entrada, dos son muy polémicas: la reforma al código de trabajo y el cambio en la política cambiaria. Una de las diez tiene mucha resistencia política, a pesar de reconocerse ampliamente la necesidad de fomentar un mercado eficiente y competitivo en el sector de transporte terrestre de carga. Algunas otras son de índole institucional y educativa, y probablemente necesiten más creatividad que recursos. Hay otras que están más dentro del ámbito de la focalización; es decir, que pocos se atreverían a decir que son difíciles o innecesarias, como la reforma al servicio exterior, el empoderamiento de la mesa de exportación y la aplicación de los informes de desarrollo y de la ley. Y, finalmente, la que el empresario considera la más importante: salir de la zona de confort.

Deberíamos debatir cada una de las propuestas. La competitividad no es un tema banal, ni pasajero. El cambio de modelo económico, sugerido hace más de una época por el empresario don José León, hoy se ha convertido en un imperativo, dadas las circunstancias estructurales de nuestra economía y la disonancia con los mercados externos que se muestran inestables. Los paradigmas económicos (no importa la ideología) han sido probados de alguna manera, y todos se antojan insuficientes para los retos que un mundo cambiante exige. Vale el esfuerzo de que, aún sea de forma superficial, incorporemos en nuestro repertorio de “pes” el progreso como centro del debate nacional.

Si seguimos siendo expertos en dos “pes”, atrapados en un conformismo por los pírricos avances que alcanzamos en algún indicador económico o social, y debatiendo todo como si el tema público fuera exclusivamente electoral, puede que el espejo de otros países (Venezuela, Puerto Rico, Brasil, Grecia, Portugal) nos refleje lo peor de nosotros mismos y se haga tarde para lamentos. Hasta ahora, hemos sorteado con gran efectividad muchos retos, pero no hemos resuelto los problemas estructurales; necesarios para enfrentar el futuro cercano.

No nos ha ido del todo mal, pero debería indignarnos que hayamos permitido que algo peor que el pesimismo haya inundado nuestras fibras nacionales; me refiero al conformismo, a pensar que lo que tenemos ya está bien, que estamos en una zona de confort, que será un espacio del cual no nos movemos, pero que no tiene nada de cómodo, ni confortable; peor aún, ni siquiera seguirá siendo sostenible.

Vale disponerse sin prejuicios a profundizar las propuestas para construir nuestro futuro. Salir de la zona de confort empieza con derrotar una idea que parece prevalecer: dominicano que piensa, a su país traiciona. Hay que disponerse a pensar juntos.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

Algunos autores penetran tan fuertemente en el espíritu del individuo que pasan a formar parte de los nervios y las entrañas, más allá de la erudición. Se vuelven parte integral de uno mismo. Sus ideas resuenan, martillan, conviven con el potencial vital de un lector individual, de toda una generación o incluso de una nación. No suelen ser autores de guión, malabaristas de la palabra o mercenarios del pensamiento; al contrario, son de quienes su primer enfrentamiento es con ellos mismos. Valientes en sus alcances, capaces de reescribir sus ideas, enfrentar a sus coetáneos y asombrarse de la realidad sin morir en el intento, pero arriesgando la vida en cada razonamiento. Son autores íntegros, apasionados, sin miedo a las contradicciones, pero comprometidos con la coherencia. De esa estirpe es Octavio Paz.

Esencialmente un poeta, entrenado en ver con asombro lo que otros ven con aburrida cotidianidad. Pudo, desde los versos hasta el ensayo, ser el mejor cronista de habla hispana de su mundo. No hubo un tema que no abordara con especial ingenio. Desde el feminismo, al cual atribuyó el fracaso de no haber podido feminizar la sociedad, hasta la estética. Octavio Paz abarcó con pasión crítica un enorme registro de conceptos y temas diversos, invitando al pensamiento, especialmente latinoamericano.

El siglo XX, del cual fue protagonista y observador, estuvo plagado de ismos: socialismos, capitalismo, feminismos, etc. Un siglo que empezó con grandes revoluciones como la mexicana (1910) o la rusa (1917), y que terminó formalmente con el augurio de un choque de civilizaciones el 11 de septiembre del 2001. Fue un siglo en el que terminó una historia para que renaciera una nueva, con otras tintas y otras estéticas. Un siglo XX que parió directamente el que nos toca vivir ahora, y que exige más que nunca la necesidad de tener un verdadero espíritu crítico.

La decadencia de las humanidades y la decadencia del amor son la decadencia misma de la noción de persona, y así lo advirtió con tono casi profético Octavio Paz. Admirador del mayo de 1968; miró, sin el susto que sufrió Ratzinger en París, que lo ocurrido era una exaltación al culto de la personalidad, y no tanto una revolución como las que marcaron el inicio del siglo XX. Se suma a los pensadores que advirtieron la crisis de la modernidad. Y de los que con más tino habló al conglomerado latinoamericano advirtiendo de los peligros de los autoritarismos… y de la imperdonable vocación de creer que los gestos pueden sustituir los actos.

Este año lo inicio así, con pasión por las ideas, ocho años después de la primera gran crisis económica (todavía faltan unas cuantas más); y no sólo por rendir homenaje al gran poeta y pensador, Octavio Paz, sino por tenerlo como referente en un mundo que a veces amenaza con cometer los mismos errores que llevaron a la humanidad al borde del abismo, y por tener el candor de creer que con un pensamiento crítico quizá podamos tratar de evitarlo.

 

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

LE CHEF

La palabra francesa «Chef» significa, literalmente, ‘jefe’; aunque en la actualidad se refiere casi exclusivamente a la persona más importante en la alta cocina. El chef ha ganado prestigio mundial; es el héroe popular moderno.

¿Las razones? En el pasado, el derecho al disfrute estaba destinado a las clases altas, nobles, reyes o papas. El arte era accesorio, sea música o pintura. Y no digamos la cocina… todo; más para reforzar el estatus, y no tanto para la elevación del espíritu. El artista, a lo largo de los siglos, ocupó un escalafón un poco más elevado que el comediante o el juglar. El artista estaba solo, a veces secuestrado por la afectación de su público.

En los tiempos que corren, más y más gente ha pasado de la superficialidad a un cierto refinamiento, si no del espíritu, al menos de los gustos. Y si bien, tal como dice Vargas Llosa, la cultura está más orientada al espectáculo que al espacio que debía ocupar el esfuerzo de elevación del espectador, no es menos cierto que ahora más diversidad de gente puede acceder al disfrute del arte.

El artista es otro, y su potencial espectador también. He aquí que están las raíces de por qué el chef es el héroe moderno, uno que no muere en una guerra, ni salva a nadie, ni siquiera se dedica a otra cosa que a lo inmanente; un objeto artístico efímero que muere en un instante… en el paladar. El chef al atreverse a nuevas técnicas -la cocina molecular, la fusión de sabores, al reto en la creación- se encontró con un público receptivo, orientado a los placeres, con sensibilidad para entenderlo. El chef es el héroe moderno porque el epicureísmo ha triunfado. Hay un artista nuevo que entró a la cocina, y hay un espectador nuevo que está dispuesto a entenderlo.

Algunos intelectuales (Savater, entre ellos) han reaccionado críticamente, quizá sintiéndose desplazados contra esta moda de protagonismo que ocupa el nuevo artista de nuestros tiempos. Los argumentos se centran en la notoriedad rayando en el espectáculo que acompaña la creación gastronómica: un nombre, una historia e incluso, una leyenda, a veces un farsante (igual que en toda manifestación artística).

Otras críticas más ideológicas y menos auténticas, asocian la gran cocina con la riqueza y la ostentación. Esa crítica es como una sopa Campbell, un enlatado que sólo puede ser degustado si no hay absolutamente ningún remedio. Así como hay obras de arte Kitsch, hay críticas de la misma índole. Al final, la alta cocina tiene que ver más con atreverse a la creación que con el dinero.

El pensador no tiene por qué ser el centro (si alguna vez lo fue), y puede perdonar su temporal desplazamiento, siempre que sea sentado a la buena mesa, sorprendido por la creación cuidada, hecha para el deleite, por el nuevo artista del barrio: Le Chef. Después de todo, no hay que olvidar que Sócrates hacia sus reflexiones en los banquetes.

La moda gastronómica no es un síntoma de decadencia de la cultura. Al contrario, la buena cocina exige pasión; es decir, amor, dedicación y creatividad. Todos atributos del artista. El que no puede apreciar lo que un chef hace, puede que no haya degustado los mantecados (como los de mi abuela) o algún otro plato memorable. Y peor, el que no puede apreciar la propuesta estética de un plato, puede que tampoco sea capaz de ver lo sublime de un cuadro, un poema o una obra musical.

 

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

A %d blogueros les gusta esto: