LA DERECHA DESNUDA

Por José Manuel Guzmán Ibarra

 

La derecha dominicana admite ser nacionalista y no tiene ningún reparo en establecer críticas a la democracia; se distancia con énfasis de la izquierda marxista, desconociendo incluso a sus héroes y mártires, sin importar los aportes que esos sacrificios pudieran haber significado para la libertad en la República Dominicana. Niegan también la tradición liberal del dominico Montesinos, Duarte y Luperón. Para los de derecha, lo relevante de Duarte es que nos separó de los haitianos, sus ideas antiracistas, de justicia y libertad, no es algo que suelan citar.

Igualmente, hacen alarde de su proteccionismo económico en el que no cabe la idea de inserción internacional, y las políticas comerciales deben colindar con sus planes de desarrollo nacional. Defienden las empresas locales, pero exclusivamente regidas por la intervención del Estado. Las leyes de mercado deben supeditarse a los designios políticos de un partido único.

Es parte de su identidad, destacar la cultura dominicana, inventando un pasado cuasi mítico para contraponerla “a las influencias externas”, como si el merengue típico fuera posible sin el acordeón alemán. Su discurso en defensa de la dominicanidad se centra exclusivamente en valores que ellos llaman patrióticos, y de forma enfática niegan toda otra tradición de religiosidad no católica, dejando de lado el sincretismo y todo vínculo con la herencia africana, al tiempo que desprecian ahora más tímidamente -por razones tácticas- a otras denominaciones cristianas.

Tienen una muy poco cuidada animosidad contra personas de otra nacionalidad, especialmente si son haitianas. Se cuidan mucho -eso sí- de usar términos racistas, pero desde que hay expresiones que buscan fortalecer parte del legado africano, sea en la forma de llevar el pelo, la ropa u otras manifestaciones culturales, por más genuinamente dominicanas que sean, las tildan de “haitianizantes”. En lo formal, se niegan a ser catalogados de racistas; su actitud, sin embargo, no es la de condenar las manifestaciones discriminatorias. Al contrario, no aceptan, por liberales, toda ley que busque corregir, castigar o enmendar la discriminación.

Algunos de los elementos de la desnuda y muy coherente derecha dominicana pueden ser comunes para el espectro de otras geografías ideológicas. Sin embargo, tener todas juntas las hace ser por definición una ideología nazi; como ocurre con la ideología nacional- católica española, la fascista italiana de Mussolini o la de Perón en Argentina, la del Partido Dominicano de Trujillo o la nacionalsocialista de la Alemania de Hitler. Y esto por descripción, no por ser peyorativos.

El término “Nazi” devino en un término peyorativo por alguna razón, y reaccionan emocionalmente al concepto; no quieren que los describan como tales, a pesar de que es muy fácil demostrar que tienen todos sus elementos, pues incluso del pangermanismo y el antisemitismo tienen sus equivalentes caribeños. No les molesta tener todas esas características. Les preocupa que les pongan nombre. El término, vale recordar, resultó ser peyorativo porque no sólo fue una ideología derrotada militarmente, sino también moralmente. No sólo es vergonzoso que te llamen nazi; serlo también denota vergüenza.
La derecha dominicana busca recuperar la hegemonía de antaño. Es una derecha de añoranzas por un pasado que sólo tuvo esplendor para una élite, y no así para el país. Citan paradójicamente a Whitman, que representa todo lo contrario a lo que ellos impulsan. Aquel que dijo: “Yo soy Walt Whitman… un cosmos”. Idea, la de ser un cosmos, que parece perturbar mucho a la derecha dominicana, tanto o más que la idea misma de libertad.

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Por José Manuel Guzmán Ibarra

Decía Ortega y Gasset que la primera de las instituciones sociales, incluso la más importante, era la conversación. La fuerza viva de una nación era la que se daba en los parques, los cafés, los pasillos… Y esto así, porque el pensador español creía que la razón histórica nacía de la razón vital; esa que tiene cada individuo en unas coordenadas temporales específicas que lo definen y lo retan permanentemente a salvarlas: yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella, no me salvo yo.

Los libros de historia son ensayos que se escriben con los hechos que se recogen a partir de normas científicas estrictas; la mayoría de las veces, dejando fuera la savia vital de la biografía de los contemporáneos. La literatura llena el espacio con las novelas; que son como una biografía social, en tanto que se construyen con el lenguaje, aunque la narración sea pura fantasía.

Si uno quiere saber cómo era la sociedad de una época, uno lee una novela, mejor que un libro de historia. Sin embargo, hay personas reales, testigos o protagonistas de hechos concretos de la vida de una nación que llevan en su biografía la llave secreta para entender la historia. Antes, en un pasado mítico, la tradición oral era suficiente; hoy, con sociedades complejas -con relaciones familiares quizá más afectivas, pero menos apegadas al legado- sólo la labor del biógrafo curioso logra desentrañar mediante investigación de cartas, diarios, testimonios y algo de imaginación la psicología del individuo, que al tiempo que impactaba en lo social, era definido por su tiempo.

El tema es que el biógrafo inventa en algún grado. Por lo tanto, el género autobiográfico, aunque sugiere alguna intimidad, tiene la visión fresca de lo acontecido de primera mano. Es la única intromisión a una intimidad que es permitida.

En nuestro país, desde Balaguer hasta Fernando de Lara Viñas, desde Jorge Blanco hasta Diógenes Céspedes, desde la historiadora Mukien Adriana Sang hasta el también historiador Bernardo Vega han intentado la autobiografía no como un acto de autoreferencia, sino como un acto de honestidad vital.

Para que la autobiografía tenga algún valor, más allá de las delicias o carencias del lenguaje, tiene que ser un acto de honestidad intelectual.

De lo contrario, es un anecdotario, un álbum de familia, algo que no trasciende el espacio personal. Manuel Matos Moquete escribió, por ejemplo, la más valiente autobiografía que yo haya leído, La última conquista armada, donde el autor conquistó sus propios fantasmas para el deleite del lector, pero para legado de todo aquel que quiera entender a profundidad la expedición caamañista en contra del gobierno de Joaquín Balaguer.

Bernardo Vega hace lo propio. Prolijo en el lenguaje (me pregunto si cuando se casó con Soledad Álvarez lo hizo, además de con separación de premios, con separación de correctores), elegante en la narración, preciso por su formación de historiador y con un humor que recuerda quizá su formación inglesa. ¿El resultado? Un libro: Intimidades en la Era Global. Memorias de Bernardo Vega, que califica como una de esas lecturas obligadas y placenteras.

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Por José Manuel Guzmán Ibarra

El presidente Danilo Medina, en un discurso durante la campaña electoral, esbozó en la Cámara Americana de Comercio su visión económica; y dirigiéndose a los empresarios dijo: “Ustedes, mejor que nadie, saben lo que significa tratar de hacer cosas con presupuestos limitados”, para terminar con lo que se convertiría en una constante en su discurso sobre el tema económico: la necesidad de un pacto fiscal.
Desde el año 1984 se han realizado cambios que permitieran apuntalar la restructuración del modelo económico, que en aquel entonces se fundamentaba en el soporte que le daba EE. UU. al precio del azúcar. Eso conllevó a reformas fiscales que buscaban evitar el colapso de las finanzas públicas. Esas reformas criticadas desde la oposición, luego fueron profundizadas desde el gobierno en 1990, y así sucesivamente cada cierto tiempo.
Aunque es justo decir que en todas esas ocasiones el impacto fue positivo, en corto y mediano plazo, manteniendo ritmos de crecimiento favorables de los cuales los sectores más acaudalados de la población recibieron beneficios tangibles, no es menos justo indicar que las reformas tributarias no redistribuyeron con suficiente rapidez la riqueza, ni apuntalaron suficientemente la senda del desarrollo. Al pasar balance, también hay que decir que los niveles de presión tributaria medida por sectores pueden resultar realmente altos en algunos de ellos; pero en el agregado, seguimos siendo un país por debajo de los estándares de la región.
De nuevo estamos ante una disyuntiva. La estabilidad fiscal dominicana es insostenible en el largo plazo, y el financiamiento del déficit exige racionalidad y prudencia, pues las fuentes se antojan impredecibles e insuficientes. Mientras, es innegable que el país que queremos cuesta, y éste no se puede lograr sobre la base de la reducción del gasto. ¿Seguimos por la vía del endeudamiento?
Aunque previsión y suerte han jugado a nuestro favor, no es razonable que sobrestimemos nuestras capacidades económicas ni que juguemos al endeudamiento sin tomar en cuenta la presión que su servicio le genera al gasto público. Así, el pacto fiscal no es un eufemismo. Sin embargo, tampoco es un eufemismo que la presión tributaria tiene que poder alcanzarse más allá del parche fiscal, y que es necesario un pacto estructural que prepare la economía para una mayor calidad y mejor programación del gasto, una más eficiente redistribución del ingreso (menos clientelar y cortoplacista), un aumento en nuestras capacidades productivas y de competitividad, y un mejor apuntalamiento a las fuentes generadoras de divisas.
Eso implicará más impuestos para algunos, despolitización de algunos precios que siguen controlados (como los peajes), mejor régimen administrativo y políticas sectoriales inteligentes. También exigirá un empresariado responsable, orientado a exigir señales de precios claras y sin distorsiones (sin subsidios, exenciones, generales), y dispuesto a tomar riesgos para mejorar sus ofertas a los mercados. No sólo necesitamos un pacto fiscal, necesitamos un pacto estructural; uno que nos permita afirmar que nuestra sociedad ha dejado el infantilismo y que se dispone a ser justa, equitativa, razonable… adulta.

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Por: José Manuel Guzmán Ibarra

Vivimos una nueva era de incertidumbres. No hay un área del conocimiento, sea ciencia, religión, o tecnología, que nos permita sentir que pisamos tierra firme. Ni esa superstición que tomó fuerza en los ochenta -que la economía podía ser previsible y que los mercados eran suficientes para autoregularse- ha podido sobrevivir indemne. El hito histórico que marca literalmente el derrumbe de las certezas fue el ataque a las Torres Gemelas el 11-S y la gran crisis del 2008. Desde entonces, cada año, ha habido al menos un sobresalto económico que no sólo tensa los mercados, sino que cuestiona los paradigmas económicos.

Ahora le ha tocado a Gran Bretaña regalarnos una sorpresa que provocará inestabilidad en los mercados financieros por algunos días más: Reino Unido y su ridículo intento de “brexit”.

La sorpresa es aún mayor, porque Reino Unido ya tenía una muy particular forma de estar en la UE. Desde su entrada, el 1 de enero de 1973, cuando la integración europea apenas se asomaba con alguna timidez en la forma de acuerdos comerciales y cooperación, hasta los más decisivos pactos de unión arancelaria, monetaria y de integración política, el Reino Unido estuvo sin estar. Así que es una gran sorpresa que hayan sido los ingleses, y no Grecia, Portugal,  España o Italia, quienes hayan planteado un brexit.

Y llama mucho más la atención porque en lo que respecta a los acuerdos arancelarios para los británicos no es novedad y, desde Francis Drake, siempre ha sido parte de su filosofía económica, Literalmente.. En materia institucional, creo que sería injusto no reconocer que las nuevas instituciones europeas tuvieron mucho de inspiración y participación británica. Aún más, su negativa a adoptar el ECU y luego el Euro nos permite cuestionar seriamente los argumentos que se esgrimieron para convencer a la mitad de la población para salir de la UE, pues siempre han tenido pleno control de sus políticas monetarias.

Finalmente, los británicos no son víctimas pasivas de lo que se pueden considerar los mayores errores de la UE en el manejo de la crisis económica; la actitud hacia las soluciones a la crisis que originalmente aplicaron desde Alemania no dista mucho de su paradigma tradicional.

Había que buscar un chivo expiatorio, y los que favorecían el brexit lo encontraron en culpar tanto a la UE como a las políticas migratorias, que por cierto tampoco son tan diferentes a las que tenían mucho antes cuando un súbdito de la reina, fuera caribeño o africano, era considerado un ciudadano británico.

El brexit no tiene sentido ni fundamentos económicos; no parece tener vías razonables de ejecución en el corto y mediano plazo. Sus efectos negativos, como la inestabilidad, deberían ser efímeros. Sin embargo, las bases sociales y políticas existentes a nivel mundial, que son las que provocan estos sobresaltos, nos están obligando a preguntarnos seriamente si no va siendo hora de abandonar explícitamente los paradigmas fallidos que fueron antagónicos en el siglo XX, sobre todo en el logro de sus objetivos. ¿Hasta cuándo vamos a seguir sin sentir la tierra firme?

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

La lucha política puede entenderse como una lucha por la creación y asignación de la riqueza de un país; un juego estratégico entre quienes hacen los negocios, quienes distribuyen los recursos de la actividad productiva y las proporciones. Más concretamente: la lucha política tiene que ver con el presupuesto nacional, tanto en lo que concierne al gasto como en lo que concierne a los ingresos: las ideologías, el manejo del conocimiento, y el debate político terminan siendo una batalla por él.

 Para explicar el funcionamiento de los mercados, Paul Samuelson había equiparado el dinero a votos, en ánimo de ilustrar cómo se formaban los precios en una economía de mercado. Sin embargo, el ejemplo en caso extremo, lleva a la pregunta ¿Qué pasa con los mercados imperfectos?  Por lo pronto, nos interesa señalar que si se tienen muchos “votos económicos”, habría la posibilidad de influir -a conveniencia de quien los concentra – en las decisiones económicas importantes, como en la actualidad es en nuestro país la discusión alrededor del tema impositivo.

 En este debate es común encontrarse con que un sector productivo o algunos sectores sociales se resisten a más impuestos bajo dos afirmaciones: primero, la concentración de los impuestos en pocos sectores, relativamente.  Y segundo, la malversación por corrupción o mala administración de los impuestos recaudados. No es mi intención entrar en la validez de esos argumentos. Busco, por el contrario, establecer un consenso en materia de gasto. ¿Tenemos claro cuál es el país que queremos?  ¿Cuánto cuesta? ¿Cuáles son esos consensos?

 El primer consenso sería que los fondos públicos deben administrarse correctamente, la corrupción debería castigarse ejemplarmente y la calidad del gasto debe mejorarse. Otro consenso sería determinar el objeto del gasto.

 Si tomamos los diarios, las encuestas y los programas de opinión, es obvio que hay una demanda por mejoría en los sistemas preventivos y represivos de seguridad ciudadana. Eso supone aumentos salariales razonables a los agentes del orden, modernización institucional y más tecnología, más gasto corriente (combustible, dietas, recursos). También hay demanda por mejorías en el sistema de salud; no sólo en la infraestructura, sino en los medicamentos, equipos y materiales gastables de la red de hospitales públicos. Los prestadores de servicios de salud demandan aumentos salariales importantes.

 Hay otros gastos que están establecidos por ley, como la Ley de municipios y el 4% de la educación; ambos en el espíritu de que la sociedad pueda recibir mejores servicios municipales y mejor calidad educativa para todos. El 4% de educación es una determinación del Gobierno.

 El presupuesto total para el 2016 es de más de 566 mil millones de pesos; la asignación en educación asciende a un monto de más de 129 mil millones de pesos, equivalente a más de 20% del presupuesto total. Tal como se ve, sólo este renglón es suficientemente importante en el presupuesto para demostrar que el país que queremos requiere de mayores esfuerzos económicos para el desarrollo de la educación. Si además sumamos la cantidad de parajes, municipios, áreas turísticas que esperan por más recursos, o la educación superior, la UASD, y ni  hablar de los temas de la inexistente investigación científica, o de prevención de catástrofes, tendríamos montos todavía mayores.

 El país que queremos tiene un costo; empecemos por poner un monto, aún sea ideal. Así podemos llegar más rápidamente a un sincero pacto fiscal.

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Un espacio para pensar

1.Al morir, el general me dijo…ve y escribe la historia; pero yo había sido el traidor

2.¡Qué bonica, Pilarica! ¿qué tienes que lloras?…”por lo que no tengo es que lloro…”. ¿Te incumplieron? “que no, que pagó y se fue…”

3. ¿Habrá uno sólo de los millones de que puedan hacer de mi vida una vida sin tí?…Fría, respondió, “sobrevivirás”

4.Hoy no, dijo. Hoy sí, dijo ella. ¿Mañana?, dijo él. Hoy, dijo ella. ¿Por qué? …porque se vale repetir.

5.En las calles de Madrid, olor a castañas y frio invernal…la veía pasar. Olé! tan bella que es la muerte y la dejamos pasar…

6. Ya dieron el chupinazo. Correría como el diablo a la cruz, el toro no estaba de fiesta. Y luego de ser alcanzado, él tampoco.

7.Lamento decirle señora, que su préstamo ha sido denegado. Ese día empezó una profesión nocturna

8.Arropadito, en su cama .Aunque estaba oscuro, pero…

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Por: José Manuel Guzmán Ibarra

En la literatura griega, el héroe es aquel que proviene de la unión de un dios con un mortal; un semidiós con los atributos de la divinidad, pero con una debilidad humana que le impide la inmortalidad. En la literatura medieval, en cambio, el héroe es un ilustre guerrero que se destaca por sus virtudes y hazañas, dotado de férrea voluntad e inhumana fuerza ante las adversidades. Modernamente, el héroe puede ser una persona común y corriente, tan mortal y tan desprovisto de virtudes que lo único que lo diferencia del resto es haber salvado de manera victoriosa una exigente circunstancia. Es decir, lo que lo califica como tal no son sus atributos personales, sino el haber respondido positivamente a un reto extraordinario.

Lamentablemente, sucede con mucha frecuencia que la historia deja de ser ciencia para convertirse en un subgénero literario; y es entonces cuando narra los actos recurriendo a la creación de héroes en sentido clásico: seres extraordinarios de gran linaje, de fuerzas sobrehumanas e ideas que los hacen inmortales. Planteado así, un héroe no es un modelo a seguir, sino un semidiós en el cual descansa la causa; por lo general patriótica, ideológica o nacional. Este ejercicio brinda una historia inalcanzable con un personaje excepcional, pero… ¡nos quita toda posibilidad de criticidad!

Así, si no fuera porque la historia no debería ser un subgénero literario -porque es una ciencia, y porque confundidos demandamos más héroes al tiempo que destruimos cruelmente los que tenemos- este ejercicio casi estético sería algo entrañable. Después de todo, las sociedades necesitan algunos mitos para construir su destino. 

Quizá la nuestra necesita algo más, pues refleja un vacío de conocimiento y un caos tal que esa disposición a reducir la historia a la fútil anécdota o a la idealización con tintes de ridiculez no permite a la fina inteligencia dejar pasar las distorsiones. La ciudadanía necesita la explicación de los sucesos desde las dinámicas sociales; los aspectos humanos presentes en la lucha por el poder político y por las condicionantes económicas. Si no podemos explicar de esa manera los hechos del pasado, estamos condenados a no poder entender los acontecimientos del presente.

Es cierto que en el héroe se encarnan las virtudes a las que aspiramos en cada momento, pues necesitamos admirar y poner en carne y hueso nuestro anhelo por ser mejores, para pensar que una meta es alcanzable; lo que resulta inadmisible es creer que un héroe es diferente de un ser humano, y que un acto heroico sustituye la necesidad de entender las circunstancias históricas. Un héroe es el que hizo un acto heroico… y eso debe bastar.

Es de una ingenuidad imperdonable considerar que un héroe es divino, como también es infantil querer ajustar cuentas con un hombre o mujer del pasado, especialmente si nos negamos a entender que la historia como ciencia no trata sobre los héroes, sino sobre las sociedades.

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No hay nada ingenuo en la lucha por el poder. No hay nada fácil, predeterminado, ni profundamente bondadoso al construir mayorías, que además, por definición, están en un constante cambio. La democracia es un instrumento falible, lleno de obstáculos, que proporciona la oportunidad de resolver los conflictos por la vía pacífica; y el único que puede regenerarse a sí mismo. Si el instrumento fundamental de la democracia -el voto- falla, entonces la sociedad habrá tocado fondo y dos caminos se erguirán por delante: o la dictadura o la anarquía.

En República Dominicana, la calidad del voto ha ido deteriorándose por la instrumentalización que han hecho los grupos que luchan por el poder. Aquí no tenemos, si acaso ese fue un argumento, un problema de enfrentamientos ideológicos. En mucho, el problema que vivimos en el actual y tortuoso proceso de conteo de votos se debe a la total ausencia de claridad ideológica; y peor, de falta de claridad en las ideas de los que se suponen son los llamados a proporcionar esa lucidez: los propios políticos.

El transfuguismo para definir posiciones electivas, en absolutamente todos los partidos, debió ser la primera advertencia de lo que resultó como el mayor desastre en la organización de unas elecciones desde los años 1990 y 1994. Se equivocan los que, indignados, creen que esto es un plan macabro para favorecer a alguien. Y también se equivocan aquellos que por defender la legitimidad de sus votos (y en ambos casos toca a todos los contendores de todos los partidos) pretenden obviar la realidad: el proceso fue mal diseñado y terminó siendo un verdadero desastre.

¿Alguien se atrevería a sacar las cuentas de quiénes han sido favorecidos o desfavorecidos? Ese ejercicio sería útil para entender que las aspiraciones individuales, legítimas y constitucionales, que se convirtieron en ambiciones personales e individuales sin límite ni disciplina alguna (ni siquiera mental), son la consecuencia de un proceso mal concebido y peor ejecutado; que tiene poco que ver con la lógica de los partidos. Aquí no ha habido ningún plan para realizar un fraude ni se puede hablar de ilegitimidad generalizada. Y, sin embargo, el proceso ha planteado una muy seria paradoja, ¿cómo dar por válidos los votos en el terreno de las traiciones, las componendas, las ambiciones sin brújula y el conteo defectuoso?

A pesar de la paradoja, el pueblo emitió su voto (instrumentalizado y todo). Sólo nos quedan los marcos institucionales para cruzar este charco de lodo; también nos queda el sentido común. Así, todos los contendores, los que resultaron o resultaran electos, como los que no, debemos hacer un alto. Deponer las malas artes y disponerse, aún con vergüenza ajena por aquel que debió ser la garantía del proceso, a construir futuro; y eso pasa por terminar lo mejor que se pueda este conteo de votos.

Inmediatamente después, hay que pactar el siguiente paso: hacer nuevas y mejores leyes electorales. Una ley de partidos pensada desde el ciudadano y no desde los partidos, nuevas autoridades electorales tanto en la JCE como en el Tribunal Superior Electoral. Dejémonos de juegos, que los que compitieron saben muy bien lo que pasó, y esto ya no es una advertencia. Nuestra sociedad ya tocó fondo. Esto ya llegó demasiado lejos como para no actuar con la responsabilidad que amerita.

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Queda por saberse cuántos senadores, diputados, alcaldes y regidores mantendrá el PLD. Alguno perderá, pero no hay dudas sobre una definición en la primera vuelta. Los medios que acostumbran, ya hace décadas, realizar encuestas electorales, han reiterado que el presidente Danilo Medina tendrá una victoria muy sólida; la última Gallup-Hoy estableció que el 60.3%. Así, la pregunta no es si hay una segunda vuelta, como trataron de posicionar los partidos opositores, si no “¿cuál es el compromiso de Danilo Medina al otro día de saberse los resultados?”.

La continuidad tiene sus mieles, es obvio. Sin embargo, tiene también sus retos. Un presidente que se reelige sigue siendo presidente cuando resulte presidente electo. No hay transición. Hay quizá una pequeña pausa para el festejo, pero no hay ya los famosos cien días, y por contundente que sea la victoria (60% es una cifra sin precedentes desde el triunfo de Bosch) la demanda por más, por más de lo que nunca se ha hecho, será prácticamente inmediata. La luna de miel de Danilo Medina tendrá un gran final: una victoria que se presume contundente, pero también marcará una nueva etapa en su relación con la prensa, la sociedad civil, y la ciudadanía. ¿Podrá repetir o replantear en términos los logros de su gobierno actual?

Un triunfo con tintes de aprobación en referéndum planteará el dilema para el presidente y su equipo de cómo manejar el resultado, cómo interpretarlo, cómo administrarlo. Una lectura sería que recibieron tal apoyo, que tienen un cheque en blanco; algo así como un premio por el excelente trabajo realizado. Otra interpretación, un poco más realista, sería la de entender qué tampoco hubo una real oposición, no sólo en el periodo electoral, sino durante los cuatro años. Recibir por encima del 50% para un presidente que se reelige, ciertamente es una aprobación. Sin embargo, la política es siempre expectativa, y en nuestro país más que en ningún otro, la esperanza para que las cosas malas mejoren y las buenas se incrementen es un elemento a tomar en cuenta, porque va más allá de lo electoral.

Dejando de lado que todos los aspirantes presidenciales del 2020 querrán sacar provecho de los espacios en blanco o los errores que pudiera cometer el nuevo gobierno, existen temas como la seguridad ciudadana, la sostenibilidad fiscal, la equidad y el fortalecimiento del concepto de ciudadanía, que aunque registran importantes avances, todavía tienen mucho espacio para seguir afanando con ellos.

En mi opinión, el triunfo tiene que recibirse con la misma humildad mostrada hasta ahora. Y en los hechos, eso va a significar un mayor esfuerzo en mostrar soluciones lo más cercanas a definitivas que materialmente se pueda. Especialmente en el tema económico, el saneamiento fiscal y la impostergable materia de seguridad.

Así, si Danilo Medina quiere dejar un legado, y no ser uno más que tuvo continuidad en el gobierno, debe ser fijando meta en lo “que nunca se ha hecho”, de forma tan definitiva, contundente y transparente como parece que lo será su triunfo el próximo domingo.

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El pastor Fleming mandó a borrar los murales que en las patronales de Barahona del año pasado habían pintado artistas para la ocasión. En su lugar, ordenó usar colores joviales y llamativos para en vez de los murales colocar el nombre de Jesús. Noble causa, puedo suponer, la de fomentar que la gente de Barahona vea un mensaje cristiano. No estamos seguros de que el medio utilizado —borrar las imágenes representaciones artísticas de Barahona de motivos marinos, salinos y colorido caribeño— fuera la mejor de las salidas. ¿Qué habrá motivado al pastor a esa acción?

Es probable que el pastor Fleming conozca muy bien la Biblia. Es posible, por ejemplo, que se hubiera inspirado para su acción de censura en el primer mandamiento de Moisés, en el cual Yahveh le recuerda a Israel que solo a él deben honrar, y prohíbe la construcción de imágenes para adorar. No dice nada, aunque algunas ramas del cristianismo así lo interpretan, de las imágenes artísticas, no representativas de divinidad o poderío. El mandato prohíbe la idolatría, no la representación artística.

El pueblo de Israel venía de Egipto, tierra politeísta en la cual las imágenes divinas estaban asociadas al poder. Era claro que Moisés, interpretando a Dios, quería una alianza alrededor de la existencia de un solo Dios, y por ende deja poco margen a la interpretación al elegir el primer mandamiento para que esto quedara grabado en piedra: no adorar imágenes divinas; pero si así fuera ¿por qué tiene el pastor selfies de sí mismo en su página de Facebook?

Quizá tuvo otra motivación. Digamos que el pastor Fleming le tiene miedo a la representación de las sirenas; después de todo, esos seres representaban metafóricamente la seducción de los marinos, que atraídos por sus canciones encallaban bajo sus embrujos. Esas pinturas quizá eran en su interpretación demasiado sensuales, diabólicas, peligrosas y muy pecaminosas. ¿Quién es uno para rebatirle esa lectura a un pastor que difunde la palabra de Dios?

El objeto abstracto, la obra de arte, sin importar la intención del artista, necesita de un espectador que la complete. Quizá, el pastor en su cosmovisión religiosa no tiene otra manera de interpretar un cuerpo de mujer. Aún fuera para él y para todo el mundo la única interpretación posible, ¿qué derecho tiene el pastor a imponer su lectura a todos los demás?

El viaje de la interpretación artística pasa casi siempre por terrenos difíciles que exigen tolerancia, espíritu libre, capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y que requieren acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas. Y eso no sé si tiene pastor Fleming (sensibilidad artística) no solo porque decidió borrar pacífica y cristianamente(!) los referidos murales, sino porque en su sustitución convirtió a Jesús en una marca, carente de reverencia ni respeto por su divinidad. Así de vulgar fue, que la imagen “Jesús” igual podía haber sido la de un candidato local; porque arte no hubo. Y es que ahí está lo peor en quienes censuran (nunca podremos persuadirlos de que su causa no es legítima) que además de intolerantes, suelen tener muy mal gusto.

 

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