EL ACUERDO DE PAZ COLOMBIANO

Por José Manuel Guzmán Ibarra

Un sorpresivo, aunque pírrico “no”, opacó la propaganda oficialista que había promovido el acuerdo de paz como algo seguro. El resultado ensombreció la apuesta política del Presidente colombiano Juan Manuel Santos y su secreto anhelo de sepultar políticamente a su antecesor -ahora crítico más acérrimo- Álvaro Uribe. Si no fuera por el oportuno premio Nobel de la Paz que le fuera otorgado, el presidente hubiera estado totalmente a merced de sus opositores. Eso es lo que se llama ser salvado por la campana.

El acuerdo de paz, no es la paz abstracta, es un documento político concreto, reflejo de un muy complejo proceso de negociaciones que se da en el marco de dos certezas: una para la guerrilla, conocedora del achicamiento de sus espacios bélicos para victorias tácticas y del debilitamiento de sus amigos regionales (Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador) con mermado margen económico y político para apoyarles; dos, la certeza del gobierno que la derrota total de la guerrilla, aunque posible, no era cercana ni precisa. Estaba claro para ambos bandos que la decisión racional era pactar la paz. Ese pacto tenía que ser legítimo, y por eso se entiende el esfuerzo de concebirlo bajo concesiones que lo hicieran sostenibles, creíbles, aceptables por las partes y por los ciudadanos colombianos. En esto último estaba la verdadera filigrana.

Por un lado, la paz abstracta tiene desde el final de la II Guerra Mundial mejor prensa que la guerra, aun la misma sea “justa”, “inevitable” o “entendible”. Por otro, las víctimas y la creciente deslegitimación del modus operandi de las FARC (narcotráfico, violaciones, secuestros y terrorismo) junto con una constante y efectiva propaganda contra esos métodos, crearon en amplios sectores de la población colombiana un repudio que caló. De un lado, los que apuestan a un futuro sin guerra; del otro, los que sienten que la paz sin justicia no tiene valor. En el medio, un gobierno colombiano con apetitos de buena imagen, y unas FARC desprestigiadas necesitando la legitimidad democrática para blindar el acuerdo.

Y aquí el error de cálculo, en vez de apostarles a todas las reglas establecidas constitucionalmente defendiendo mayorías calificadas para un referéndum, decidieron cambiarlas. Hoy, el esperado resultado pírrico fue de signo contrario. El apetito por reconocimiento de Santos y la urgencia de legitimidad de las FARC trajeron estas prisas que provocaron estos lodos, y allí el oportunismo encontró la brecha y le sacó el máximo beneficio.

No creo que el proceso hubiera sido simple en ningún escenario. No creo que la paz tenga un solo camino. Creo que lo que los llevó a firmar el acuerdo sigue presente, por lo que no soy pesimista en que lo firmado u otro texto pudiera mantener la esperanza del cese permanente al enfrentamiento armado.

Ayuda que la comunidad internacional tenga activa paciencia. Les toca a los colombianos arreglar su largo entuerto. Ayuda que Colombia entienda que la justicia no sólo es la penal y que tiene otras formas, entre ellas el perdón, la inclusión social y la tolerancia… no haber entendido eso, fue lo que provocó estas cinco décadas de guerra.

Lee este artículo publicado en el periódico HOY, República Dominicana.

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