NOTAS SOBRE EL BREXIT

Por: José Manuel Guzmán Ibarra

Vivimos una nueva era de incertidumbres. No hay un área del conocimiento, sea ciencia, religión, o tecnología, que nos permita sentir que pisamos tierra firme. Ni esa superstición que tomó fuerza en los ochenta -que la economía podía ser previsible y que los mercados eran suficientes para autoregularse- ha podido sobrevivir indemne. El hito histórico que marca literalmente el derrumbe de las certezas fue el ataque a las Torres Gemelas el 11-S y la gran crisis del 2008. Desde entonces, cada año, ha habido al menos un sobresalto económico que no sólo tensa los mercados, sino que cuestiona los paradigmas económicos.

Ahora le ha tocado a Gran Bretaña regalarnos una sorpresa que provocará inestabilidad en los mercados financieros por algunos días más: Reino Unido y su ridículo intento de “brexit”.

La sorpresa es aún mayor, porque Reino Unido ya tenía una muy particular forma de estar en la UE. Desde su entrada, el 1 de enero de 1973, cuando la integración europea apenas se asomaba con alguna timidez en la forma de acuerdos comerciales y cooperación, hasta los más decisivos pactos de unión arancelaria, monetaria y de integración política, el Reino Unido estuvo sin estar. Así que es una gran sorpresa que hayan sido los ingleses, y no Grecia, Portugal,  España o Italia, quienes hayan planteado un brexit.

Y llama mucho más la atención porque en lo que respecta a los acuerdos arancelarios para los británicos no es novedad y, desde Francis Drake, siempre ha sido parte de su filosofía económica, Literalmente.. En materia institucional, creo que sería injusto no reconocer que las nuevas instituciones europeas tuvieron mucho de inspiración y participación británica. Aún más, su negativa a adoptar el ECU y luego el Euro nos permite cuestionar seriamente los argumentos que se esgrimieron para convencer a la mitad de la población para salir de la UE, pues siempre han tenido pleno control de sus políticas monetarias.

Finalmente, los británicos no son víctimas pasivas de lo que se pueden considerar los mayores errores de la UE en el manejo de la crisis económica; la actitud hacia las soluciones a la crisis que originalmente aplicaron desde Alemania no dista mucho de su paradigma tradicional.

Había que buscar un chivo expiatorio, y los que favorecían el brexit lo encontraron en culpar tanto a la UE como a las políticas migratorias, que por cierto tampoco son tan diferentes a las que tenían mucho antes cuando un súbdito de la reina, fuera caribeño o africano, era considerado un ciudadano británico.

El brexit no tiene sentido ni fundamentos económicos; no parece tener vías razonables de ejecución en el corto y mediano plazo. Sus efectos negativos, como la inestabilidad, deberían ser efímeros. Sin embargo, las bases sociales y políticas existentes a nivel mundial, que son las que provocan estos sobresaltos, nos están obligando a preguntarnos seriamente si no va siendo hora de abandonar explícitamente los paradigmas fallidos que fueron antagónicos en el siglo XX, sobre todo en el logro de sus objetivos. ¿Hasta cuándo vamos a seguir sin sentir la tierra firme?

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